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Historias de la historia

Gianni Versace: el asesinato de una firma

Gianni Versace, el diseñador que había llevado la moda a otra dimensión, fue asesinado por un don nadie el 15 de julio de 1997

Gianni Versace: el asesinato de una firma

El último desfile de moda de Gianni Versace había sido unos días antes, en el Hotel Ritz de París. Los aficionados a lo esotérico se volverían locos con el simbolismo encerrado en ese hecho. Seis semanas después de la muerte de Versace, fue de ese mismo Hotel Ritz de donde saldría en busca de la muerte Diana de Gales. Diana, la gran amiga de Versace, la que hizo de viuda en su funeral… Porque existía en efecto un lazo muy fuerte entre la princesa y el modisto, una especie de simbiosis entre dos organismos aparentemente extraños. Ella se había convertido en un icono de Versace exhibiendo sus modelos en todos los medios, revalorizando su firma. Él había magnificado el poderío erótico de ella, le había dado armas que escandalizaban a los ñoños, facilitando su venganza contra el príncipe Carlos y la Familia Real inglesa.

Pero no hacía falta una construcción tan alambicada para encontrar algo premonitorio en el pase de modelos del Ritz, pues el cierre del acto fue que Naomi Campbell empuñó una pistola e hizo como que disparaba sobre el público. Además Naomi, la top model, encarnaba todas las frustraciones del asesino, que había intentado ser modelo sin conseguirlo. Y el Ritz de París representaba ese mundo de los ricos y famosos al que aspiraba pertenecer el criminal. Y por último, un pase de modelos de Versace en San Francisco años atrás es la única ocasión de la que existe constancia de contacto entre víctima y verdugo. El asesino le pidió a Versace que le dejase entrar, pero el diseñador no le hizo caso.

Nos hemos referido ya muchas veces a él y todavía no hemos citado su nombre. Y es que Andy Cunanan era un perfecto don nadie, pero como asesino, durante cuatro breves meses, logró que el FBI le pusiera en la lista de los diez criminales más buscados y al final logró que lo conociese todo el mundo como «el asesino de Gianni Versace».

«No existe ninguna razón para explicar lo que pasó aquella mañana del 15 de julio de 1997, no había ninguna relación personal entre asesino y víctima»

Su historia era vulgar excepto por esos cuatro meses que van de abril a julio de 1997. Nació en 1969 en un pueblo de California, su padre era un emigrante filipino, marine y luego agente de bolsa marrullero que terminó huyendo de Estados Unidos por sus delitos económicos. Su madre, para compensar, era una fanática religiosa que le obligaba a aprenderse de memoria la Biblia. De niño los chanchullos de su padre le daban una posición que le permitíó mandarlo a colegios caros y a la Universidad de California-San Diego, cuando cumplió los 18. Pero al año siguiente se descubrieron las estafas paternas y el bienestar se acabó. Además, su madre descubrió que era homosexual, y en la terrible escena que siguió el chico demostró su carácter violento y cruel, rompiéndole algún hueso a la madre.

Andy abandonó Universidad y familia y se instaló en el barrio Castro de San Francisco. En los años 80, Castro era «territorio libre gay», un lugar que atraía a homosexuales de lodos los Estados Unidos, donde incluso el ayuntamiento de San Francisco ponía al servicio de la comunidad agentes de policía gays. Pero en ese lugar glamuroso y socialmente revolucionario, Andy hizo el sucio trabajo más antiguo del mundo, prostituirse. Era un simple chapero que se iba con señores mayores y gordos, aunque luego, con el dinero que les sacaba a los viejos, iba dándoselas de personaje por los locales de alterne. Porque una característica de su personalidad era la mitomanía, hacerse pasar por rico, influyente y bien relacionado, cuando era sólo un miserable prostituto.

Hasta que un día que tenía un martillo en la mano todo cambió. Se había colado en casa de una antigua relación que intentó echarlo, Andy se lo tomó mal y le dio martillazos hasta matarlo. Llenó la casa de sangre, pero se llevó el cadáver.  El asesinato de Jeffrey Trail, 27 de abril de 1997, fue el primero de la serie. Antes de que pasase una semana llegó el segundo, David Manson, novio de Jeffrey Trail y también antigua relación del asesino. Lo mató a tiros con una pistola que había robado en casa de su primera víctima.

Esto sucedía en Minesota, muy lejos del terreno natural de Andy en California. Al día siguiente se fue a Chicago, recurrió a su único oficio, chapero, un viejo gay lo llevó a su casa, se acostaron y después lo mató de mala manera, se ensañó con un destornillador y con una sierra mecánica. En una semana había asesinado a tres personas en dos estados diferentes, el caso entró en la competencia del FBI, que lo catalogó de «asesino en serie».

De Nueva Jersey a Miami

El cuarto asesinato tuvo lugar el 9 de mayo, en New Jersey. Mató a tiros a un hombre para robarle su camioneta, y de momento la serie de asesinatos se detuvo. Con el vehículo robado y el FBI siguiéndole el rastro, Andy llegó a Miami, donde durante dos meses rumió sus frustraciones, contemplando ese mundo glamuroso y opulento que vivía a lo largo de Ocean Drive.

El arquetipo de la gente guapa de Ocean Drive era Gianni Versace. A sus 50 años era rico, famoso y querido por el público. El diseñador italiano le había dado una vuelta de tuerca al mundo de la moda, asociando su firma a personajes superfamosos como Elizabeth Taylor, Madonna o, sobre todo, la princesa Diana de Gales. La firma Versace se hacía notar en el mundo del cine, pues una película en la que apareciesen sus diseños adquiría un toque especial, como se puede ver en la cinta más esperpéntica de Almodóvar, Kika.

Versace encima era feliz, llevaba 15 años unido a su pareja, Antonio D’Amico, un antiguo modelo guapísimo reconvertido en diseñador. Vivían en el paraíso, la Villa Casa Causarina, la mejor mansión de Ocean Drive, construida en estilo «español». De allí salía cada mañana Versace, iba a un café cercano y compraba la prensa. No llevaba guardaespaldas, todo el mundo lo conocía, lo apreciaba y lo respetaba. Dentro de la sofisticación extrema de su vida, Versace aparentaba sencillez y se hacía llamar Gianni por las camareras.

No existe ninguna razón para explicar lo que pasó aquella mañana del 15 de julio de 1997, no había ninguna relación personal entre el asesino y su víctima. Solamente una envidia patológica hacia un personaje que representaba todo lo que Andy Cunanan no sería nunca, y un carácter violento y cruel, un psicópata sádico al que le quedaban balas en el cargador de la pistola.

A las 8’20 de la mañana, cuando Gianni Versace se disponía a entrar en su mansión con la prensa bajo el brazo, sin mediar palabra, el asesino le disparó dos balazos en la cabeza. Ocho días después, al sentirse acorralado por la policía, Andy volvió el arma contra sí y se suicidó, hurtándonos cualquier explicación. El FBI teorizó que con el asesinato de alguien que era más que una persona, con el asesinato de una firma, Andy quiso asegurarse la celebridad.

El colofón de aquella tragedia fue el funeral de Milán, el de más glamour que se había hecho nunca. Ejercía de viuda la princesa Diana, que se apoyaba en el brazo de Elton John. Cinco semanas después ese funeral sería superado por el de la propia Diana, y esa vez le tocaría hacer de viuda a Elton John, pero esa es otra historia.

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