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Cómo hacerse amigo del sol

El sol es protagonista absoluto de verano. También de las vacaciones, de las jornadas de playa y del bronceado. Lucir piel morena es un trofeo. Conquistarlo, sin embargo, entraña ciertos riesgos. Proteger la piel de los denominados rayos ultravioletas es una batalla a librar cada estío. Evitar que profundicen en las células es la mejor herramienta para combatir el melanoma: el cáncer de piel. Pero, ¿sabemos cómo hacerlo?

Cómo hacerse amigo del sol

El protector solar, aliado contra las quemaduras, no previene 100% el riesgo de contraer cáncer de piel (Mary Godleski/AP)

La llegada del verano pone en marcha el ritual. Todo en el ambiente parece evocar el olor a salitre del mar o de la hierba fresca nada más amanecer en lo alto de las montañas. Las mochilas, sea cual sea el destino elegido, comparten un frasco al que resulta imposible renunciar: el protector solar. Es el escudo anti-rayos solares por excelencia. Evita que el sol nos achicharre la piel, sin embargo, ¿hasta qué punto es el mayor enemigo contra el cáncer de piel? Todo parece indicar que no es infalible, sino más bien un aliado a tener en cuenta.

El termómetro de los rayos

Una de los indicadores de que han comenzando las ansiadas vacaciones de verano es el deseo de lucir el mejor bronceado posible. Conquistar este trofeo es enfrentarse, al mismo tiempo, a una radiación solar especialmente peligrosa donde los populares rayos ultravioletas son los verdaderos protagonistas. De ellos, los rayos UVA y UVB son especialmente peligrosos. Son ellos los verdaderos responsables de los daños en el ADN de las células de piel. Daños que derivan en la aparición del melanoma, el tan temido cáncer de piel.

La cantidad de luz ultravioleta a la que un individuo se expone es un vector que permite medir el riesgo. Un riesgo en el que hay implicados varios factores. Así, el Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos utiliza un modelo informático que relaciona la fuerza a nivel del suelo de los rayos ultravioleta -se mide a través de la longitud de onda-, con la concentración prevista del ozono estratosférico, la nubosidad pronosticada y la elevación del terreno. Cuanto más despejado se encuentre el cielo, más rayos ultravioletas penetran en la atmósfera.

Realizadas una serie de mediciones y cálculos se obtiene un resultado que va desde el 1 hasta el 11+. De acuerdo con esta escala de medición, conocida como “índice de luz ultravioleta”, cuanto mayor sea el número, mayor será el riesgo de exposición y, por tanto, la probabilidad de sufrir quemaduras en la piel. Esta información se encuentra a disposición de los ciudadanos en el Servicio Meteorológico de cada país.

Escudos a medida

La piel es el caparazón que protege al ser humano y, por tanto, la primera en sufrir los embites de los factores externos cada día. El sol está siempre presente, incluso cuando a veces no lo vemos, incidiendo sobre nuestra piel. Es nuestro aliado y también nuestro “enemigo” inevitable.

El antídoto por excelencia contra las quemaduras solares es el protector solar. Cubrimos nuestro cuerpo con una nutrida capa de crema para evitar que los rayos de sol más peligrosos dañen las células del tejido cutáneo. Para saber en qué medida nos estamos protegiendo del sol, recurrimos al índice FPS -factor de protección solar-. Este número se determina mediante la exposición de los individuos a un espectro de luz similar a la luz solar del mediodía, estudiando la diferencia entre la aplicación y la no aplicación de una crema de protección solar. La cantidad de luz que induce enrojecimiento en piel con protección solar, dividido por la cantidad de luz que induce enrojecimiento en la piel sin protección arroja como resultado el SPF.

Veamos un ejemplo. Si una persona se aplica un protector solar con un SPF de 12 tardaría en quemarse 120 minutos. De no haberlo utilizado, en tan sólo 12 minutos su piel se enrojecería. Si se dividen ambos intervalos de tiempo, el resultado es el SPF a utilizar: un crema de factor 12.

Ahora bien, en ningún caso deberían utilizarse factores de protección por debajo de un SPF de 15. Según aclara a Investigations la dermatóloga, María José Alonso, “son los únicos capaces de reducir el riesgo de cáncer de piel, cuando se usan adecuadamente”. Insiste, al mismo tiempo, en señalar que el factor 50 es el máximo a aplicar con garantías: “no existen datos suficientes que demuestren que los productos etiquetados con SPF mayor de 50, realmente protejan más”.

Cuidar al gen protector

Aunque la tendencia es protegerse de las quemaduras, no es cierto que evitando éstas se esté ganando la batalla al cáncer de piel. “Eso no significa evitar un cáncer de piel en el futuro”, aclara la dermatóloga. Un apunte que coincide con un estudio reciente publicado en la revista Nature. Éste alerta de que las cremas solares no evitan que los rayos penetren finalmente en nuestras células. Es decir, puede dañarlas y derivar en el desarrollo del melanoma. Esa pesadilla con la que convivían ya en 2012 232.000 personas en el mundo, según los datos ofrecidos por Cancer Research UK. Australia y Nueva Zelanda lideran la lista de los países con más casos de melanoma registrados.

En concreto, se ha demostrado que estos rayos producen mutaciones en el ADN de los melanocitos, las células responsables del color de la piel. Actúan concretamente en un gen llamado p53, el conocido como el “guardián del genoma”.

El gen p53 es una proteína que responde a los daños celulares. Cuando el ADN sufre radiaciones aumenta mucho su nivel y se ponen en marcha una serie de acciones anti-oncogénicas. Si el daño es muy grave, refuerza esta actividad hasta provocar lo que se denomina “apoptosis” o “suicidio celular” en la célula dañada evitando el desarrollo del cáncer. Ahora bien, según este estudio, la radiación ultravioleta impide que este gen actúe como debiera; dicho de otro modo, lo incapacitan. Nos dejan indefensos.

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