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Opinión

La última lección de una gran reina

«Mientras sus hijos, hermana y parientes se dedicaban a llevar una vida escandalosa, a Isabel II nunca se le conoció un desliz»

La última lección de una gran reina

La reina Isabel II de Inglaterra en una imagen de abril de 2022. | Ben Stansall (AFP)

Aguantar 70 años en el trono de un país como Gran Bretaña y rodeada de una familia prima hermana de la familia Monster no lo hace cualquiera. Cada día de su larga vida pasaba algo: guerras, viajes, visitas, recepciones, comidas, cenas, su hermana Margarita, su marido Felipe, sus hijos, sus nietos, los sucesivos primeros ministros…

Contó un día la reina Sofía una anécdota que le sucedió con Isabel II. Los entonces reyes de España estaban de visita oficial en el Reino Unido y se hospedaban con Isabel II en Sandringham, uno de los palacios propiedad de la reina. Partían del palacio para una comida de gala en el Parlamento inglés y acudían vestidos de gala para la ocasión. Mientras esperaban en la puerta al coche que les llevaría a Westminster se les cruzó una señora bajita con pañuelo a la cabeza, gafas, falda escocesa y botas que se les quedó mirando: «Que guapos!» dijo e hizo ademán de seguir su camino. Entonces don Juan Carlos se dio cuenta de que era Isabel II y la llamó ‘Lilibet’. Así era en su casa: una campesina que seguramente prefería caminar por el campo o montar a sus caballos que ponerse esos tremendos vestidos pastel con sombrero a juego que la hicieron tan famosa. Pero esa fue también la clave de su éxito.

Mientras sus hijos, hermana y parientes se dedicaban a llevar una vida escandalosa aceptando regalos millonarios o relacionándose con amistades peligrosas, a Isabel II nunca se le conoció un desliz. Mientras su heredero se empeñaba en escribir cartas sin parar a primeros ministros o empresarios criticando sus políticas, ella guardaba silencio. Una entrevista dio a lo largo de sus 70 años de reinado. Y solo aparecía con mensajes medidos que hablaran de unidad y reconciliación: no hay más que repasar sus excelentes discursos de Navidad. Su vida eran sus obligaciones. Y cumplió con ellas hasta el final.

Sí, murió con las botas puestas. Solo unas horas antes encargaba, con semblante alegre y bastón, a la nueva primera ministra Liz Truss que formara gobierno. Y se lo encargó en Balmoral, en Escocia. Tampoco es casualidad.

«No hay muchas personas públicas que hayan conservado hasta el final su imagen y respeto. Y eso solo haciendo una cosa: cumpliendo con su deber»

Cada vez que los Ministros Principales de Escocia convocaban un referéndum de independencia, se filtraban oportunamente unas palabras de Isabel II -«estoy horrorizada»- que daban la vuelta a las encuestas y terminaba por salir el no. Veremos qué pasa a partir de ahora. Nicola Sturgeon, la actual Ministra Principal tiene previsto un nuevo referéndum para 2023. Y nadie apuesta por lo que pueda pasar. Pero lo que seguro que podremos comprobar hoy será a una Reina recibiendo los respetos de su pueblo escocés en el Palacio de Holyrood de Edimburgo, sede del parlamento del viejo reino, seguido de un funeral en catedral de San Giles, Escocia. Hasta acertó donde morirse.

Deja también encauzada a su familia. Hasta decidió que Camilla Parker Bowles no se quedara en duquesa de Cornualles y fuera Reina como manda el protocolo aunque el cariño popular dijera otra cosa. Sus hijos saben que ha sido su madre y nadie más que ella la que ha conseguido frenar sus escándalos. Si ahora vuelven a las andadas con Carlos, no estará Isabel II para protegerlos. Ya pueden marcharse a Canadá a hacer compañía a Harry y Meghan.

Pero la clave del futuro es precisamente Carlos. Es verdad que ha tenido mucho tiempo como heredero para meter la pata. Y la ha metido sin duda. Pero ahora será Jefe del Estado de un país que tampoco es cualquier cosa. Me imagino que las instituciones del Estado ayudarán -los ingleses son así- pero el silencio deberá imponerse a su alrededor. Incluso las reformas familiares, protocolarias y económicas que su madre apuntó, deberá desarrollarlas con mucho tacto. Tiene una suerte: un heredero preparado al que dar paso en cualquier momento, y que cuenta con la simpatía del pueblo. También en eso el largo reinado de Isabel II supo prever el futuro incierto que acecha a todas las monarquías de Europa. 

Gran Bretaña inicia un camino sin Isabel II. Fue un talismán para las guerras y para controlar a algunos de sus políticos. No se me ocurren muchas personas públicas que hayan conservado hasta el final su imagen y respeto. Y eso solo haciendo una cosa: cumpliendo con su deber. Toda una lección de una gran señora y de una excelente reina.

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