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Diana no murió sola

El 25 aniversario de la muerte de la princesa Diana ha desatado una ola de atención de los medios. Nadie se acuerda en cambio de que hubo más muertos

Diana no murió sola

Sus últimos escarceos amorosos fueron sobre la exquisita cama con baldaquino de seda dorada de la suite imperial. Esta suite, la mejor habitación del Hotel Ritz de París, está declarada «monumento nacional» por las autoridades francesas, todo el mobiliario y decoración del dormitorio principal reproducen fielmente los del cuarto de María Antonieta, la reina más famosa y también la que tuvo un más terrible destino.

No se puede eludir la tentación del paralelismo. María Antonieta, reina de Francia, disfrutó de los placeres más escandalosos, de los lujos más desenfrenados, y terminó decapitada en la guillotina. Diana, princesa de Gales, gozó de los caprichos más extravagantes que puedan proporcionar el dinero, la fama y pertenecer a la Familia Real británica, y terminó estrellada en un túnel.

Quizá no fue una buena idea acostarse en la cama de María Antonieta, arreglarse luego el pelo en su boudoir. Era como hacer de reclamo a un destino trágico, y lo cierto es que desde la suite imperial hicieron un viaje muy rápido hasta donde esperaba la muerte aquel 31 de agosto de 1997.

Ese final desató una histeria colectiva en Gran Bretaña. El pueblo británico se había aficionado a un culebrón digno del más desenfrenado guionista mejicano, en el que una bella, dulce y desdichada muchacha sufría por culpa de un marido traidor y pelmazo (Carlos), de una horrible suegra (la reina Isabel), un suegro medio nazi (el príncipe Felipe), una cuñada muy borde (Ana) y sobre todo, ‘la otra’, la mala mujer que le había robado el amor de su esposo (Camilla). Y cuando mejor estaba la historia, como en esas películas que se les acaba el presupuesto, un precipitado final, una carrera de unos minutos huyendo de los paparazzi y, al llegar al Puente de Alma, el accidente fatal.

El nombre de ese lugar conmemora la batalla de Alma, en la Guerra de Crimea. En aquel combate lejano murieron 9.000 hombres, en el Alma de París murió la princesa Diana y fue más llorada que aquellos 9.000 desgraciados, densas multitudes acudieron a Buckingham Palace a colocar velas, mensajes y peluches, en una especie de asedio al palacio donde en realidad no estaba la Familia Real, a la que todos vituperaban cuando los periodistas les acercaban un micrófono.

Alcohol, Prozac y somníferos

Pero Diana no había muerto sola, su cadáver exquisito no era el único encerrado en aquel amasijo metálico que se había estrellado a 110 por hora contra una columna del túnel. En primer lugar estaba el responsable de eso, el conductor, Henri Paul, jefe de seguridad del Ritz. Era el hombre de confianza de los Al Fayed, pero no deberían haberle confiado el volante de una máquina como el Mercedes S280 cuando iba cargado de alcohol y de un cóctel de pastillas, incluido Prozac, somníferos y neurolépticos.

Olvidémosle en buena hora y fijémonos en el tercer cadáver, el que el tremendo impacto había desmadejado y quedaba por encima de Diana, como si ella hubiera buscado protección. Era Dodi Al Fayed, el heredero de la fortuna, el hijo de Mohamed Al Fayed. El último capricho de Diana.

Dodi era un playboy, desde luego, pero tenía la riqueza y el poder necesarios para atender al capricho de Diana, que era inconmensurable. No podemos saber hasta qué punto ella sentía amor o atractivo sexual por aquel hombre, tampoco hay ninguna evidencia de que estuviese embarazada de él, como sostenía su ‘suegro’, Mohamed Al Fayed. Lo que sí es cierto es que Diana había escogido el perfil de novio que más pudiese molestar a la Familia Real: un árabe, un musulmán.

Que la sociedad británica es muy clasista es un axioma, y que el racismo está presente en la cultura anglosajona es evidente. Mohamed Al Fayed, el padre de Dodi, uno de los hombres más ricos del mundo, había solicitado en dos ocasiones la nacionalidad británica, y se la habían negado. Pese a tener su residencia y negocios en Inglaterra, pese a ser uno de los empresarios más importantes del Reino Unido, un peso pesado en su economía, los funcionarios del Ministerio del Interior habían rechazado su solicitud en 1994, y volverían a hacerlo en 1999.

Y si hay alguna duda sobre la mirada de desprecio que los royals (miembros de la Familia real) echaban a los Al Fayed, vean cómo definía a Dodi el príncipe Felipe, marido de la reina: «An oily bed-hopper», «un grasiento salta-camas». Hay dos elementos insultantes en tan breve frase. Bed-hopper es un juego de palabras con Grass-hopper (saltamontes), es llamarlo insecto además de gigoló. Menos alambicado es lo de oily (grasiento), el tópico que el racismo anglosajón aplica a mediterráneos y latinoamericanos.

Los Al Fayed

Ese muerto, al que no dedicaron el mínimo recuerdo los millones de personas que siguieron emocionados las exequias de Diana, daría sin embargo mucho que hablar, porque su padre buscaría venganza.

Mohamed Al Fayed había nacido en Alejandría en 1929, una época en que esa ciudad no era egipcia, sino la más cosmopolita del Mediterráneo. Su padre era maestro de escuela, pero él demostró pronto talento para el comercio y los negocios. Se casó con una hermana de Kashogi, otro famoso millonario árabe, y aunque el matrimonio duró sólo dos años les dio tiempo a tener un hijo, Dodi, del que se puede decir que el dinero estaba en sus genes.

Al Fayed extendió su red de negocios por todo el mundo, a veces con socios poco recomendables, como Papa Doc, el cruel tirano de Haití, pero lo que le gustaba era Inglaterra, donde se instaló en los 60. En 1979 dio un golpe de efecto, compró por 30 millones de dólares el Hotel Ritz de París.

El Ritz es un hito de la cultura occidental, allí estuvo de chef desde 1875 el mítico Escoffier, el padre de la cuisine française (cocina francesa), su fachada del siglo XVIII forma parte de uno de los conjuntos arquitectónicos más bellos de París, la Place Vendôme, y allí es donde se han alojado todos los reyes que han pasado por París desde el último cuarto del siglo XIX. Eduardo VII, tatarabuelo de Carlos de Gales, fue la testa coronada que más disfrutó del hotel, a veces con exceso. Uno de los lujos del Ritz era que todas las habitaciones tenían cuarto de baño, y Eduardo VII, que era un hombre orondo gracias a las ostras y el caviar, quiso darse un baño erótico con su amante de turno, y se quedaron encajados en la bañera hasta que unos camareros pudieron sacarlo.

Tras el Ritz, Al Fayed fue a por otro lugar emblemático del refinamiento de Occidente, Harrods. Estos grandes almacenes londinenses son en realidad una boutique de lujo de enorme tamaño, y desde tiempos de la reina Victoria el sitio favorito de compras de los royals. Aquí venía por sus regalos de Navidad Isabel II. Y para completar su inmersión en el universo simbólico británico, Al Fayed fue por el lado popular y se compró el Fulham, el equipo de fútbol más antiguo de Londres, fundado en 1879.

Otra diablura de Al Fayed fue hacerse con Villa Windsor. En este magnífico palacete del Bois de Boulogne de París tuvieron su exilio dorado los duques de Windsor, es decir, el ex rey de Inglaterra Eduardo VIII y Wallis Simpson. Aquí vivieron y murieron, y tras el fallecimiento de la duquesa en 1986, el ayuntamiento de París hizo con Al Fayed un contrato de leasing por 50 años.

El día antes de su muerte, Diana y Dodi estuvieron visitándola, con vistas a instalarse allí. Mohamed Al Fayed ya veía a su hijo casado con la princesa de Gales, instalados en una auténtica mansión real, y dándole nietos que serían hermanos del futuro rey de Inglaterra. ¡Qué dulce venganza frente a aquellos altaneros ingleses que le habían negado la nacionalidad!

Todo eso se esfumó en los pocos minutos que tardaron Diana y Dodi en ir desde la cama de María Antonieta al  túnel de Alma. Lo único que le quedó a Al Fayed fue incoar un proceso disparatado, en el que acusaba al MI6 (Servicio Secreto) de haber asesinado a Diana y a Dodi por orden de la Familia Real. E instalar en Harrods un santuario dedicado a la pareja, en el que los amantes ascienden al cielo como etéreas figuras doradas de tamaño natural.

Pero en 2010 Al Fayed vendió Harrods a la familia reinante de Qatar, y loa qataríes retiraron las estatuas en 2018, en la esperanza de que la reina vuelva a hacer compras en Harrods. Fue la segunda muerte de la pareja.

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