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Análisis

Finlandia y Suecia, en la línea del frente

La probable entrada de los dos países escandinavos en la OTAN supone un trascendental cambio geoestratégico y un duro golpe para Putin

Finlandia y Suecia, en la línea del frente

Las primeras ministras de Finlandia, Sanna Marin y de Suecia, Magdalena Andersson. | Europa Press

El futuro ingreso de Finlandia y Suecia en la OTAN, cuya solicitud formal podría producirse en la cumbre de la Alianza que se celebrará en Madrid a finales del próximo junio, supone otro clavo en el ataúd del orden internacional surgido en la posguerra mundial, inaugura un capítulo de la actual segunda Guerra Fría y confirma que para los países vecinos de Rusia garantizar su propia soberanía tanto en el pasado como ahora, mucho más que cualquier otra consideración, ha sido siempre crucial. Entre el protectorado ruso (antes soviético) o la protección americana no tienen dudas.

La voluntad de adhesión de finlandeses y suecos a la Alianza pone de manifiesto también un aspecto un tanto minimizado en algunos análisis sobre la pasada responsabilidad de Occidente en el desencadenamiento de la actual crisis de Ucrania. Es probable que Estados Unidos y Europa actuaran con precipitación tras la implosión de la URSS y tomaran decisiones que humillaron innecesariamente a Rusia, pero ese mea culpa occidental suele pasar por alto que las opiniones públicas de los países del Este exigían entrar en la OTAN como garantía de que el gigante ruso, cualquiera que fuese su régimen político, nunca volvería a ocuparlos. Podría decirse que justo al contrario que en el caso español, para ellos primero era la OTAN y después la Unión Europea.

Los sondeos apuntan que el 60% de los finlandeses está a favor de sumarse a la OTAN cuando hace un año solo lo apoyaba el 34%. En Suecia los partidarios de unirse a la Alianza es del 41% pero se dispara hasta el 59% si Finlandia también se convierte en miembro, lo que revela que los dos países comparten una visión conjunta de su seguridad estratégica. Finlandia tiene 1.340 kilómetros de frontera con Rusia y ya ha anunciado un incremento del 40% de su presupuesto de defensa para 2026. También tiene previsto celebrar maniobras militares en el oeste del país con la participación de Estados Unidos, Reino Unido, Letonia y Estonia. Su Ejército cuenta con 21.500 soldados en activo y 900.000 reservistas en caso de guerra. Por su parte, Suecia aumentará su gasto en defensa en unos 300 millones de euros este año.

Camino a la finlandización

Merece la pena hacer un poco de historia para comprender la trascendencia de la iniciativa tomada por la primera ministra finlandesa, Sanna Marin. La llamada finlandización –cómo tras el final de la II Guerra Mundial el país escandinavo logró mantenerse como una democracia independiente a cambio de dejar en manos de Moscú su política exterior y de defensa- fue resultado de un largo y complicadísimo proceso de negociación protagonizado por dos políticos dotados de extraordinaria inteligencia y flexibilidad: el primer ministro y después presidente finlandés, Juho Kusti Paasikivi, y el dirigente soviético Andrei Aleksandrovich Zhdanov. El Gran Ducado de Finlandia fue absorbido por el Imperio ruso en 1809 y no obtuvo su independencia hasta 1917. Años después, Finlandia libró otras dos guerras con su vecino: la Guerra de Invierno (1939-1940), que pese perderla hizo legendaria la resistencia del pueblo finlandés y dejó al desnudo la incompetencia del mando militar soviético, y la llamada Guerra de Continuación (1941-1944) cuando colaboraron con la Alemania nazi en el terrible sitio de Leningrado que causó casi un millón de muertos por inanición. Tras la derrota, la devastación y la cesión de territorio a la Unión Soviética –parte del istmo de Karelia, la región de Petsamo, al norte, que daba a la URSS una frontera común con Noruega, acceso a minas de níquel y una salida al Ártico, y la instalación de una base naval en Porkkala, a unos 25 kilómetros de Helsinki- llegó el armisticio en septiembre de 1944. El tiempo transcurrido desde esa fecha hasta la firma del Tratado de Amistad entre los países el 6 de abril de 1948 son conocidos en Finlandia y no sin razón como los «años peligrosos».

Entre la indiferencia de Estados Unidos y Gran Bretaña, que aceptaban el dominio ruso sobre Finlandia, Paasikivi tuvo que lidiar con problemas mayúsculos como la expulsión de 200.000 soldados alemanes presentes aún en el norte del país a finales de 1944, desarmar a las organizaciones paramilitares fascistas finlandesas, juzgar a los políticos que habían alentado la guerra contra la URSS, hacer frente a las millonarias reparaciones de guerra que exigían los soviéticos y renunciar al Plan Marshall en 1947. Paasikivi, que había estudiado historia en Novgorod durante la época imperial y tenía con profundo conocimiento de Rusia, y Zhdanov, un ideólogo del Politburó, encargado de evaluar la pésima actuación del Ejército Rojo en la Guerra de Invierno, que había sovietizado Estonia en 1940-1941 y liderado la defensa de Leningrado durante el cerco nazi, tuvieron que superar la profunda desconfianza y el odio mutuo de sus poblaciones hasta conseguir un acuerdo de buena vecindad que duraría décadas. Cuando en 1955 se formó el Pacto de Varsovia la entrada de Finlandia no estaba sobre la mesa y al año siguiente la URSS devolvió la base de Porkkala.

En aquellas negociaciones, además de las prioridades de Stalin mucho más orientadas hacia Europa central, fue clave la neutralidad de Suecia. Mientras lo fuera, Finlandia no sería vista por los soviéticos como una nación en la línea del frente que pusiera en peligro su seguridad. Para Estocolmo, si Finlandia era ocupada, se uniría al campo occidental. Suecia no ha librado una guerra ni formado parte de una alianza militar desde 1814.

Acercamiento a Occidente

Los dos países aprovecharon la caída de la URSS para abandonar su estricta neutralidad y acercarse a Occidente. En 1994 firmaron el programa de Asociación por la Paz de la OTAN y al año siguiente entraron en la Unión Europea. En 2016 acordaron que las fuerzas de la Alianza accedieran a sus territorios en caso de emergencia militar. Ahora están a punto de dar un paso más.

El Kremlin ya ha advertido que su entrada en la OTAN tendrá consecuencias como podría ser el despliegue de armas nucleares en la región, si bien Rusia ya anunció en 2018 que había instalado misiles de crucero Iskander en Kaliningrado, antigua Koenigsberg, capital de Prusia Oriental, que fue capturada por el Ejército Rojo en abril de 1945. El enclave está situado a unos 500 kilómetros de Berlín y a menos de 1.400 de París y Londres. El Iskander es un misil táctico capaz de llevar cabezas nucleares. Oficialmente su alcance es de 500 kilómetros, pero existe la sospecha de que podría ser mucho mayor.

Dos meses antes de la invasión de Ucrania, el presidente ruso Vladímir Putin insistía en que no permitiría una mayor presencia de la OTAN en el este y centro de Europa. Se refería entonces a Ucrania pero también a los 14 países de esa región que entre 1999 y 2020 se han sumado a la Alianza. Ahora se puede encontrar que la OTAN se amplía de los 30 miembros actuales a 32. Un trascendental cambio geoestratégico consecuencia de su injustificable y bárbara guerra.

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