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Juan Carlos Girauta: «La nueva izquierda es reaccionaria»

El exdiputado de Cs se sienta con THE OBJECTIVE por la publicación de su último libro, ‘Sentimentales, ofendidos, mediocres y agresivos’ (Editorial Sekotia, 2022)

Decía Valle-Inclán que «el drama de la historia de España» es que la política nunca ha estado en manos de «intelectuales». Quizá Juan Carlos Girauta (Barcelona, 1961) se rebeló contra esto al participar en la fundación de Ciudadanos en 2006; causa perdida en un país de contrarreformistas. Ahora, con su libro Sentimentales, ofendidos, mediocres y agresivos (Editorial Sekotia, 2022), ajusta cuentas con todos aquellos que se oponen no solo a la Ilustración, sino a cualquier atisbo de racionalidad.

Pregunta. ¿Es este un libro contra los posmodernos?

Respuesta. No, en absoluto. Ni siquiera contra los autores posmodernos. Esta no es una idea mía, sino una observación en la que me hizo caer Gabriel Albiac. Según él, los autores posmodernos no se entendieron bien en Estados Unidos: Foucault, Derrida… se estudia todo esto en círculos minoritarios de ciencias sociales, se les entiende al revés en ocasiones y se genera este fenómeno de los studies por todo Occidente. Por mor de una estrategia política, derivada aquí del argentino Ernesto Laclau, explota en una política de cierta izquierda que conserva el nombre, pero nada más desde el punto de vista intelectual. Esta izquierda adopta las luchas sociales en términos de un pseudopensamiento woke fruto de la confusión intelectual. Políticamente, esta sustituye cosmovisiones anteriores y se articula como discurso hegemónico. El único político español en activo que es consciente de esto es Íñigo Errejón.

P. ¿Qué autor está en el origen del auge identitario? ¿Foucault, Gramsci?

R. No, Gramsci no. Este más bien se da cuenta hace un siglo de que lo importante es la hegemonía cultural. A partir de él, sean comunistas o no, todos entienden bien ese concepto. La cultura como campo de batalla o terreno de juego. Hay autores indispensables, eso sí: Marx, Engels, Freud, Gramsci, Althusser, Foucault, Derrida… A partir de esas visiones existe un pensamiento por disciplinas, pero que bebe siempre al concepto de sometimiento de Foucault…

P. Vigilar y castigar…

R. Y la importancia del texto como realidad, que es Derrida.

P. Eso tiene en origen el giro lingüístico: Ferdinand de Saussure.

R. Exacto. Se empiezan a establecer las disciplinas de estudio no por el contenido, sino por el sujeto que ha producido este. El filósofo francés Alain Finkielkraut recuerda que comienza a importar más la raza de quién escribió la novela o el sexo que el contenido. Llegamos a la conclusión Albiac y yo que ya es demasiado tarde para cambiar esto.

P. Es interesante que use el término «sujeto» porque Albiac en sus clases relacionaba éste con un «maestro» que le da esa identidad, siguiendo la etimología francesa de esas palabras. Es un tipo de esclavitud…

R. Claro, efectivamente: eso está muy bien observado. Laclau, que es un tipo inteligentísimo, inaugura el postmarxismo actual como se entiende en España. Lo que él predice o propone se cumplió a mediados de la década pasada. El fenómeno del que hablo en mi libro, S.O.M.A. (Sentimentales, ofendidos, mediocres y agresivos), solo existe desde hace ocho años. Son años de hegemonía sin duda de la ideología woke: es aquella que promueve la ONU, el Gobierno de España, la del Parlamento Europeo, la publicidad de los bancos e incluso de las cervezas. Es una cosmovisión, resultado del fracaso de las grandes ideas monistas, de principios unitarios, luego de la caída del Muro en 1989. Es ahora una lucha de las microidentidades.

«El avance de lo woke como cultura y política lo que hace es desnaturalizar la democracia liberal»

P. ¿No es sintomático que la mayoría de los posmodernos proceden de familias con rentas privilegiadas?

R. Acuérdate de lo que decía Antonio Escohotado: la mayoría de los líderes comunistas que ahora tienen estatuas de bronce vienen de no trabajar y que les mantenga la familia. Dan sablazos a la madre, buscan no dar un palo al agua y convertirse en líderes revolucionarios, además de vanguardia de los trabajadores. Es el llamado «traidor de clase». Del Duque de Orleans, guillotinado en la revolución que auspició, al propio Lenin. Esa frase de Lenin, «solo el partido puede hacer la revolución», es, de hecho, clasista…

Juan Carlos Girauta. | Imagen: Eduardo López

P. Hay quienes relacionan capitalismo y cultura woke.

R. He visto en varios autores, compatriotas, que identifican lo woke con el liberalismo. No, en absoluto: el avance de lo woke como cultura y política lo que hace es desnaturalizar la democracia liberal. Por eso advierto en el libro que la guerra cultural no es ganarle a la izquierda su hegemonía, sino hacer hegemónica la democracia liberal (proyecto, ideario y valores). Lo que se llama hoy izquierda, siguiendo postulados de Laclau, está en un proceso de radicalización sin punto final en una situación de violencia permanente y que reproduce el antagonismo de las clases sociales. Nunca se detiene: al no hacerlo, se carga también la igualdad ante la ley. Laclau afirma que hay que tomar cualquier lucha social como feminismo, ecología, etc, e incluye causas identitarias que no lo son. Yo podría tener una causa por mi condición de catalán. Si fuera un sinvergüenza afirmaría, ‘al ser catalán, tengo derecho a ciertas reparaciones’. Al no ser catalanes vosotros me debéis algo: no otra cosa hace el nacionalismo catalán en el Congreso. Eso es identitario, dirías. Pero si también me pongo catastrofista climático también acaba siendo identitario. Te pongo un ejemplo: acaba de morir a los 103 años James Lovelock, el padre de la tesis gaya. Él era catastrofista en el sentido que pensaba que el planeta estaba a punto de extinguirse por la acción del hombre. Lo creía de verdad. En consecuencia, llevaba muchos años postulando el uso de energía nuclear. Es decir, para él no era una identidad el catastrofismo, realmente pensaba que el planeta se iba al guano. Otros han entrado ahí por una estética del catastrofismo. Al ser una estética, nada racional, tienen que ser antinucleares. ¿No es acaso esto una identidad? 

P. En las causas identitarias parece como si una identidad reforzara su contraria sin acuerdo posible. 

R. Una de las cosas que veo al abordar este mundo «woke» es que todas estas causas acaban siendo reaccionarias. Esa es una bonita paradoja: la neoizquierda es algo reaccionario. El identitarismo es reaccionario de entrada. Aquí teníamos un tesoro que había permitido cosas impensables que era la democracia liberal. Esto se pone en peligro y se sustituye la igualdad ante la ley por la equidad, se acaba con la carga de la prueba y la libertad de expresión -en la práctica- no existe. Si cuentas cosas que salen de las revistas científicas, cosas fácticas, te van a cancelar. Te censura no el ministerio, sino los activistas de los partidos de izquierda y la gran red. Te van a reventar una presentación o una conferencia y si pueden te van a agredir. El woke no soporta oír algo que sea distinto, ni que contradiga lo que él piensa. Se le ha acostumbrado en entornos de burbuja universitarios a cualquier acto de afirmación contra ciertos dogmas es violencia.

«El milenarismo de Greta Thunberg es la cruzada de los niños del siglo XIII»

P. ¿Por qué es tan efectivo este discurso entre los votantes de partidos populistas?

R. Hay una cuestión que es fácil de entender: la simplificación. Todos lo hacemos todo el tiempo ya que sin hacerlo no podríamos vivir. Si no te han educado para entender cosas, sino para creer cosas… Decirte negacionista es el nuevo sambenito. Este término, que solo debería usarse para negadores del Holocausto, se ha utilizado de una manera tan discrecional que vale para todo: negadores de la utilidad de las vacunas, del cambio climático, etc. Se dice negacionistas sin más, sin aclarar. Pedro Sánchez lo ha hecho hace poco: «la oposición es negacionista». ¿Por qué? Porque es mi oposición, porque niega mi acción de gobierno.

P. Es una visión religiosa.

R. Por supuesto. ¡Es todo ya religioso! El milenarismo de Greta Thunberg es la cruzada de los niños del siglo XIII. Los campesinos milenaristas de inicios del siglo XVI en Alemania tenían el mismo discurso apocalíptico. Es una fe muy intransigente. Vuelve a ser puritana, además.

P. El odio a los números, ¿no es algo consustancial a los movimientos posmodernos? El sentimiento nunca es cuantificable…

R. No solo es así: mientras se ha mantenido el woke -no quiero llamarle posmoderno por no llegar a discusiones con amigos filósofos- eso prospera, primero, en las ciencias sociales. Pero ahora esto está metido hasta proyectos de ingeniería. En un proyecto sobre residuos te pedirán el impacto de género o lo que se les ocurra. Las causas crecen en número. Ahora hemos tenido una con «los cuerpos no normativos». Más allá de la cosa esa tremenda de la campaña del Ministerio de Igualdad, que pusieron una pierna a una que no la tenía -algo de espanto-, hay algo que he podido comprobar estos días: hay ya creada una identidad del obeso que se considera «interseccional» con sus otras identidades y todo suma como macro identidad. Se ha sustituido la historia cronológica, de hecho, por el estudio de causas fragmentarias. No estudiaremos historia, sino «la mujer en la historia» y lógicamente «el catalán en la historia».

P. ¿Por qué tiene tanto éxito la falsa víctima? 

R. Eso tiene una explicación, está muy estudiado: hoy en día, según la psicología, si te sientes víctima eres víctima. De nuevo, no se trata de los hechos, sino de los sentimientos. Puedes sentirte negra, incluso: una señora blanca que dirigía asociaciones de los negros en EE UU afirmó eso. Una parte de la comunidad negra afirmó «qué sinvergüenza», pero otra -la más relacionada con la academia- juzgó que «esa señora es negra». Decían algo como «se siente negra y lucha por la causa». Hemos visto casos dignos de estudio, hay algún libro escrito sobre esto y una falsa víctima de los campos de concentración…

P. Enric Marco…

R. Javier Cercas escribió un libro sobre él. Incluso, una chica afirmó haber sobrevivido al atentado de las torres gemelas y era mentira. Otro ejemplo: cuando se pusieron de moda las regresiones hipnóticas miles de mujeres en EE UU afirmaron que su padre había abusado de ellas. Esto trituró reputaciones y familias. Luego se supo que las regresiones hipnóticas inducían recuerdos falsos, incluso sin voluntad del director de la sesión. 

Juan Carlos Girauta. | Imagen: Eduardo López

P. ¿Es la culpa la verdadera criptomoneda de nuestro tiempo?

R. Sí, la culpa es una mercancía valiosísima. Quién sabe manejar la culpa, tiene la vida resuelta. Va a conseguir explotarla -realizar módulos discursivos con otra gente- y dinero de las administraciones o de las grandes empresas. Sabrá conseguir un sentimiento de culpa de los grandes medios también. De nuevo, esto se puede conseguir con una genuina sensación de víctima que no tiene que corresponderse con los hechos. O puede, también, obedecer a una estafa. A mí me impactó mucho enterarme al leer en La derrota del pensamiento de Finkielkraut que todo lo que se había recaudado con el concierto Live Aid no había llegado a ningún buen puerto.

P. El concierto de Bangladesh de George Harrison, que fue pionero, tuvo también problemas: tardó casi una década en llegar lo recaudado por ayuda humanitaria debido a problemas fiscales que no resolvió el mánager Allen Klein. Existe una tradición…

R. Obviamente. Sobre Live Aid, fue un impacto conocer que la canción We are the World -eso que hacía llorar a todo Occidente- se quedó en nada. Todo el mundo la cantaba. solo fue una orgía sentimental de miles de personas que les hacía sentirse muy buenas y que luego se desentendieron de adónde iba ese dinero…

P. ¿De dónde viene su interés por Bertrand Russell? 

R. Me gusta mucho su racionalidad, aparte de parecerme delicioso como escribe. Su condición de polímata también. También me distancio en algunas cosas: no entendió la teoría de juegos de la disuasión nuclear. Ahora bien, él tiene una coherencia absoluta racional y la convicción de que de algún modo si te atienes a ésta vas por el buen camino. 

P. ¿Son Vox y Podemos los grandes partidos identitarios?

R. Creo que Podemos, una parte (la de Íñigo Errejón), es el portador de esa estrategia. En ese Podemos hay clarísima una apuesta por la estrategia de Laclau, hacerse con todas las luchas, y realizar el discurso que las articule. Luego les ha resultado más difícil, pero en origen les ha sido más sencillo y casi lo lograron creando conceptos como «la casta». De hecho, el mosaico de causas ha sido asumido por todos: el PSOE, el PP, el IBEX… ¡no hay campaña publicitaria que no te diga cómo tienes que vivir! Te quieren hacer sentir culpable por algo, vender una mercancía o implantar una moral ¡y yo solo quiero una cerveza! (risas).

«Ciudadanos fue un intento ilustrado, quisimos hacer un homenaje, revivir el sentimiento de conciliación de la Transición»

P. Quiero incidir en Vox…

R. Vox es una mezcla. Tiene un componente identitario, está claro, y tiene un carácter de reacción a Podemos y los nacionalismos.

P. Volvemos a las identidades que se retroalimentan…

R. Yo he vivido eso muy cerca en Cataluña: me he pasado años intentando razonar con catalanistas, con separatistas, y realmente es desesperante. Yo me marché desesperado porque no había manera: no podrás razonar con alguien que no quiere razonar. Son gente poseída por una «gran causa» que da sentido a su vida. Una sociedad que se acostumbra a endiñarle la culpa a otro y a la queja es complicada de cambiar. Hay un círculo vicioso: son cada vez más prósperos y cada vez se quejan más. Tendrían que hacer un ejercicio de ruptura, pero es imposible: los niños que van saliendo del colegio son ya así. Luego hay una media Cataluña que no comulga con eso, pero que no vota como pasó con las últimas elecciones. Aquello no tiene solución, ni tú, ni yo veremos una solución; quizá en dos siglos…

P. ¿Fue Ciudadanos un intento de centro racional en una sociedad dominada por la culpa como es España?

R. Fue un intento ilustrado, quisimos hacer un homenaje, revivir el sentimiento de conciliación de la Transición. Evocábamos mucho a Suárez, una conversación racional, y esa época. Para nosotros la razón era rectora a través de la ley, la Constitución…

«Twitter es un vertedero donde hay unas joyas que alguien ha tirado desperdigadas: un enlace a un artículo increíble sobre Ucrania y otro que te pone algo que no encontrarías sobre el fútbol»

P. ¿Qué le llamó más la atención de su paso por la política?

R. Las cosas que me han sorprendido de verdad no las puedo contar, especialmente las de las personas. Ha habido sorpresas para mal, unas cuantas, y otras para bien. Puedo contar las para bien: no imaginaba que el rey de España fuera a estar tan preparado. Esperaba nivel, pero no solo me encontré con eso, sino también una absoluta y profunda convicción en el tema catalán. Algo que no encontré en las élites madrileñas, ni en la prensa porque tienen todavía un fondo de «bueno, hay que comprenderlo…»

P. ¿Por qué caía tan fácilmente en las provocaciones de Twitter? 

R. Twitter es un vertedero donde hay unas joyas que alguien ha tirado desperdigadas: un enlace a un artículo increíble sobre Ucrania y otro que te pone algo que no encontrarías sobre el fútbol. Son joyas que no hallarías de otro modo. Luego estás tú poniendo lo que aportas: pongo mi columna ahí, un lector no la encontrará en otro sitio, y quizá se suscriba al periódico. Cuando vas por un vertedero no te das cuenta de lo que pisas: hay joyas, pero también alguna lechuga podrida o un cartón que te quieren tapar el paso. Eso es Twitter.

P. ¿Volverá a la política? 

R. No volveré a la política profesional, salvo que sea pasar por algo que no necesite elecciones. Dadme la embajada del Vaticano y quizá sí (risas).

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