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A los argentinos sólo les queda que Messi y las selección de fútbol venzan en Qatar

Argentina, como señala el escritor Martín Caparros, es un país que se hunde inmisericorde en batallas inútiles

A los argentinos sólo les queda que Messi y las selección de fútbol venzan en Qatar

Los argentinos salen a la calle tras el intento de asesinato de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner | Manuel Cortina (Europa Press)

Es un pueblo maldito que periódicamente sucumbe y luego emerge de sus crisis políticas y existenciales. Una nación, de 47 millones de habitantes, líder mundial en producción agrícola y ganadera y con abundantes recursos naturales y gasísticos. Y sin embargo, sumergido en convulsiones sociales casi permanentes que parecieron haber superado tras el final de la sangrienta dictadura militar y la restauración de la democracia en 1983. Argentina, como señala el escritor Martín Caparros, es un país que se hunde inmisericorde en batallas inútiles, con casi la mitad de sus habitantes por debajo del umbral de pobreza, una inflación del 52,3%, según datos del Banco Mundial, varios millones de personas sobreviviendo con bonos y limosnas y acudiendo a comedores benéficos simplemente para poder comer.

Esa es su dura realidad a fecha de hoy. Y de nuevo, sujeto a un programa de ajuste del Fondo Monetario Internacional (FMI) para afrontar el préstamo de 44.000 millones de dólares que el entonces Gobierno conservador de Mauricio Macri solicitó al organismo internacional para evitar la suspensión de pagos en 2018, un año antes del final de su mandato tras ser derrotado por la coalición peronista integrada por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner (CFK). Esta última, milagrosamente ilesa después de un atentado perpetrado el pasado jueves por un brasileño al que se le encasquetó la pistola que apuntó en el rostro de la expresidenta cuando regresaba a su domicilio y en presencia de sus agentes de seguridad.

Exaltación de la figura de Cristina Fernández

«A Cristina no se jode». «Si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar». Estos eran muchos de los gritos que durante la tarde del viernes lanzaban miles de sus seguidores congregados en la emblemática Plaza de Mayo y las arterias próximas a la Casa Rosada, la sede de la Presidencia de la República. El presidente Alberto Fernández, ex jefe de gabinete de CFK cuando ésta era la mandataria nacional y ahora viviendo una pésima relación con ella, había anunciado después del suceso que toda la jornada del viernes sería festiva para que la población reflexionara y expresara su repulsa tras el intento de magnicidio. No hubo disturbios, pero sí cánticos contra la oposición y la justicia y exaltación de la figura de Cristina Fernández, inmersa en un proceso judicial por supuesta corrupción y enriquecimiento ilícito durante el periodo de su mandato presidencial (2007-2015).

El fiscal federal ha solicitado para ella 12 años de prisión e inhabilitación de por vida para ocupar cargo público. Algunos datos señalan que ella y su fallecido esposo, Néstor Kirchner, presidente entre 2003 y 2007, el fundador del kirchnerismo, un movimiento populista de centro izquierda, un peronismo reformista, habrían amasado irregularmente una fortuna de entre 1.000 y 2.500 millones de euros con contratos inflados en obras públicas durante las dos últimas décadas. No pocos analistas tildan el kirchnerismo de autoritario y dirigista, propulsor de nacionalizaciones y expropiaciones precipitadas como la propiedad de la compañía española Repsol en YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) en 2012 durante el mandato de CFK. Cristina Fernández de Kirchner, abogada  de formación, es una política pasional bastante más de lo que era su difunto esposo. Algunos la definen como una «patota», que en la jerga argentina se traduciría como provocadora.

Una política amada y odiada a partes iguales

CFK por supuesto niega su culpabilidad y considera que todo es una trama urdida por lo que ella define como el partido de la justicia, es decir, de la magistratura corrupta, según ella, y de jueces resentidos, muchos de los cuales son hijos o nietos de militares que participaron en la trágica y sangrienta dictadura del general Jorge Videla y compañía, que derrocó en 1976 a la entonces presidenta Maria Estela Martínez, viuda de Perón, hoy a sus 90 años exiliada en Madrid, y causó miles de muertos y desaparecidos. La democracia fue restaurada en 1983 con la victoria en las urnas de Raúl Alfonsín, líder el Partido Radical. Cristina es sin duda la figura política más amada y a la vez odiada de la nación, cuyo prestigio, por manchado que esté, se equipara al del expresidente Juan Domingo Perón, fundador del Partido Justicialista, y a su viuda Eva Perón.

Cuando a finales de agosto el fiscal federal Diego Luciani apuntó contra CFK y solicitó la pena de 12 años de prisión se encendió la mecha de ira de sus seguidores, muchos de ellos bastante jóvenes, que decidieron concentrarse y acampar frente al domicilio de la gobernanta en el acomodado barrio bonaerense de La Recoleta para satisfacción de ella. No hubo grandes alteraciones públicas pese a que la alcaldía de la capital empezó a vallar el entorno del edificio cuyos vecinos protestaron ante tanta algarabía. Fueron casi dos semanas de gritos y eslóganes de apoyo a Cristina Fernández, de insultos al presidente Alberto Fernández, al líder de la oposición, Mauricio Macri, aspirante a regresar a la Casa Rosada en las elecciones de finales del año próximo y por supuesto contra el fiscal Luciani y la judicatura en general, que por otro lado nunca ha gozado de gran prestigio en la sociedad argentina. Lo paradójico del caso es que, según la mayoría de las encuestas, más de un 70% de los argentinos piensan que CFK y su esposo se enriquecieron indebidamente durante sus largos años en el poder. La saga no termina con ella pues su hijo varón, Máximo, es diputado nacional y uno de los políticos que más ha censurado el reciente acuerdo con el FMI.

Una profunda crisis nacional

Cristina es consciente por otra parte que la probabilidad de que la petición del fiscal se cumpla es ínfima. Más si cabe después del grave episodio de la pistola, que ha conmocionado al país y suscitado la repulsa de todas las fuerzas políticas. Además, sabe también que en el supuesto de que fuera condenada puede recurrir la sentencia en dos instancias judiciales más antes de que se pronuncie por último el Tribunal Supremo argentino. Eso significa capacidad para presentarse sin demasiados problemas a las elecciones presidenciales de octubre de 2023 y disputarlas a Macri, cuya coalición conservadora lidera hasta ahora todas las encuestas.

En cualquier caso, la crisis política del país austral es muy grave. Ya lo era antes del suceso del pasado jueves. «Tal vez sea este otro de los momentos cúlmenes desde la recuperación de la democracia en los que la dirigencia política vuelve a enfrentarse a una prueba máxima de responsabilidad, aptitud, sentido del deber, compromiso institucional y vocación de servicio. Gobierno y oposición acaban de volver a ser interpelados como otras pocas veces en los últimos 39 años y como nunca desde que se superó la crisis política económica de 2001», indicaba el viernes una analista en el diario liberal conservador La Nación. Y como observa Caparrós, «la oposición y el Gobierno actuales son los dos sectores que presidieron esta degradación, que permitieron o provocaron este derrumbe de un país que podría ser próspero o, por lo menos, viable».

La diferencia respecto a la revuelta de 2001, con la suspensión de pagos y la implantación del llamado corralito durante la presidencia del líder radical Fernando de la Rúa, es que en esta ocasión  la responsabilidad es conjunta de todas las fuerzas políticas. El rescate del FMI en 2018 fue solicitado durante el mandato del conservador Macri y el acuerdo con el organismo multilateral de crédito ha sido suscrito con el teórico Gobierno de izquierda de Fernández y CFK. El ajuste, que supone la eliminación de muchos subsidios con el previsible encarecimiento de facturas como la del gas y la electricidad y restricciones en sanidad y educación, exige alcanzar el equilibrio fiscal en 2025.

El Mundial de Fútbol como esperanza

El programa levantó ampollas en las filas peronistas -la propia vicepresidenta se mostró renuente- y bastante protesta en la población, aun cuando ésta asiste desesperada e impotente al espectáculo de ver en menos de un mes al nombramiento de tres ministros de Economía. El último, Sergio Massa, ex presidente de la Cámara de Diputados y con buenos contactos en el FMI y en la Administración Biden, tiene también malas relaciones con CFK y tal vez aspire a hacerle sombra en los comicios presidenciales del año próximo. No falta en este enredo el surgimiento de una ultraderecha antisistema en la figura del diputado Javier Milei, que goza de cierta popularidad en la población joven. Milei reniega del parlamentarismo, desprecia a todas las fuerzas políticas, es seguidor de la doctrina de Donald Trump y considera poco menos que el diablo al Papa Francisco. 

Los analistas locales no creen que el intento de asesinato de Cristina Fernández sea el preludio de una etapa de violencia callejera, porque en el fondo, pese a su descrédito, la población defiende sus instituciones y rechaza cualquier intento de recurrir a la «bota civilizadora» de los militares y que se repitan etapas de dura dictadura.

Entretanto, en medio de su desesperación existencial, tienen puestas sus expectativas en el Mundial de Fútbol de Qatar del próximo noviembre y anhelan que finalmente Lionel Messi levante la copa como lo hizo antes el añorado y llorado Diego Armando Maradona y que el triunfo argentino les permita al menos un rayo de optimismo ante tantas calamidades sociales. 

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