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Historias de la historia

La última ceremonia en Balmoral

A las puertas de la muerte, Isabel II aún tuvo fuerza para cumplir sus deberes constitucionales… y dejar constancia de una protesta

La última ceremonia en Balmoral

La reina Isabel II de Inglaterra saluda a la primera ministra británica Liz Truss. | Jane Barlow (Reuters)

Hace apenas un par de días Isabel II cumplía con sus deberes oficiales, recibiendo al primer ministro saliente, Boris Johnson, y a la entrante, Liz Truss. Lo hizo apoyada en un bastón –normal a los 96 años- pero de pie, según su costumbre –la costumbre tiene carácter constitucional en el Reino Unido, que carece de Constitución escrita-, aunque no en el Palacio de Buckingham, sino en el castillo de Balmoral, la «casa de verano» favorita de la Casa Real británica desde tiempos de la reina Victoria.

Hubo comentarios sobre esta insólita circunstancia que se producía por primera vez, aunque un portavoz real reconoció francamente que la reina tenía problemas de movilidad y los médicos desaconsejaban un viaje a Londres. También se comentó que la reina vestía muy informalmente, una chaqueta de punto y una falda escocesa, como si no quisiera interrumpir los usos de las vacaciones. Sin embargo esa imagen aparentemente informal encierra una simbología histórica que casi nadie fuera de Gran Bretaña es capaz de leer.

En la serie de televisión The Crown, magistral en cuanto a la ambientación, hay un capítulo en que Margaret Thatcher es invitada a Balmoral y pasa un calvario por desconocer los códigos indumentarios de los royals. Y es que una Monarquía tan antigua y poderosa como la inglesa, en un país lleno de tradiciones y del esnobismo de lo diferente, se mueve en un universo de símbolos francamente desconcertante. Así, lo que la prensa llamaba hace dos días sencilla falda escocesa es, nada menos que el «tartán Balmoral», la quintaesencia de lo que aportó a la Monarquía británica el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, el consorte de la reina Victoria.

«Hacer lo que hizo la reina en su último acto institucional, y a las puertas de la muerte, tiene sin duda un valor añadido»

Es imposible no caer en la tentación del paralelismo entre Isabel II y su bisabuela Victoria. Ambas son los monarcas que más tiempo han permanecido sobre el trono inglés, ambas le aportaron a ese trono estabilidad, pundonor, responsabilidad y buena fama, aunque ambas tuvieran hijos que fuesen fábricas de escándalos. El heredero de Victoria, luego rey Eduardo VII, que esperó 60 años para reinar, tuvo 55 hijos bastardos con una legión de amantes. Entre ellas estaba una bisabuela de Camilla, la esposa del actual príncipe de Gales, Carlos, que ha esperado la corona 73 años. De sus escándalos no vale la pena hablar por conocidos.

Pero más importante que sus hijos fueron sus maridos. Tanto Victoria como Isabel se casaron muy enamoradas de príncipes que eran unos don nadie. Pero esa devoción a sus esposos no se tradujo en cesión a las pretensiones de ambos, que requerían un mayor papel institucional. Por propia estima de su condición real o por imposición de sus gobiernos, ambas mujeres mantuvieron a sus queridísimos maridos dos pasos atrás en el protocolo.

La forma de escapar a esa humillación fue en el caso más reciente, el de Felipe, la juerga, los amigotes y las amantes. Pero el marido de Victoria, Alberto, que era un puritano, nunca tuvo esos desahogos. En cambio se construyó un reino a su medida. En 1852 un famoso avaro le dejó su herencia, medio millón de libras, a la reina Victoria «para su solo uso y beneficio». Con esa suma Alberto pudo comprar la finca de Balmoral –que por eso no es residencia real, sino privada– reconstruir el castillo y contratar numerosos sirvientes escoceses.

Allí, en la lejanía del Norte de Escocia, rodeado de escoceses, que para los ingleses siempre han sido unos salvajes, Alberto se sentía «jefe de clan». Y como tal jefe de clan diseñó un tartán específico, es decir, una típica tela de cuadros escoceses, que en la Historia de Escocia tiene tanto valor como la bandera. El tartán representa hasta tal punto el sentimiento nacional escocés que, tras la rebelión escocesa de 1745 fue prohibido por Londres.

Que tanto el príncipe Alberto como sus sirvientes vistieran kilts (faldas) de tartán Balmoral, era un grito de protesta frente al desprecio que le mostraban las instituciones inglesas. Y esa costumbre,  sería recogida por el príncipe Felipe, que en cuanto llegaba al castillo se ponía el kilt de tartán Balmoral y acostumbró a sus hijos Carlos, Andrés y Eduardo a lo mismo.

Cuando Isabel II, en la primera ocasión en que ha tenido lugar un acto oficial en Balmoral –recuérdese que es residencia privada- se ha vestido de tartán Balmoral, le estaba rindiendo un homenaje a su difunto marido Felipe, y expresando la mortificación que supuso que el gobierno y el parlamento de Londres no le reconociesen siquiera el título de «príncipe consorte».

Hacer eso en su último acto institucional, y a las puertas de la muerte, tiene sin duda un valor añadido.

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