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Desarrollan una herramienta para detectar bulos científicos y enseñar a identificarlos

El 54% de los españoles considera que no sabe diferenciar las noticias falsas o ‘fake news’, una tendencia que se ha intensificado durante la pandemia

Desarrollan una herramienta para detectar bulos científicos y enseñar a identificarlos

Jorge Franganillo (Unsplash)

Investigadores del CSIC están desarrollando Misinformation Widget, una herramienta digital concebida para la detección de bulos científicos y para educar a la ciudadanía de cara a la lucha contra la difusión de noticias falsas. A través de esta iniciativa se persigue fomentar la alfabetización digital y convertirla en el arma principal en la batalla por la desacreditación de las dañinas campañas de desinformación que bombardean incesantemente a los flancos más débiles de nuestra sociedad.

Con Misinformation Widget, los responsables de la investigación pretenden facilitar la labor de los periodistas, empleando para ello el procesamiento de conjuntos de datos y el aprendizaje automático, con el fin de identificar bulos de forma más rápida y eficiente. El otro objetivo, que se torna crucial y cuya implementación efectiva contribuiría de forma definitiva a la lucha contra la propagación indiscriminada de noticias falsas, está orientado a proporcionar a los usuarios una serie de mecanismos y habilidades que les permitan detectar más fácilmente estas fake news.

Esta nueva herramienta permite que el usuario se haga su propio mapa mental, primero, para entender cómo funciona la difusión de información falsa y, después, para comprender su propio mecanismo de razonamiento y así descubrir por qué antes tomaba como verdaderas ciertas informaciones espurias.

Cómo funciona la herramienta

La investigación está liderada por David Arroyo, experto en criptografía del CSIC y especializado en ciberseguridad, y Sara Degli-Esposti, investigadora científica en el Instituto de Filosofía (IFS) del CSIC y coordinadora científica del proyecto europeo Tresca. «La primera fase del proyecto es la parte humanística, e integra a comunicadores científicos, especialistas en ciencias sociales y demás expertos que ayudan a etiquetar conjuntos de datos, que en este caso son noticias», explica Arroyo a THE OBJECTIVE.

Para este proceso de etiquetado, los investigadores se han centrado principalmente en el fenómeno del clickbait, ya que «es un instrumento muy eficaz en la persecución de rumores que pueden convertirse en campañas de desinformación». Arroyo indica que estas etiquetas «permiten identificar qué usuarios están compartiendo esta clase de contenidos de baja calidad en redes sociales, especialmente Twitter». De esta forma y, una vez localizados, «tenemos la capacidad de extraer el estilo con el que escriben esos usuarios, agrupar temas, autores o a los protagonistas de las noticias». Gracias a esta clasificación se puede determinar si se trata de cuentas que tienen un «comportamiento similar». Así, el equipo puede identificar aquellos perfiles que están involucrados en campañas de difusión de fake news.

Posteriormente, los algoritmos diseñados por los desarrolladores posibilitan establecer una relación entre el titular y el cuerpo de la noticia. De este modo, «si hay divergencia entre titular y contenido, son muy altas las probabilidades de que se trate de un clickbait», puntualiza el experto. Es necesario aclarar que no se trata de un proceso automático que le diga al usuario qué información es creíble y cual es engañosa. «Hemos implementado tres detectores de clikbaits, y estos se encargan de transmitir al usuario una serie de datos con los que tiene que trabajar».

En busca de la alfabetización digital

Un informe del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) ha concluido que las noticias falsas se difunden un 70% más rápido que la información fidedigna. Este es uno de motivos por los que la educación de la sociedad resulta determinante para el adecuado funcionamiento de nuestro sistema democrático. Por eso, una de las finalidades más importantes de este proyecto es la de fomentar la alfabetización digital.

Para ello se ha habilitado un curso de formación online que contiene varios módulos de comunicación científica, entre los que se incluye contenido destinado a la «caracterización de la misinformation y la desinformation». Es aquí donde se explica el funcionamiento de las herramientas proporcionadas, para lo cual es absolutamente imprescindible que «el usuario se muestre activo». En este punto, el especialista en ciberseguridad resalta la diferencia entre la desinformación, que es una práctica «intencional», y la denominada misinformation, que «está relacionada con la confusión de los usuarios, es decir, con el analfabetismo digital», aclara.

Con respecto al trabajo de los equipos de verificación de información o factcheckers, como Maldita Ciencia, Arroyo enfatiza que «son complementarios», y que su trabajo también está integrado en la herramienta de identificación de bulos que están desarrollando, ya que «cuentan con un amplio espectro de recursos y de expertos en distintas materias».

«Tenemos una responsabilidad individual»

«La existencia de bulos es algo consustancial al ser humano. Lo que ha variado ha sido la forma de propagación, que ahora mismo es inmediata gracias al carácter simultáneo y sincrónico que poseen las redes sociales», afirma a THE OBJECTIVE David Álvarez Rivas, profesor de Ética y Deontología del Periodismo de la Universidad Complutense y coautor del informe sobre la evolución de las fake news La Génesis de la Posverdad. «Esta nueva forma de difusión es mucho más rápida y efectiva», añade el experto.

En este sentido, Álvarez remarca la «importancia de la formación académica y de la cultura» como escudo de defensa contra las balas que llegan en forma de desinformación. «Las personas con un menor nivel de estudios son más proclives a aceptar como verdaderas noticias falsas y teorías conspirativas», asevera. Y considera que la socialización y los valores son factores determinantes para «empatizar con un tipo determinado de información». Sin embargo, el profesor incide en la relevancia de la «responsabilidad individual», porque constituye un valor fundamental «para no contribuir a la difusión de cualquier mentira que se encuentra en las redes sociales».

En lo referente a los mecanismos para combatir esta, la otra pandemia, defiende que «todo lo que sean herramientas de comprobación, ayudan, sobre todo a los periodistas», porque, la imperiosa necesidad de inmediatez de los medios de comunicación «va en contra de la calidad de la información». No obstante, Álvarez se muestra escéptico en cuanto al uso generalizado de estos instrumentos de verificación, y no cree que la mayoría de los ciudadanos «vayan a contrastar toda la información que consumen».

El gobierno de la ‘bulocracia’

Según datos de Trust Project, el 54% de los españoles considera que no sabe distinguir la información veraz de las fake news. Se trata de una incapacidad peligrosamente generalizada que se acentuó especialmente tras la llegada de la pandemia, con una ciudadanía que ha sido martilleada constantemente con todo tipo de informaciones engañosas y mentiras infundadas que han llevado a muchas personas a cuestionar tratamientos avalados por la ciencia, llegando incluso a poner en riesgo su salud.

De hecho, la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia informa de que el 90% de los especialistas han tratado a pacientes preocupados por datos falsos que había leído en internet o redes sociales. Y es que desde que el coronavirus aterrizó en nuestra sociedad, no solo se extendió la enfermedad, sino que también crecieron de forma exponencial las dañinas campañas de desinformación sobre ciencia y salud. Este fenómeno alcanzó tal magnitud en el ámbito sanitario que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo calificó como ‘infodemia’.

El auge de las fake news, favorecido en gran medida por la consolidación de las nuevas tecnologías y la descomunal influencia sociocultural adquirida por las redes sociales, es una de las consecuencias directas de las nuevas dinámicas de interacción de nuestra sociedad. Las actuales circunstancias, favorecidas por la predisposición de la ciudadanía a creerse solo lo que quiere creerse, o lo que le interesa en función de sus creencias, han derivado en una degeneración del propio concepto de información. Esta ya no es considerada como una fuente objetiva de conocimiento o como una herramienta de integración social, sino como un mero producto prefabricado destinado a la alimentación de los egos y a la reafirmación de las convicciones personales. Vivimos sometidos al gobierno de la ‘bulocracia’.

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