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Mi yo salvaje

A vista de un pájaro

«Su cabeza, como una luna llena, me miraba a lo lejos desde una esquina de la ventana. Me resultó atractivo: pequeño, moreno y sudado»

A vista de un pájaro

La puerta del ascensor se abrió a medias. La empujé con brío, ése que me inunda en las mañanas que tacho tres líneas, antes del sol de mediodía, de la lista de quehaceres.  Se chocó fuertemente contra algo. «¡Hostias!, perdona» , solté con un respingo cuando la escalera telescópica que mantenía al obrero en equilibrio tembló.

Tenía medio cuerpo sobre el tejado, al otro lado del tragaluz. Sus pies, a la altura de mis ojos parecieron que me hablaban perdonando la brutalidad de mi gesto y explicando que eran del mantenimiento del tejado del edificio. Su cabeza, como una luna llena, me miraba a lo lejos desde una esquina de la ventana. Me resultó atractivo: pequeño, moreno y sudado; de país seseante. 

«Un lunes de agosto, currando a treinta y siete grados; y me quejo yo del mío…». Introduje la llave en la cerradura y le ofrecí un vaso de agua fresca. Lo negó tan sorprendido y avergonzado que me avergoncé yo también de mi caritativa gentileza. Muchas de las pelis porno que me han divertido comenzaba de ese modo, pero yo no llevo las uñas tan largas, y mi pantalón de ciclista y camiseta deportiva alejaban la escena de mi contexto real. «No tendrá sed, yo qué sé, no me voy a rayar ahora con esto», me dije al cerrar la puerta.

Tiré el bolso encima de la cama. Me desencajé cada zapato con el pie contrario y salieron disparados en distinta dirección. El pantalón, al suelo tras patalear para acelerar su caída, y la camiseta, escupida con un suspiro de alivio, dejó mis pechos libres de la textura del algodón.  En la cocina, me bebí el agua rechazada con tanta agonía que me atoré. «Las solteras tenemos más riesgo de morir atragantadas, es un hecho», sentencié dramática sin la carcajada de una amiga como público.

Oí pasos en el techo pero ninguno me recordó que la ventana apuntaba directamente a dónde me suelo desparramar. Allí, siguiendo la trama de un hilo de Twitter que me entretenía, una sombra cubrió el sol por unos segundos como una nube que pasa rápida en un día de viento soleado. Oí su voz, seseante y ronca, de macho sudado trabajador. Me relamí. Hablaba a gritos, dando instrucciones complejas a mi parecer. Mi inopia es altamente excitable y cualquier tecnicismo la altera irrefrenablemente. Desde el sofá le veía los pies y un trozo de los rasgos hispanos que embellecen su rostro. Abrí las piernas y dejé mi coño respirar desde las bragas.  

Saúl agarró su herramienta y se puso a trabajar. Cada golpe en el  tejado penetraba mi espina dorsal. Aceleró el ritmo y yo mis ganas. Carraspeé intencionadamente pero no hubo respuesta ni efecto. Un alivio, la verdad. La excitación me empuja y puedo llegar a perder el control; envolverme como una ola en un cuerpo desconocido, salir a respirar y avistar que la mano que aprieta contundente mi pecho – de vena marcada en ese punto – no es la del Saúl que yo quiero que sea. 

Siguió atizando acompasadamente y cada sacudida se me introducía seca por los oídos, como la piel de un pene rasposo sin lubricar. Caló hasta mi oído interno, atravesando martillo y yunque que vibraron gustosos en el recuerdo de la cadencia de su acento. Se me llenó la boca de hambre; cada porrazo se me antojó una contracción de polla eyaculante que se vertía desde el techo por la ventana como una fuente torrentosa. Se oyen aplausos, como entusiastas espectadores del Bellagio, adoradores temporales de la magia efímera de la danza de las aguas.

« ¿De verdad que no quiere un vaso de agua?, tiene que estar asado», me dije justo antes de encender el televisor y buscar un documental morboso con el que volver a comparar mi lunes, mi trabajo y mi vida acomodada desde el sofá. 

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