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Opinión

No son puteros, son personas

«Es tu hermano, tu ex marido, tu marido, tu padre, tu mejor amigo, tu compañero de trabajo y tu actor favorito. También tu hijo»

No son puteros, son personas

Helena Lopes | Unsplash

Hay, sin duda, una fraternidad masculina, y es aquella que se deriva del vicio. Los hombres se reconocen en la debilidad, y sobre ella fabrican una extraña fortaleza, se hacen amigos. Los hombres se hacen amigos instantáneamente de otros hombres que consumen cocaína, por ejemplo. Y, de otros hombres que van de putas, se vuelven prácticamente hermanos.

Llevo años en una solitaria estupefacción ante el trato y estudio que se da a los clientes de la prostitución. El trato es de «puteros» y el estudio es ninguno. Su maldad se da por hecha, su catadura es la más baja, no hay mucho que decir y, sobre todo, nada que hacer. En las propias campañas institucionales contra la prostitución se emplean eslóganes agresivos, vejatorios («¿Tan poco vales que tienes que pagar?», Ayuntamiento de Sevilla, 2014), derivados de una firme doctrina de la no remisión. Ir de putas es hoy un poco menos respetable que poner bombas en un colegio.

Como les noto con el susto en el cuerpo, digamos cuanto antes que aquí apoyamos sin la menor duda la abolición de la prostitución, bajo la premisa de que, donde media el dinero, no hay libre consentimiento. El debate hoy gira en torno al bienestar de esas mujeres que ejercen el oficio, y a si prohibirlo no les abocaría a la miseria. También se apunta a que la prostitución no va a desaparecer en ningún caso, de modo que cerrar prostíbulos y sacar de las calles a las prostitutas sólo llevaría el negocio a una clandestinidad más profunda y, por tanto, de mayor perjuicio.

Sin embargo, en el debate no se habla de los hombres, salvo para llamarlos «puteros». Noten que las propias prostitutas no llaman «puteros» a los puteros, sino, de hecho, «clientes». A lo mejor calculo mal, pero me da que si simplemente los hombres dejaran de pagar por sexo se acabaría la prostitución. No he visto un sólo movimiento, gesto, campaña o acción encaminada de forma comprensiva a que los hombres renuncien a pagar por sexo.

Este dar por perdido al hombre que acude a la prostituta tiene una consecuencia inmediata: de pronto, todos los hombres somos ese hombre que paga por sexo, todos alguna vez lo hemos hecho o, en cualquier caso, lo haríamos si nos llegara la nómina. Un vistazo a los reportajes que giran en torno al «perfil del putero» nos lleva a enfrentar las mismas conclusiones: «se sabe poco», «es heterogéneo», «no puede darse un retrato específico», «hace mucho que no se analiza». Es decir, y nuevamente, todos los hombres somos sospechosos.

Yo no he ido nunca de putas, por usar la expresión coloquial. Esto no tiene mayor interés salvo por su reverso argumental: que no entiendo que otros vayan. No imagino nada menos erótico que ir a acostarme con una mujer después de darle dinero, sabiendo que es mi dinero quien se acuesta con ella, no yo. Que me disculpen las prostitutas, pero no me ponen nada.

Como hombre que no estaba al cabo de la calle, me he visto sorprendido con el paso de los años al descubrir la cantidad de varones a mi alrededor que habían ido alguna vez con prostitutas. Se dice que son uno de cada tres. Yo apuntaría más bien a uno de cada dos. Es el gran secreto de tus amigos. Cualquier otro de sus vicios es exhibido y fomentado, pero pagar por sexo se calla.

Obviamente el, así llamado, «putero» es tu hermano, tu ex marido, tu marido, tu padre, tu mejor amigo, tu compañero de trabajo y tu actor favorito. También tu hijo. Perdónenme que lo diga: son personas. No son alimañas heteropatriarcales que no pagan impuestos y buscan humillar a las mujeres con su poder inmenso y despótico mientras dejan rastros de azufre por las calles. En realidad, muchas veces, son pobres hombres.

Con todo, una sorpresa que te llevas cuando penetras en este gran secreto masculino es la cantidad de amigos o conocidos realmente guapos y exitosos con las chicas que han estado con prostitutas. Esto lógicamente tendrá su explicación. Como debe de tenerla que los hombres, según he notado a menudo, cuando hacen sus frívolos cálculos de con cuántas mujeres se han acostado en la vida, no suelan incluir a las prostitutas.

Por lo general, la escena de ir a un burdel o subirse con una chica a una pensión o a una habitación de hotel es referida en términos penosos. Se va bebido, o algo más, y muy comúnmente acompañado de un amigo, con el que se intercambia una falsa determinación; se disfruta nada; suele mediar malestar amoroso, depresión, ganas de tocar fondo, despecho. Siempre he pensado que ir de putas es la manera masculina de follar para hacerse daño.

Hay, sí, algún relato alegre, y puede que los hombres en posiciones económicas boyantes consigan despegarse de la sordidez que estos encuentros generan en los menos afortunados. Diría que los ricos no pagan por que las prostitutas sean mejores, sino por que lo parezcan menos.

Se abstiene uno

Se tiene registro de que en Viena, muy singularmente, había una cantidad increíble de prostitutas a principios del siglo XX. Lo comenta Stephan Zweig en El mundo de ayer. Varias generaciones de hombres del siglo pasado tenían grandes dificultades para diferenciar a una mujer de una prostituta, de modo que cuando leemos una observación sobre «las mujeres» en alguna novela de la época, debemos detenernos un poco a ver de qué mujeres se está hablando. Es conocido que, quizá hasta la generación de hombres nacidos en los años 50 como poco, el primer encuentro sexual de un joven varón español solía ser con una prostituta, y que ese encuentro se lo podía pagar su propio padre. Hay referencias a todo ello en la obra de Cela o de Umbral.

Este entrar en el sexo por la impiedad del dinero tenía como consecuencia la conocida división de las mujeres entre decentes e indecentes, siendo las primeras las adecuadas para tener hijos y, las segundas, las adecuadas para la experimentación sexual. Entre estas últimas, durante largas décadas, se incluía a las criadas de la casa.

La liberación sexual de los años 60 trajo consigo una nivelación de competencias amatorias entre las mujeres, lo cual, quizá paradójicamente, no hizo mella en el negocio de la prostitución. Antes se excusaban los hombres diciendo que su esposa no iba a hacer las cosas que sí hacía una meretriz (recordemos esa escena en la reciente Los Soprano, cuando Tony habla de que su esposa es la que luego «le da un beso a mis hijos») y ahora quizá podría echarse mano de un concepto acuñado por Catherine Hakim (2001): «déficit sexual masculino». Hace referencia a que los hombres tendrían una mayor necesidad de sexo. Personalmente no creo que la prostitución aporte más sexo a la vida de un hombre, sino más tristeza.

Está muy documentada la pulsión cálida que lleva a muchos hombres a los brazos de una prostituta, que no es otra que buscar compañía, alguien con quien hablar o alguien que les haga caso. Esto tiene todo el sentido si reconocemos que la expulsión de esperma después de un frotamiento más o menos largo con otro cuerpo no tiene apenas valor para nadie. Un orgasmo en el vacío es casi insignificante. Es la intimidad la que da paz. Ser acogido.

¿Qué hacer si la única solución sexual a mano es ir con prostitutas?, le preguntó Arthur Schniztler a su padre en aquella Viena finisecular. «Se abstiene uno», contestó el padre.

Gente normal

Entre abolir la prostitución y regularla parece haber diferencias insalvables. Sin embargo, ambos discursos coinciden en considerar a los clientes del putaísmo como gente fea y reprimida o, si no es el caso, muy malvada. Lo cierto es que son gente completamente normal.

En medio del galimatías de género, y del convoluto identitario, es curioso que aquí se imponga fácilmente y casi por sí sola la razón biológica: los hombres son así, no hay nada que hacer, parecen decirnos los mismos que, sobre todo lo demás que atañe al cuerpo sexuado, creen que puede reinventarse por completo.

Cuando a estos hombres se les llama «puteros» desde todos los titulares del país, suceden dos cosas: que no dejan de serlo en ningún caso y que la periodista (suele ser mujer) se siente moralmente superior por emplear esa palabra. Yo creo que moralmente superior es el que trata de ayudar a los demás, no de poner los pies sobre sus miserias para salir muy arriba en la foto de fin de curso de las buenas intenciones.

Ese putero es tu padre, esa es la verdad. Y ahora piensa cómo vas a ayudar a tu padre.

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