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España

Moreno Luzón: «La historia debe servir para entender el funcionamiento de las sociedades»

El historiador habla con David Mejía sobre la España de la Restauración, la crisis del 98 y la historia de las naciones.

Javier Moreno Luzón (Hellín, 1967) es catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido subdirector general del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y es especialista en la vida política de la España de la Restauración (1875-1923). Su último libro es Centenariomanía. Conmemoraciones hispánicas y nacionalismo español (Marcial Pons Historia, 2021).

PREGUNTA. Siempre me gusta empezar con una nota biográfica: cuéntanos dónde naciste y de dónde proviene tu vocación por la historia.

RESPUESTA. Yo nací en un pueblo grande, o ciudad pequeña, del sur de la provincia de Albacete, que se llama Hellín. Mi entorno familiar era el de una burguesía conservadora católica. Fui primero a un colegio religioso y después a un instituto público, porque es lo que había. Tuve algunos profesores buenos, pero creo que mi vocación como historiador proviene sobre todo del ámbito familiar y especialmente de la figura de mi madre, que era una mujer muy inteligente y, sobre todo, una gran narradora. En mi casa se hablaba todos los días de historia, en especial de la experiencia de la guerra civil. Y esos relatos continuos, esas historias que mi madre contaba muy bien, sobre la guerra, sobre el miedo que habían pasado -era una familia conservadora, de derechas, en una zona que fue republicana hasta el final- estimularon mi imaginación. Decidí estudiar Historia en Madrid, y tuve buenos profesores, pero quizá lo que más definió mi vocación fue el contacto con figuras que han resultado ser fundamentales en mi carrera. Entre ellas quiero citar a Santos Juliá, que fue mi director de tesis, y que era una personalidad extraordinaria; no te enseñaba de forma explícita, sino a través del ejemplo y del diálogo. También Mercedes Cabrera, con la que trabajé muchos años, sobre todo en temas de historia política y parlamentaria. Y me gustaría citar también a José Álvarez Junco, una figura muy importante para mí y la persona que, junto a Santos y Mercedes, transformaron la historiografía española. Yo tuve la enorme suerte, casi por azar, de estar en ese grupo que se creó en torno al Seminario de Historia del Instituto Ortega y Gasset, y de estar en un núcleo muy activo e interesante dentro de la historiografía española de la época. Y casi sin pensarlo, me hice historiador.

P.¿Y fue el contacto con estos maestros lo que te decantó hacia la historia contemporánea?

R. No, yo había hecho ya la especialidad de Historia Contemporánea en la carrera; tenía ya una vocación y un gran interés por estudiar los problemas políticos de la España contemporánea.

P. Y dentro de la Historia contemporánea, ¿por qué te decantaste por estudiar la Restauración (1875-1931), y cómo definirías ese período?

R. No fue una idea original mía, sino algo generacional. Era una época bastante olvidada, porque los historiadores se centraban más en la República, la Guerra Civil y el franquismo. Para la gente de mi generación (los que hacíamos las tesis doctorales en los años 90) fue un foco de atención muy importante estudiar la vida política de entonces. La Restauración fue un gran acuerdo entre las élites políticas para acabar con los principales problemas que veían en la historia española del siglo XIX, sobre todo el continuo cambio de régimen político y el uso de la violencia, o de la amenaza de violencia, para cualquier relevo en el gobierno, ya fuera a través de pronunciamientos o de insurrecciones en las que intervenía de manera decidida el ejército; fue la época de los caudillos militares (decía Cánovas que era ir a buscar el poder a las cuadras de los cuarteles). La Restauración acabó con eso y supuso una época de estabilidad política de casi cincuenta años, con muchos problemas, pero con una continuidad del mismo régimen constitucional y de partidos políticos que se alternaban de forma pacífica en el poder.

P. ¿Qué lecciones podemos extraer de esa época?

Desde nuestros estudios, creo que se pueden extraer al menos dos lecciones: la primera es el cambio respecto a cómo se veía tradicionalmente ese periodo de la historia de España: nos dimos cuenta de la riqueza de la vida política y parlamentaria que se desarrolló gracias a esos grandes acuerdos. Cuando llegaba un partido al poder, respetaba lo que había hecho el anterior; había formas civilizadas de aceptación del adversario, como explica Carlos Dardé, otro especialista en la época; y también se produjo el asentamiento de cierta cultura política liberal, en el sentido de tolerancia y búsqueda de soluciones acordadas. La segunda lección sería sobre el cuestionamiento de la legitimidad de los sistemas políticos, porque estos grandes acuerdos estaban basados en buena parte en el fraude electoral, una crítica tradicional que se hacía a los políticos de la época de la Restauración. Por tanto, junto con las ventajas de esos acuerdos también se puede hablar del inconveniente que supuso la deslegitimación del sistema político y, por extensión, del régimen constitucional, a través de instrumentos como el fraude, el clientelismo y la corrupción política.

«Nuestra generación luchó contra lo que Santos Juliá llamaba ‘el paradigma del fracaso’»

P. ¿Cómo sale parada la España de la Restauración desde una perspectiva comparada? ¿Eran los sistemas electorales de otras potencias europeas más limpios y transparentes?

R. Nuestra generación luchó en su momento, con un éxito relativo, contra lo que Santos Juliá llamaba «el paradigma del fracaso»: la tradición intelectual de ver el pasado de España como una sucesión de desastres, fracasos y luchas civiles. En definitiva, de considerar que España había perdido los grandes trenes de la modernidad: la industrialización, la consolidación del Estado nación -y por lo tanto, la eliminación de las identidades subestatales-, y la transición del liberalismo a la democracia. Esa lucha contra el paradigma del fracaso implicaba la continua visión comparativa de todo lo que ocurría en España. Y en el caso de la Restauración significaba darnos cuenta de que la situación de España no era nada excepcional en la Europa de la época, porque no era un régimen democrático, pero sí era un régimen liberal. Y esto era lo habitual en la Europa de finales del XIX hasta la Primera Guerra Mundial. Podemos llamar democracias a muy pocos estados europeos de esa época. Lo más habitual eran regímenes liberales y, dentro de esos regímenes, lo normal eran las monarquías constitucionales, como la que había en España. Incluso si tuviéramos que hacer un gradiente de liberalismo en el momento, España no era de los sistemas políticos más atrasados; los había todavía más atrasados, especialmente en Europa central y del Este. España no desentonaba en absoluto con ese entorno, no fue una excepción. Tampoco lo fue en la época de entreguerras; en todas partes hubo conflictos sociales y políticos muy agudos. Por lo tanto, cuando nos fijamos en los años de la Segunda República o de la Guerra Civil, tampoco deberíamos considerarlo como una excepción, sino como un caso más dentro del marco europeo. Cuando España sí se convierte en una excepción es cuando Franco sobrevive a la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Esto es lo más excepcional. Y junto con Portugal, son dictaduras que aguantan hasta los años 70.

P. Sin embargo, el relato sobre la excepcionalidad española es anterior al franquismo. Procede del fin de siglo y de la llamada crisis del 98. ¿Cómo explicar lo que sucedió en 1898?

R. El 98 fue un momento relevante. Por un lado, sucede la pérdida de las últimas colonias de lo que era una potencia imperial muy reducida desde principios del XIX. Pero sobre todo fue relevante en dos aspectos que podríamos resumir con dos términos que se convirtieron en términos explicativos de todo lo español. Por un lado, «desastre», porque suponía que cuando se estaban construyendo los grandes imperios coloniales, España perdía lo poco que le quedaba y se convertía en lo que un primer ministro británico llamó una dying nation, una nación moribunda. Y fue una verdadera crisis de identidad nacional. Por otra parte, se da una respuesta hasta cierto punto positiva, definida por el término «regeneración», porque a continuación se proponían remedios para todo esto. Algunos eran disparatados, pero otros tenían que ver con la educación, y eso tiene una influencia a lo largo de décadas, casi hasta nuestros días: la idea de que la educación es la clave para el progreso del país. O por ejemplo, también en cuanto a reformas económicas y a la necesidad de impulsar la agricultura española.

P. El fin de siglo es también un momento de búsqueda de esencias nacionales, y en España emergen los llamados nacionalismos periféricos. ¿Dirías que buena parte de los problemas que tiene España para consolidarse como nación provienen de esta época?

R. Se ha dicho muchas veces que en la Transición se resolvieron los principales problemas históricos de España. Se dio un cauce a las cuestiones sociales y desde luego desapareció el impulso de revolución frente a contrarrevolución. Se modernizó el país en muchos ámbitos; el Ejército salió de la vida política con dificultades, sobre todo después del intento de golpe de Estado de 1981. La Iglesia encontró también su lugar, aceptando un ámbito democrático, para lo que había ayudado muchísimo el Concilio Vaticano. Pero la cuestión nacional quedó hasta cierto punto pendiente, porque el arreglo de la transición luego no ha servido para su principal fin, que era integrar a los nacionalismos subestatales dentro del Estado. Eso tiene su origen, desde luego, a finales del siglo XIX. Tampoco España en esto es una excepción completa, porque es la época de los nacionalismos culturales y de la búsqueda de Estado por parte de las naciones pequeñas frente a la construcción de grandes Estados nación, que había sido la norma en el siglo XIX. Y coincidiendo con esa crisis de identidad del 98, el nacionalismo catalán, sobre todo, aunque también el vasco, y mucho más tarde el gallego, el andaluz, etcétera, presentan una prueba de fuego para el régimen liberal, que hasta cierto punto consigue integrarlos a través de la presencia y de la influencia de la Lliga Regionalista de Cataluña,  el principal partido nacionalista en Cataluña. Hay que tener en cuenta que Francesc Cambó, que era el representante en Madrid de la Lliga y su principal figura, no pensaba en términos independentistas, sino que pensaba en un nuevo Estado español que reconociera la personalidad nacional de Cataluña. Incluso pensaba en términos de imperio ibérico. Todo esto lo ha estudiado muy bien Enric Ucelay-Da Cal Por otra parte, hay también un españolismo de nuevo cuño que va a cuajar en torno a la figura del rey Alfonso XIII y de una parte sustancial del ejército español que desembocará, más adelante, en la dictadura de Primo de Rivera -de Se produce entonces un movimiento de acción-reacción, mediante el cual unos nacionalismos alimentan otros. Y podemos considerar esto una constante hasta nuestros días, que ha complicado de manera extraordinaria que los arreglos que se produjeron en la Restauración, a finales del XIX, pero también en la Transición, den fruto en una cierta estabilidad política.

P. Antes has mencionado a José Álvarez Junco. Su Mater dolorosa (Taurus, 2002) fue una lectura reveladora para mí. Álvarez Junco explica que la nación española, como todas las demás, es una creación cultural.

R. Álvarez Junco, además de un gran historiador, es un intelectual de referencia para entender nuestra realidad. Entre sus méritos tiene el haber hecho mucho porque en España se acepte lo que en el mundo universitario internacional fue una verdadera revolución en los años 80: entender que las naciones no son antiquísimas y por supuesto no son eternas, sino que son como acabas de decir, construcciones culturales y, podríamos añadir, modernas. Tienen que ver con la apertura de oportunidades políticas que siguieron a las revoluciones de finales del siglo XVIII. Hay actores que construyen, elaboran, reinventan esas identidades nacionales a lo largo del tiempo. Y eso resultó iluminador. Y muchos nos hemos dedicado a estudiar ese nacionalismo español que estaba sin estudiar, porque hasta comienzos de los años 90, la mayoría de los trabajos sobre nacionalismo se referían al catalán, al vasco, etcétera. Creo que en este sentido, como en otros muchos, la Academia Española se ha puesto al mejor nivel internacional. Y no lo digo por mí, ni por mi generación, sino sobre todo por los jóvenes que han venido después, que participan en este debate a nivel internacional.

«El procés ha reactivado el nacionalismo español»

P. En aquel momento, parecía que las dudas sobre la esencia de lo español estaban superadas, sin embargo, parece que España está volviendo a preguntarse por sí misma.

R. Sí, esa reflexión sobre la nación española ha dado un giro en los últimos años, no tanto desde la academia como desde la política. Y ha sido a causa del procés. Esa dinámica de acción-reacción entre los distintos nacionalismos en España se ha reproducido. Uno de los principales efectos del procés -que en términos generales ha sido un fracaso rotundo porque Cataluña sigue formando parte de España y ahora el independentismo es más débil que hace unos años- ha sido la reactivación del nacionalismo español. Y ese renacimiento del nacionalismo español, como siempre ocurre con los nacionalismos, ha supuesto la reactualización de los mitos que habían caído en desgracia, sobre todo por su asociación con el franquismo. Los historiadores nos dedicamos, entre otras muchas tareas, a recordar las raíces de esos mitos.

P. ¿Consideras que un Estado necesita una nación, es decir, un relato que unifique su comunidad política, para sobrevivir? Entiendo que fue necesario como pretexto para legitimar la soberanía del pueblo, ¿pero sigue siendo así?

R. La nación es, desde finales del siglo XVIII en adelante, la referencia fundamental para la legitimación del poder político. Y eso va avanzando con el tiempo, porque todavía en el XIX hay imperios y estados multinacionales en abundancia. Pero la referencia a la nación es constante precisamente porque es el origen de la soberanía y eso hace que sea difícil de desmontar. Es verdad que no todos los conceptos de nación son iguales. Hay conceptos que los estudiosos llaman cívicos o cívico-políticos, basados en la idea de ciudadanía. Y también hay conceptos étnico-culturales de nación, donde lo importante no es el ciudadano individual, sino más bien la comunidad orgánica a la que pertenece. Y no apelan a derechos individuales, sino colectivos. Considero que es difícil distinguir tipos de nacionalismo puros, pero algunos tienen componentes más acentuados. En principio, una nación compuesta de individuos con derechos y libertades reconocidos por un marco constitucional, sería capaz de incluir diversas identidades culturales sin demasiados problemas. Mientras que un Estado nación basado en una idea étnico-cultural de la nación tiende a marginar o expulsar de la comunidad política a quienes no comparten esos rasgos culturales. Pero sí, es posible imaginar un Estado que no sea nacional. Ya digo, hay estados multinacionales y también es posible pensar en una ciudadanía que no responda a un concepto étnico o cultural de nación.

«Podemos pensar en términos de transformación hacia un ideal, tan viejo como el nacionalismo, que es el de una comunidad humana de individuos libres e iguales»

P. ¿Pero una vez consolidada la comunidad política, se podría llegar a asumir sin traumas que todo relato nacional es un cuento?

R. El hecho de que hayamos documentado de manera bastante exhaustiva el proceso de construcción nacional y de invención de esos mitos nacionalistas, no quiere decir que sean exactamente cuentos. Es decir, son artificiales, por supuesto, pero tienen una potencia extraordinaria que naturalizamos y forman parte de nuestra vida, como el aire que respiramos. Es decir, el hecho de contar esto no quiere decir que no sean importantes. Se ha hecho muy famoso un libro de un psicólogo social británico, Michael Billig, que habla de nacionalismo banal, de cómo en el mundo cotidiano manejamos esa identidad nacional casi sin darnos cuenta. ¿Es posible una organización política actual que prescinda de la nación? Yo creo que es muy difícil, pero hay ideales y vamos hacia los que se puede caminar. Y uno es el del cosmopolitismo, que es algo que ha desarrollado, por ejemplo, Martha Nussbaum para corregir los evidentes problemas que producen los nacionalismos. Podemos pensar en términos de transformación hacia un ideal que es tan viejo por lo menos como el nacionalismo, que es el de una comunidad humana de individuos libres e iguales.

P. ¿Qué opinas del concepto de patriotismo constitucional de Habermas?

R. El patriotismo constitucionaltiene un sentido muy claro en el caso alemán, donde el concepto de nación venía cargado por una historia terrible. Y los intelectuales de izquierdas como Habermas señalaban en los años 80 que era muy peligrosa la recuperación del nacionalismo. Porque después de Auschwitz, no se podía ver el nacionalismo alemán como algo viable, posible, aceptable. La fórmula de patriotismo constitucional significaba la posibilidad de identificación con los valores constitucionales del Estado alemán, al margen de las tradiciones nacionalistas. Es un concepto muy interesante que tiene que ver con la idea cívico-política de nación. La cuestión es que en Alemania nadie discute que sólo hay una nación, o solo una comunidad política, que es la alemana. En el caso de España, como hay varias naciones en conflicto, el patriotismo constitucional tiene que definir, aparte de la relación de los ciudadanos con el Estado, el vínculo emocional e identitario con esa comunidad política. Y ese problema Habermas no lo tenía.

P. En España existe otro problema, y es la relación con los símbolos. ¿Qué importancia tiene que los ciudadanos de una comunidad política se identifiquen con los símbolos nacionales?

R. En los estudios sobre nacionalismos hemos aprendido que los símbolos son fundamentales, porque son elementos de identificación con la nación. Y también son armas políticas. Hay que tener en cuenta que la gente muere por la bandera, y eso ya es bastante serio. Hay algún estudioso de los símbolos que piensa que son como nuestro tótem, que son sagrados. Por lo tanto, hay que tomárselos en serio y ahora tenemos herramientas para analizar su desarrollo y evolución a lo largo del tiempo.  

P. ¿Consideras que quienes hicieron la Transición se equivocaron al mantener una simbología nacional que algunos españoles identificaban con la dictadura?

R. La bandera nacional española, que se llama así desde su creación a finales del siglo XVIII, y que se fue asentando con más o menos complicaciones, es muy difícil de cambiar. La única alternativa posible sería la bandera republicana, que añade el color morado en representación de las libertades de Castilla con el mito de los comuneros (una vez más, un mito nacional, esta vez liberal, progresista, republicano). Las gentes de la Transición no podían cambiar la bandera porque no había otra; la republicana representaba a una parte de la población muy pequeña en aquellos años; lo cierto es que las banderas republicanas no aparecían demasiado, más que en algunas manifestaciones de partidos de izquierda, que a su vez aceptaron rápidamente la bandera rojigualda, como es el caso del Partido Comunista de Santiago Carrillo. Quizá se retrasó demasiado el cambio del escudo del águila, que era lo que más identificaba al franquismo. Eso se podía haber cambiado antes, pero esa bandera que llamamos constitucional es la única bandera viable como símbolo del Estado. El problema es cuando esa bandera se utiliza como arma política, como antes decía, no ya como elemento de cohesión y de identificación de la ciudadanía con la comunidad nacional, sino como arma arrojadiza: nosotros somos los que defendemos la bandera y vosotros estáis fuera de la comunidad nacional. Y eso empieza a ocurrir a finales de los años 90, cuando reaparece también la bandera republicana en las manifestaciones. Es cierto que para mucha gente los colores de la bandera siguen teniendo connotaciones, no sé si franquistas, pero sí derechistas. Y eso no es bueno para la convivencia política. En cuanto al himno, tenemos uno de los pocos himnos sin letra, lo cual ya dice algo de nuestra trayectoria. Yo creo que, a la larga, es una ventaja, porque la mayoría de las letras de los himnos vigentes se inventaron en el siglo XIX, y son tremendas. Pero es cierto que nuestro himno procede de una tradición monárquica y tiene connotaciones jerárquicas y de respeto muy pronunciadas. No, es un himno popular, de abajo a arriba, que llame a la movilización patriótica, como por La Marsellesa, por ejemplo.

P. Francia es el ejemplo paradigmático de la construcción de un Estado-nación, pero es más la excepción que la norma.

R. En esa tarea de desmontar el paradigma del fracaso y la excepción de España, nos hemos dado cuenta de que el Reino Unido, que era el paradigma del triunfo de la Revolución Industrial, no era la norma, sino más bien la excepción. Y en el caso de Francia, como paradigma del éxito de la construcción nacional, efectivamente, ocurre algo parecido. No es el paradigma que siga todo el mundo con éxito, sino más bien la excepción. Ahora bien, hay muchos himnos que han copiado La Marsellesa, precisamente porque era el modelo del mundo liberal, progresista y republicano. Ese himno no hay que oírlo con respeto, como pasa, por ejemplo, con el «Dios salve a la reina», que es el modelo monárquico que nosotros seguimos, aunque no tengamos letra, sino que hay que cantarlo con gran emoción, implicándose.

P. ¿Cómo debería explicarse la historia a los jóvenes?

R. Lo primero que hay que decir es que la historia como disciplina académica nace para contribuir a la construcción nacional; enseñar la historia es nacionalizar a las gentes y eso es muy difícil de desarraigar. Pero hay que hacer un esfuerzo para que la historia sirva para entender el funcionamiento de las sociedades humanas y plantearla en términos de grandes cuestiones. Y esto no solamente tiene en contra a quienes consideran que la historia tiene que servir para nacionalizar, sino a quienes consideran que el estudio de la historia tiene que ver con introducir en las cabezas de los estudiantes una enorme cantidad de datos. Eso es muy empobrecedor, porque no forma en absoluto. Una cosa es saber los datos fundamentales y otra cosa es pensar que la historia es sólo eso. Y yo detecto en mis estudiantes una cierta fobia por la historia desarrollada, precisamente porque en su educación secundaria se les ha insistido en aprender una cantidad de información enorme, que han olvidado inmediatamente después de la fecha del examen. Yo insisto en que piensen en la historia como una manera de entender el funcionamiento de las sociedades humanas a lo largo del tiempo. No solo pensando de dónde venimos o por qué somos como somos, sino entendiendo que la historia nos muestra las diferencias y las múltiples posibilidades de organización de las sociedades a lo largo del tiempo. Se trata de intentar comprender qué pasa en cada momento, cómo piensa la gente, y cuáles son los fenómenos políticos, económicos y culturales que se desarrollan.

P. Ahora que la leyenda negra vuelve a ser un debate, ¿cómo crees que deberíamos aproximarnos a la enseñanza de la conquista de América?

R. Respecto a la monarquía hispánica en América, sucede lo que antes señalábamos, que el nacionalismo español está en boga y recurre a los mitos tradicionales. El mito del imperio aparece en el siglo XIX. Después de la pérdida de las últimas colonias tangibles y reales, surge la idea de la raza, luego la Hispanidad y después la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Nociones consistentes con la idea de que España sólo pinta algo en el mundo si es la cabeza de una comunidad global, aunque a veces su liderazgo no se le reconozca por parte de los otros miembros de dicha comunidad. Y esto se basa en la premisa de que el Imperio fue benéfico, civilizador. Aunque sobre este mito nacional hay al menos dos versiones: los progresistas liberales pensaban que esa civilización había sido en términos culturales amplios, basados en la lengua; y los católicos en la evangelización. Este debate sobre la leyenda negra ha resurgido en base a una idea esencial de España, porque en realidad, en el siglo XVI no podemos hablar de nación española, sino de monarquía hispánica.

P. ¿Qué papel deben jugar los académicos en este debate?

R. Una de las funciones de los académicos es participar en la esfera pública para explicar lo que sabemos. En el caso del Imperio español, se trata de comprender lo que ocurrió en su complejidad, y eso incluye, desde luego, estudiar lo que ahora consideraríamos abusos por parte de los conquistadores. E incluye también la fundación de ciudades, universidades y todo aquello que se aduce en favor del Imperio, pero sin necesidad de identificarnos con aquellos señores de los siglos XVI y XVII, que pensaban en mundos y en universos culturales totalmente distintos de los nuestros. El nacionalismo crea esas falsas continuidades. Sucede lo mismo en el caso de algunos países latinoamericanos, donde hay sectores políticos que siguen utilizando la conquista en términos presentistas para atacar al gobierno español o a los españoles. Y una vez más, el caso de España no es excepcional. Este problema con el pasado imperial lo tienen todas las potencias que fueron imperios.

P. Para terminar, ¿a quién te gustaría que invitáramos a Vidas Cruzadas?

R. Una persona muy interesante por su trayectoria intelectual, política y cívica sería mi compañera en la Universidad Complutense, Mercedes Cabrera.

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