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Opinión

El 'Chanelazo' y la batalla cultural

«La gran ironía de la izquierda autosentida es que ha hecho batalla cultural con uno de los eventos más mainstream y capitalistas que hay»

El 'Chanelazo' y la batalla cultural

La cantante Chanel (c) tras ganar el Benidorm Fest. | Manuel Lorenzo (EFE)

¿De qué hablamos cuando hablamos de batalla cultural? 

Seguro que mis lectores habrán escuchado mil veces la expresión «batalla cultural». Pero no acaban de entender qué es eso a lo que nos referimos cuando hablamos de batalla cultural.

Pues el concepto viene de Antonio Gramsci. 

Este señor venía a decir (atención, aviso a navegantes: voy a simplificar sus teorías) que la burguesía detectaba el poder mediante una hegemonía construida a través de la cultura. Es decir, que si puedes detentar poder sobre otro si tú consigues que la cultura reme a tu favor.

Por ejemplo, si en los culebrones venezolanos la guapa que al final se casa con el millonario siempre es blanca y las negras apenas aparecen, acabarás pensando que el ideal de belleza es el de la mujer rubia, aunque sea teñida. Y el extranjero se sorprenderá cuando llegue a Venezuela y descubra que la mayor parte de la población es afrodescendiente. También las mujeres entenderán que la mejor manera (o la única) de hallar la felicidad en la vida es a través del amor (y si es a través del amor de un galán con nombre compuesto, tanto mejor) y no a través de la educación, el estudio o el emprendimiento. Y esa cultura es la que vehicula las ideas que colocan a una clase sobre otra, o la que coloca en diferentes lugares a las personas según su sexo. Y esa cultura se difunde y se crea a través de la educación y de los medios de comunicación. Como resumen, Gramsci creía que para crear la revolución era necesario crear nuevas pautas culturales.

Si vamos avanzando hasta llegar a nuestra actual comunicación política, cuando hablamos de batalla cultural lo que queremos decir es que al votante medio no se le gana mediante propuestas intelectuales. Entiendo que mis lectores son muy cultos, pero sé que incluso a ustedes, si les pregunto ahora mismo qué se dice de la tasa Tobin y la tasa Google en los programas del Partido Popular y del PSOE, no tendrán ni idea. Quizá no todos sepan decirme qué es una SICAV o una Socimi. O tampoco sabrían decirme qué es exactamente un fondo de capitalización o la fiscalidad ad valorem.

Añádanle que, como les expliqué en el artículo pasado, está más que demostrado que los ciudadanos votan por cuestiones emocionales. Que votan por la persona que mejor les cae, con la que más empatizan, o a la que sienten más cercana. Que no se leen los programas ni la letra pequeña de las leyes. Primero, porque los programas no los cumple nadie, y segundo porque sería mucho esperar en un país que tiene una de las tasas de lectura más bajas de Europa.

Así pues, cada partido tiene que crear pautas culturales. Y en lugar de debatir sobre las pensiones, impuestos , las redes clientelares o los recursos energéticos, en lugar de atacar a los dogmas desde los datos, cada extremo del espectro ideológico pretende convencer mediante argumentos emocionales, subjetividades construidas, identidades fluidas, ideales abstractos y conceptos de moda.

Si pensamos en lo que se entiende por batalla cultural en España tenemos por un lado a los que defienden los chuletones, la forma de vida rural, el torero, la reconquista… Y por el otro a los del lenguaje inclusive, el veganismo, el heterocispatrarcado y les niñes.

El problema es que cuando está batalla cultural se plantea en términos de blanco o negro muchas personas que estamos en el gris nos quedamos descolgadas. Por ejemplo, existen muchas personas antitaurinas que no son precisamente comunistas. Y entre los comunistas hay muchísimos que no creen en la ideología queer que defiende Podemos.

Otro problema que implica la noción de batalla cultural es que plantea la cultura desde conceptos bélicos y nos habla de una guerra entre paradigmas opuestos , entre ideologías enfrentadas que intentan acabar la una con la otra . Por lo tanto, la expresión batalla cultural supone una contradicción en términos, un oxímoron. Porque por definición la cultura no es una guerra, sino que es un acuerdo de paz: la cultura evoluciona, y evoluciona a través del intercambio de ideas entre personas.

Personas que afirman ciertos valores y que están dispuestos a cambiar otros. Recordemos que autores como Stravinski, Duchamp, Lubitsch, Modigliani, Van Gogh o Benito Pérez Galdós, entre muchísimos otros, no eran considerados ni respetados en su época. Y si hoy les consideramos a todos genios y maestros es, precisamente, porque la cultura evoluciona. Popper explica muy bien que los intentos de imponer la propia cultura a los vencidos en guerras o en ocupaciones solo sirven como base para formar una cultura nueva. Nunca se impuso la cultura romana tal y como llegaba desde Roma. Siempre se creaban sincretismos con los territorios colonizados. De la misma manera, si España tiene una tradición cultural tan rica es precisamente porque hemos integrado de elementos de los celtas, de los árabes, de los romanos, de los visigodos, de los griegos, de los fenicios, de los cartagineses, de los astures, de los vascones… o de cualquiera que pasaba por aquí.

La batalla cultural alude al enfrentamiento encarnizado entre cosmovisiones opuestas que se libra en la arena política. Las batallas culturales acaban en una trivialización de la política, una fragmentación de la sociedad y un deterioro de la convivencia. La cultura, por definición, no parte de la imposibilidad de todo consenso, sino de la construcción de puentes de consenso, para unir orillas y para crear proyectos de comunidad. Para crear ciudadanía, sentido, arraigo y pertenencia.

Pero como es mucho más pedagógico enseñar con ejemplos vamos a ilustrar la batalla cultural y lo absurdo de las nuevas batallas culturales con un ejemplo.

El ‘chanelazo’

Empecemos por el principio. El Benidorm Fest.

Este año de gracia de 2022 RTVE había decidido que el artista o grupo que España enviara a Eurovisión se seleccionaría a través de un festival, el Benidorm Fest.

A este festival se podían enviar candidaturas y se haría una preselección. Para elegir al ganador, se basarían tanto en el voto del público como en el de un jurado especializado.

Se presentaron numerosas candidaturas, pero dos de ellas destacaron por encima de las otras. No por su calidad, sino por la promoción que se les hizo.

Por un lado estaba Rigoberta Bandini: la apuesta feminista queer.

Favorita de Irene Montero que la cita en algún discurso. Un vídeo promocional del ministerio de igualdad se muestra con una versión de la canción de Rigoberta Bandini In Spain we call it soledad y también Telecinco hace un vídeo promocional para un docuserie sobre Rocío Carrasco con música de fondo de Rigoberta Bandini, en este caso precisamente de Ay, Mamá la canción que se presenta al Benidorm Fest. Ya sabemos que Irene Montero apoyó públicamente a Rocío Carrasco.

La polémica surgida tras la celebración del Benidorm Fest ha llegado al Congreso (Gtres)
La cantante Rigoberta Bandini durante su actuación.

Esto supone una promoción salvaje para la canción. Tenga usted en cuenta por ejemplo que la audiencia de tarde de Telecinco es de 1,6 millones de espectadores y que el vídeo promocional que contenía la canción de Rigoberta se emitió a lo largo de casi dos semanas

En resumidas cuentas, se suponía que Rigoberta Bandini representaba al feminismo queer de Irene Montero (a ese feminisme que habla con la e y que no sabe definir exactamente qué es una mujer). No deja de ser paradójico que, Rigoberta, nacida con el nombre de Paula en una de las mejores y más pudientes familias de la Barcelona de Pedralbes, educada en colegio de (muchísimo) pago, y respaldada por el duopolio mediático de Atresmedia y Mediaset, representara a la izquierda que se posiciona a favor de «les desfavorecides y a les oprimides». Digo lo de paradójico porque no parece que la Bandini se sitúe en un extracto social desfavorecido y oprimido, precisamente.

Luego estaban Tanxugueiras, la apuesta nacionalista.

Son tres cantareiras que reinterpretan los sonidos de la tradición gallega fusionándola con ritmos urbanos y que cantan, por supuesto, en gallego. Se benefician de la promoción que hacen todos los medios gallegos, que se vuelcan a muerte para lograr que por primera vez una canción en gallego llegue al festival de Eurovisión. La Voz de Galicia les dedica infinidad de artículos, la TVG se vuelca en su promoción y hasta Feijóo les felicita. La empresa de telefonía móvil gallega Toxo Telecom ofrece SMS gratis a las personas que voten a las gallegas.

Por lo tanto, en esta batalla cultural, Tanxugueiras representa al nacionalismo gallego, pero, ya de paso, al resto de nacionalismos periféricos, que más o menos se unen a la causa, y también a Podemos, que como bien sabemos es bastante fin con todos los nacionalismos (menos con el español, claro). Los sectores independentistas también estaban encantados con las Tanxugueiras, viendo que eso de «no hay fronteras» lo cantaban en gallego, en catalán y en vasco.

El voto del público y la final del Benidorm Fest: se masca la tragedia

Así que Podemos parte de una estrategia win-win porque apoya a las dos candidaturas mejor promocionadas. Nos tendríamos que preguntar hasta qué punto es limpio el voto del público si dos canciones se han podido beneficiar de una amplia cobertura de promoción mediática que hubiera costado una auténtica fortuna en el caso de que las artistas hubieran tenido que pagar por tanto espacio en medios de comunicación.

Estas dos candidaturas eran enormemente visibles y el público conocía las canciones y las podía cantar de memoria mucho antes del festival. Por lo tanto, el voto del público no aparecía tan limpio como en principio se suponía, puesto que los candidatos no partían en igualdad de condiciones y el público había sido claramente manipulado hacia dos candidaturas por encima de las otras.

El Benidorm Fest se compone de dos semifinales y una final. Como era de esperar, las dos candidaturas que han sido apoyadas desde política y desde medios de comunicación, llegan a la final. No habría podido ser de otra manera.

Pero las personas que apoyan a estas candidaturas no las apoyan porque les guste mucho el festival de Eurovisión o porque les guste mucho la música. Una gran parte no ha seguido un festival de Eurovisión en su vida y no sabe muy bien de qué trata el festival. Y la otra no sabría diferenciar las notas negras de las blancas en un pentagrama. Apoyan a las candidaturas por una cuestión de posicionamiento político. De batalla cultural.

Pero llegamos a la final y…

Rigoberta Bandini desafina. Desafinó dos veces ¡dos! en las dos intervenciones que hizo en el festival. A sus fans les da completamente igual. Algunos no se dan ni cuenta porque tampoco es la ejecución vocal de Rigoberta lo que les interesa. Es la identificación que se ha hecho de Rigoberta con lo feministe, lo moderne, lo inclusive y lo indie. Rigoberta tiene carisma, presencia escénica , una gran potencia de voz, y un tema inteligente y pegadizo, un rompepistas, pero no tiene lo que llamamos oído perfecto, ni un gran rango vocal. Y para colmo se presentaba con una coreografía que parecía la que se montaba en la obra de fin de curso en el colegio de mi hija. Muy imaginativa, muy underground, muy indie, muy alternativa, muy contemporánea y muy todo lo que usted quiera. Una coreografía que quedaría divina en el Primavera Sound o en el DCode, pero que no es para un festival como Eurovisión.

Y no puedo insistir más en que la ejecución vocal mediocre se penaliza después de ver cómo en la primera semifinal Austria y Albania, que partían como favoritas, fueron descalificadas porque Ronela, de Albania, desafinó, y a Pia Mia, de Austria, apenas se le escuchaba.

Tanxugueiras, al contrario que Rigoberta, son vocalmente impecables. Ni un pero se les puede poner en este sentido. ¡Ejecución vocal perfecta! Pero la puesta en escena era muy mediocre. La mano de un coreógrafo brillaba por su ausencia y, sobre todo, los bailarines eclipsaban a las verdaderas protagonistas, que eran las cantantes, y que se quedaban en segundo plano. Un error de principiante. Además, los franceses ya han llevado este año algo muy muy parecido (el ethno rave está de moda) y los ucranianos también llevaron algo del estilo el año pasado. Y sí, el ethno rave (aka ethnotronica, ethno electronica o ethno techno, como más rabia de le dé a usted) está de moda, pero al público eurovisivo nunca le acaba de gustar. No deja de ser una apuesta para un público muy fiel pero relativamente minoritario.

El grupo Tanxugueiras actúa durante la final del Benidorm Fest, clasificatorio para el certamen de Eurovisión 2022
BENIDORM (ALICANTE), 29/01/2022.- El grupo Tanxugueiras actúa durante la final del Benidorm Fest, clasificatorio para el certamen de Eurovisión 2022, este sábado en Benidorm (Alicante). EFE/ Manuel Lorenzo

El dark horse: Chanel

Ambas propuestas tenían sus puntos buenos. La canción de Rigoberta era increíblemente pegadiza. Y la de las Tanxugueiras eran un auténtico himno épico. Pero los que llevamos años siguiendo el festival de Eurovisión sabíamos que no eran propuestas eurovisivas. El festival de Eurovisión es orgullosamente hortera pero también valora mucho a la calidad. Se esperan coreografías y ejercicios vocales impecables y se penaliza a los malos cantantes y a las coreografías pobres. También se suelen premiar la espectacularidad. Cuanto más uptempo, más gimmick, más estribillo pegadizo y más pirotecnia, mejor.

La propuesta con posibilidades de ganar debe ser poco ortodoxa pero no excesivamente rara (eso penaliza a Tanxugueiras con su ethnotechno y a Rigoberta con su teta gigante) y, sobre todo, todos sabemos que cantar en inglés aporta puntos. Sabemos también si te traes una coreografía arrebatadora con unos bailarines muy profesionales tanto mejor. Y que si no cuentas con coreografía, al menos tienes que traer una cantante que tenga un registro operístico con un rango vocal tan impresionante como el que nos mostró Ruth Lorenzo en su día.

O como el que nos están mostrando en esta edición algunos de los favoritos: Mahmood y Blanco (Italia) Sam Ryder (UK), Cornelia Jacobs (Suecia) y Amanda Tenjford (Grecia), los cuatro colocados entre favoritos y los cuatro, sin duda, a años luz de competencia vocal con respecto a Rigoberta Bandini, que ni de lejos podría alcanzar sus high pitch.

En resumidas cuentas. Los que llevábamos años siguiendo Eurovisión sabíamos que Tanxugueiras y Rigoberta no tenían posibilidades. Por eso entendimos que el jurado profesional premiará al dark horse (el competidor que nadie espera que gane, pero que gana inesperadamente), a la única candidata que lo tenía todo: competencia vocal, ejecución precisa, coreografía impecable y espectacularidad. Y añádale que ella es bailarina profesional y que el estribillo va en inglés.

Y ese dark horse fue Chanel.

El presunto tongo

Pero al público le habíamos convencido durante semanas de promoción intensa de que tenían que votar a Rigoberta o a Tanxugueiras ¡y eso era lo que habían votado!.

Así que el público se enardeció y empezó a protestar.

¡Tongo! Se leía en redes.

Se lió la mundial. Las redes ardieron, Chanel tuvo que borrar su perfil de twitter porque le llamaban de todo menos bonita, amenazas de muerte incluidas.

Galicia en común, el BNG, Podemos y Comisiones obreras se plantaron en el Congreso exigiendo saber por qué las Tanxugueiras no fueron elegidas. Carolina Alonso, de Podemos, le reclama a Ayuso en la asamblea de Madrid «que no le robe normativas a los ciudadanos como el jurado ha robado el triunfo a Tanxugueiras». La indignación de la opinión «feminista y progresista» (ejem, feminismo queer y progresismo de brilli brilli) fue tan sonada que RTVE prometió cambiar las reglas del concurso.

En mi opinión, una auténtica vergüenza ajena, pero en aquel momento yo era la única voz más o menos conocida de la cultura que defendía a muerte a Chanel.

Esto me costó ser blacklisted en Twitter (eso quiere decir que si usted pone el nombre Lucía Etxebarria en el buscador de Twitter le va a aparecer mucha gente, pero yo no). Y a perder 2000 seguidores en dos días en mi cuenta de Instagram (para una cuenta pequeña como la mía eso es una auténtica sangría)

Entre tanto, desde los medios de comunicación – ya se sabe, los creadores de esa cultura que a ayuda a poner a unas ideas políticas por encima de otras, según Gramsci- , se sigue insistiendo en el tongo, en el tongo, en el tongo y en el tongo, se cae en la trampa del racismo benevolente.

El racismo de izquierda

Hablamos de sexismo benevolente cuando pensamos que las mujeres son un grupo que necesita especial protección. Sexista benevolente es aquel que dice «yo no soy machista porque tengo madre y hermana» en lugar de » yo no soy machista porque creo en la igualdad de derechos».

Aunque en psicología social no se suele hablar de racismo benevolente, el racismo benevolente impera en la izquierda. Esa izquierda que cree en las políticas antirracistas, pero luego demuestra un racismo aterrador, o «en mi casa limpia una dominicana y es como de la familia»

Este racismo lo vi yo cuando se empezó a hablar desde el feminismo desde la izquierda la canción de Chanel hacía apología de la prostitución.

En realidad la canción no hace apología de la prostitución en absoluto pero la gente no entiende el español afrocaribeño.

El español afrocaribeño es un sociolecto.

Hablamos de sociolecto cuando determinado grupo social comparte una variante de un idioma. Por ejemplo, los dominicanos inmigrantes en España hablan afrocaribeño, ése es su sociolecto. Muy probablemente, si usted tiene la suerte o la desgracia de vivir con un adolescente haya palabras de su discurso que usted no comprenda (estanear, shofav, shipeo, random, bopeo…) Ese es su sociolecto.

Chanel, Eurovisión 2022
Chanel

Dado que el sociolecto es compartido por un grupo de la sociedad, el resto de los integrantes de la comunidad pueden no comprender algunos términos y expresiones que emplean los hablantes.

Por ejemplo si usted escucha una canción que dice «tú me camelas, me lo han dicho, primo, tus acais», igual usted no entiende que dice «yo te gusto, te lo noto en los ojos», y que el primo en realidad no es primo carnal de la señorita. O si otra canción habla de que «por más ducas, por más duquelas, de esta pena mía sin remedio no me saca undivé» tampoco quizá entienda usted que Rosalía está contando que Dios no le quita la pena. Pero no va a sacarse usted de la manga que la canción hace apología de la prostitución.

Pero parece que si usted escucha «Les vuelvo loquito’ a todos los daddie’, Voy siempre primera, nunca secondary, Apena’ hago dumdum con mi bumbum Y le’ tengo dando sunsún on Miami» puede usted creer la barbaridad de que la chica está hablando de prostitución y decir desde la izquierda que esta canción hace una apología de la prostitución. Porque usted puede entender que alguien cante calé, pero no puede entender que hablen cante en afrocaribeño.

Y esto es porque usted no sabe que daddy significa chico, sin más, y qué dundún, bumbum y sunsún son onomatopeyas comunes en la música afrocaribeña (como pueden ser «arsa» y «olé» en el flamenco) y que derivan de los ensalmos orishas. Si usted hubiera escuchado a Celia Cruz, a Rubén Blades, a Tito Puente, a Chucho Valdés, a Mongo Santamaría… O incluso si usted escuchara reggaeton, cumbia, bachata o merengue, entendería que el sún nada tiene que ver con el bizum, la transferencia de dinero que le hacen a usted en su móvil, sino que viene de un ensalmo orisha, el sunsún babae.

Así que muchísimos periodistas de izquierda han sido unos racistas vergonzantes, al insultar a una mujer y proclamar tan panchos que hace apología de la prostitución solo porque se ha expresado en un sociolecto que hablan 65 millones de personas en el mundo y casi millón y medio de personas en España. De hecho, los amigos dominicanos de mi hija no entendieron en ningún momento que esta chica hiciera una apología de la prostitución.

Pero, obviamente, la periodista que puso el grito en el cielo porque Chanel hacía apología de la prostitución no se codea nunca con migrantes dominicanos porque la izquierda en este país es muchas veces es izquierda autosentida, pija, caviar y no sale de su pisaco en Gracia o de su chalé en Galapagar. Y, entretenidos con sus cosas chulísimas, aún no se ha enterado de que la chica que le limpia el piso habla afrocaribeño y no hipster.

La cosificación

Después llegó al debate de la cosificación de Chanel.

Chanel estaría cosificada en el caso de que ella fuera semidesnuda y sus bailarines fueran vestidos, para sus bailarines van con el pecho al descubierto.

Supongo que los que pusieron el grito en el cielo por la cosificación y sexualizacion de Chanel no han ido en su vida a ver un espectáculo de ballet. Si lo hubieran hecho, sabrían que tanto en ballet contemporáneo como en ballet clásico lo habitual es llevar mallas de ballet, porque si no, no hay manera de levantar la pierna hasta el infinito y más allá, tal y como Channel lo hace, ya que se desgarraría el pantalón, y es imposible hacerlo con falda.

En cuanto al dance break que hace Chanel, Chanel se tira en el suelo en una postura que algunos ven como erótica pero que reinterpreta lo que hace la sacerdotisa mambo cuándo va a recibir el loa (el espíritu). Quizá ella no sabe exactamente lo que está bailando, pero se trata de un rito religioso que llevan hasta el Caribe los esclavos africanos. Confundirlo con una mímica sexual resulta, de nuevo, bastante racista.

Por lo demás, los trajes que usa habitualmente Channel son bastante sencillos y en todos se intenta evitar enseñar el pecho. Por último, si usted opina que Channel está sexualizada tendría usted que cancelar, por la misma regla de tres, a Dua Lippa, a Miley Cyrus, a Jennifer Lopez, a Camila Cabello, a Rihanna, a Christina Aguilera, a Lady Gaga, a Fergie, a Rita Ora a Becky G, a Ariana grande… Mejor cancele usted a todos los artistas actuales que están en los números uno de las listas porque la gran mayoría baila en el escenario y muchas llevan modelos muy similares a los que usa Chanel.

Los toros

Pero ahí no se acaban las protestas contra Channel. Aún queda el argumento de que Channel lleva una torera en el escenario. Y que eso es hacer apología de los toros.

Según eso también habríamos tenido que cancelar a Prince, que de toda la vida de Dios salía con chaquetas similares. Cancele usted de nuevo a Christina Aguilera, a Demi Lovato, a Dolly Parton, a Billy Porter, a Camila Cabello, a los Tigres del Norte, a Los Fabulosos Cadillacs y hasta a Jimmy Hendrix y a Jimmy Page de Led Zeppelin (me encantaría enseñarles las fotos de los susodichos luciendo toreras, pero no me dejan por cuestión de derechos de autor).

Tampoco contrate usted a mariachis para ninguna fiesta porque muchos de ellos llevan chaquetas parecidas a las que llevar Channel. Por otro lado, las sandalias de gladiador están de moda y a nadie se le ocurre decir que el que lleva sandalias ya se están haciendo apología de que vuelva el circo romano.

Donde dijeron digo…

Ya el ataque al corazón les ha debido dar algunos cuando han visto que Chanel llega a todas las ruedas de prensa y a las alfombras rojas (o azules) ondeando banderas de España. Y que incluso en su segunda rueda de prensa plantó una bandera de España sobre la mesa y la apuntaló con las botellas de agua para que al hacerle las fotos la bandera de España saliera bien visible. Teniendo en cuenta que Rigoberta Bandini era esa que decía que «le cuesta sentirse española» y que las Tanxugueiras habían posado con una bandera independista gallega (no una bandera gallega, no: una bandera independentista gallega, la que lleva la estrellita), quizá la declaración de intenciones de Chanel tenga más retranca de lo que parece a primera vista.

En fin, que después de que ni el Ministro de Cultura ni la Ministra de Igualdad hayan apoyado en ningún momento a Chanel ni siquiera con un tweet, después de las acusaciones de tongo y de apología de la prostitución; después de a Chanel le hayan puesto más obstáculos que a los caballos en el Grand Nacional… Entonces resulta que por primera vez en casi 40 años España tiene posibilidades de ganar Eurovisión.

Y de pronto empiezo a ver a todos esos medios de izquierda y a numerosos periodistas que habían puesto a Chanel a caer de un burro apuntarse al «donde dije digo, digo Diego», y ahora estamos todos con Chanel a muerte, incluso periodistas de los medios que habían dado pábulo a todo tipo de acusaciones.

Todos, eso sí, menos la Ministra de Igualdad que por supuesto no le ha dedicado un mísero tweet, y el Ministro de Cultura que tiene pinta de creer que Chanel es una marca de perfume y aún no debe saber que también es nuestra representante española en Eurovisión. Lo repito porque no deja de ser llamativo, sobre todo teniendo en cuenta que Eurovisión es un evento cultural – repito, cultural- que ven en directo unos 182 millones de personas cada año.

La lección de Eurovisión

No se puede competir con Eurovisión a la hora de satisfacer identidades, ofrecer diversidad, inclusividad. Porque en Eurovisión cabe todo: cuerpos diversos (los de la representante de Albania, Ronela, y la de Armenia, Rosa Linn) baladas de amor entre hombres (la de Mahmood y Bianco, de Italia), hombres que le llaman a su novio «mi bebé» (WRS, de Rumanía) , extraterrestres amarillos mutantes de lobo (los de Noruega, Subwoolfe), veganos que dicen que comer ensalada es sexy (Citi Zēni, los de Letonia) señores que cantan en falda y tocado de diamantes (Sheldon Riley, el de Australia), viejos roqueros que nunca mueren (ISP, de Bulgaria y Rasmus, de Finlandia).

En fin, que la nueva izquierda autosentida no nos vende políticas redistributivas ni soluciones a la pobreza ni a la exclusión social de gran parte de la población. Venden estilo de vida y propuestas estáticas y culturales. Pero su batalla cultural no va, nunca ha ido, contra la hegemonía burguesa. Muy al contrario, su batalla cultural es la de la pequeña burguesía, la de los hijos de papá cuyos papás viven en el Barrio de Salamanca o en Pedralbes, la de esos niñates pijes cuyos valores poco tienen de alternativo, ya que no son más que un «rebranding» de iconos y valores culturales más o menos vigentes (veganismo, terruño, maternidad y cuidados, inclusividad, diversidad, y demás ) , y que son marketinizados inmediatamente por el gran capital.

Porque Eurovisión es fiesta, cachondeo, risas, kistch, camp, diversidad, inclusividad y… capitalismo, señores. Sobre todo, capitalismo.

Esa es la gran ironía de la izquierda autosentida. Que ha hecho batalla cultural con uno de los eventos más mainstream y capitalistas que hay.

Y no se ha dado ni cuenta.

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