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España

Félix Ovejero: «Estamos en un proceso genuino de desintegración del Estado»

El profesor y ensayista habla con David Mejía sobre sus orígenes, su militancia en la izquierda y su compromiso frente al nacionalismo

Félix Ovejero (Barcelona, 1957) es doctor en Ciencias Económicas y profesor en la Universidad de Barcelona. Colabora regularmente con el diario El Mundo y con Revista de Libros y es autor de más de una decena de ensayos sobre filosofía de las ciencias sociales, teoría de la democracia, nacionalismo y socialismo, entre ellos La deriva reaccionaria de la izquierda (Página Indómita, 2018), Contra Cromagnon. Nacionalismo, ciudadanía, democracia (Montesinos, 2007) y Proceso Abierto. El socialismo después del socialismo, (Tusquets, 2005).

PREGUNTA. Sé que tú no eres muy dado al argumento biográfico. Sin embargo, tu biografía explica muchas, sobre ti y sobre toda una generación de catalanes. Me gustaría empezar por ahí. ¿Dónde nacieron tus padres y cuándo llegaron a Cataluña?

REPUESTA. Mis padres nacieron en Sisante, un pueblito de Cuenca, pero más próximo al paisaje manchego de Albacete. Y vinieron en el tirón de los planes de desarrollo, aunque no fueron a parar a los pueblos del extrarradio de Barcelona, sino al núcleo de los derrotados de la ciudad, que es el barrio chino; lo que se ha dado en llamar el Raval. Entonces era el barrio de los marginados, prostitutas y homosexuales, que en aquel momento tenían una vida profundamente desgraciada porque eran doblemente marginados. Juan Goytisolo y Gil de Biedma han recreado ese ambiente, pero ellos bajaban un ratito y luego hacían mucha literatura recreando fantasiosamente aquel mundo de derrotados. Pero sí, yo vine a parar ahí. Vivíamos en un piso patera donde llegaban los del pueblo que estaban en tránsito: eran realquilados. Yo dormía junto a uno que estaba de paso hasta que encontraba su propia casa.

P. Alguna vez te he leído que tus padres eran analfabetos.

R. Sí, mi madre no sabe escribir. Y mi padre trabucaba las sílabas, juntaba una palabra con la otra… Alcanzaron a leer, pero sí, eran analfabetos funcionales como se dice ahora, no había libros en casa.

P. ¿De dónde crees que procede tu vocación intelectual?

R. Pues no sé, supongo de la politización de la juventud, inevitablemente comunista en aquellos tiempos. Llegas a militar en el instituto y hay un afán de verdad, de entender, y una consideración de los libros como una fuente de conocimiento. Y seguramente la estupidez aquella de que el marxismo era pura ciencia y no verdades de fe. La idea de ver si aquello era ciencia me llevó a tomarme en serio la palabra ciencia y abandonar la visión doctrinaria.

P. Pero también eres lector de literatura, me consta que en este momento sobre todo de poesía, pero también has leído mucha novela.

R. Sí, yo devoraba novelas. Ahora releo; recuerda aquello que decía Gil de Biedma «leer es releer, lo otro es para informarse». Lo que releo, a trechos, cada año, y seguramente más que el autor, son los diarios de Trapiello. Me los he leído dos o tres veces. Y luego sí, la lectura de la poesía la he mantenido. Fíjate, no tengo ningún talento musical, y sin embargo, creo tener oído para la poesía.

P. ¿Qué recuerdo tienes de la Cataluña de los años 60 y 70?

R. Seguramente yo me parezco más que Jordi Pujol al catalán promedio, que se llama José Pérez y es hijo de inmigrantes. Pero claro, ha habido una recreación retrospectiva del aquel mundo que explica muchas cosas, incluso la aceptación del nacionalismo en la izquierda española no es ajena a la fascinación que ejerció Barcelona como puente hacia Europa. La élite del Partido Comunista, el PSUC en ese momento, era la élite intelectual y en particular lo podrías ceñir al grupo de los banderas rojas, una escisión pijo-maoísta del PSUC, todavía muy influyente en nuestro relato nacional. Un grupo que, por edad y origen social, yo no llegué a rozar. Muchos de ellos llegaron a impartir clases de marxismo, incluso Clara Ponsati me llegó a dar alguna clase de marxismo. Pero la Barcelona de las Ramblas es un mundo que sí conocía, vivía en el barrio chino y tenía un amigo que cerraba las paradas de las flores. Ahí fui testigo, callado y fascinado, de Ocaña, de una Barcelona que cuenta maravillosamente bien Federico Jiménez Losantos en su libro sobre la ciudad.

P. ¿Qué papel jugaba el Viejo Topo?

R. En torno al Viejo Topo se dieron muchas cosas, algunas razonables y otras, afrancesadas, para llorar. Afortunadamente, en el mundo intelectual de la izquierda recale en el entorno de Manuel Sacristán, que fue, en algún sentido, mi primer maestro. Era un marxista con formación lógica y analítica. Y de hecho yo imparto la asignatura en la Facultad de Económicas que él creó e impartió: Metodología de las Ciencias Sociales. En su juventud formó parte de la generación del 50, Gil de Biedma, Barral, los Goytisolo, Gabriel Ferrater… ellos forman una cultura en castellano de élite, que todavía ejerce una enorme fascinación entre las gentes de mi generación.

Imagen: Carmen Suárez

P. ¿Sacristán fue la primera persona que te mostró la posibilidad aproximarse al marxismo de una manera analítica?

R. Sí, él estaba en la Facultad de Económicas y para mí fue un momento importante la decisión de estudiar Economía. Y luego, quedarme como su ayudante Un sueño inimaginable. De hecho, cuando me quedo a trabajar en la universidad, mi padre me pregunta en qué oficina. Luego, cuando veía que pasaba tanto tiempo en casa, debió pensar que me dedicaba al narcotráfico. En la decisión de estudiar Económicas también había un principio de realidad y es que podía encontrar trabajo al salir. Mi techo social, una oficina de La Caixa. Y cuando llego a Economía me encuentro con Sacristán. Le intereso como estudiante y pide una plaza para mí, una especie de ayudantía, y ya me quedo con él.

«Curiosamente, en Cataluña los colonos viven en barrios marginados, mientras que los colonizados viven en las mejores zonas»

P. Quiero volver un momento atrás. El año pasado Iván Teruel publicó un libro que tú prologaste, titulado Somos el fracaso de Cataluña. Cuenta la llegada de sus padres a Cataluña en los años sesenta, recreando el paradigma de aquellos fueron los sirvientes de la burguesía catalana durante el franquismo y en democracia pasaron a ser considerados colonos por esa misma burguesía. ¿A ti te duele este este relato?

R. Sí, y sobre todo el relato cómplice, el del «buen charnego», que recreó el novelista Paco Candel. El nacionalismo, y esto es una modesta conjetura, heredó algo del franquismo que le convino mucho: nadie era ciudadano en España. Entonces, cuando uno iba a Cataluña, sobrevivía como sobreviven hoy muchos inmigrantes ilegales, mediante tramas familiares: no se fían de la ley, si tienen un problema lo resuelven ellos. La idea de derechos no la tienen. Esa falta de derechos la experimentaban quienes en el franquismo llegaron a Cataluña, y el nacionalismo consiguió heredar eso para transmitirles la idea de que aquello no era suyo. Y se mantiene en el lenguaje, por eso se habla de inmigración. Nadie emigra a Madrid, si uno se mueve en su país es ciudadano de pleno derecho. Un tío mío al que quería mucho, y que falleció hace poco, siempre decía «tenemos que estar agradecidos, nos han dado trabajos». Con los años, entendió que aquello era un cuento. Pero sí, esa disposición de sentirse extranjeros asomaba en las votaciones: jamás se movilizaba ese voto en las autonómicas porque Cataluña era de los nacionalistas. Curiosamente, en Cataluña los colonos viven en barrios marginados, mientras que los colonizados viven en las mejores zonas. Entonces, bueno, eso sí me ha ofendido. Me imagino que es similar a la experiencia que han podido tener los negros en Estados Unidos, de desprecio.

P. Sin embargo, nunca te has ido de Barcelona.

R. De los que fundamos Ciudadanos solo nos hemos quedado, que recuerde,  Arcadi Espada, Ferran Toutain y yo. Por mi parte, hay varias razones, entre ellas, la de «a mí no me echan». Aunque no quiero dignificar el motivo, a veces ser testigo perplejo de la hecatombe, del hundimiento de una sociedad, te hace quedarte paralizado.

P. ¿Dónde estabas y cómo viviste los momentos del Manifiesto de los 2.300?

R. Yo estaba fuera de juego. Casi todos eran mayores que yo. Yo tenía de profesor en Económicas a Amando de Miguel. A Federico lo veía por la calle porque vivía los entornos de ese barrio chino y era muy amigo de Alberto Cardín. Yo los miraba con fascinación porque eran intelectuales, que es a lo que uno aspiraba en aquel momento y nunca me atrevía a decirles nada. Eso sí, su fascinación lacaniana me parecía un extravío. Me protegía la influencia de Sacristán, las lecturas de lógica y cosas de filosofía analítica. Pero bueno, en ese momento yo era un joven que no pintaba nada. A nadie se le ocurría pedirme la firma.

«Me costó incorporarme a la resistencia al nacionalismo»

P. ¿Y en qué momento descubres que perteneces a la resistencia al nacionalismo?

R. Me costó. Me creí parte del cuento. Hasta tengo alguna foto en manifestaciones del 11 de septiembre bajo una señera. Entonces formaba parte de una izquierda que no simpatizó con el nacionalismo, la que había en torno a Sacristán, donde hubo algunos que firmaron los primeros Foro Babel, manifiestos que denunciaban la imposición del catalán y la exclusión de una cultura en castellano (Marsé, Moix, Azúa) que era genuinamente catalana. Pero durante algún tiempo me costaba reconocer que quienes decían esas cosas no eran de derechas. Creo que fue a partir de que publico en El País y los resistentes reparan en mí y me llaman para algunas actividades. Eran años en los que habían expulsado a 10.000 profesores de instituto tras diligentes y siniestras maniobras de Pujol y el promedio de edad de los resistentes era un geriátrico. Me invitaron a una edición del Premio a la Tolerancia, que era un modo de capturarme emocionalmente muy razonable, muy seductor, y ahí entro en contacto por primera vez con Francesc de Carreras.

P. Estamos hablando de finales de los 90, ¿no?

R. Sí, y hay otro momento decisivo: cuando empiezan a aparecer mis críticas al nacionalismo, El viejo topo me llama para una entrevista, porque estaban buscando a alguien que tuviera una crítica de izquierdas al nacionalismo. Y durante bastante tiempo dije que no, porque sabía lo que podía suponer, pero un día lo hice y expuse las tesis sobre el nacionalismo que luego desarrollé en el primer volumen de Contra Cromagnon. Supe que provocó un debate interno entre los comunistas, también que mucha gente se dio de baja del Viejo Topo. Este es un momento donde adquiero una cierta presencia y soy consciente que, en el momento en que eso sale, alguien te está marcando en una lista. El segundo momento, obviamente, es la aparición de Ciudadanos. Recuerdo que nos reunimos en un hotel en Las Ramblas y bajamos hacia la rueda de prensa como si fuera un western, ensimismados, sabiendo que a partir de ese momento íbamos a estar marcados, que, como diría en poeta, «algo ya comenzado no admitía espera».

«Ciudadanos introdujo en España el recordatorio de la locura en la política catalana»

P. Si no me equivoco, la fundación de Ciudadanos responde a la necesidad de hacer una propuesta socialdemócrata alejada del nacionalismo.

R. Bueno, la memoria es traicionera. Nosotros nos reuníamos y en un momento de lucidez, aunque en aquel momento pensábamos que estaba enajenado, Arcadi dice «Estoy harto de hacer manifiestos, hay que hacer un partido». Y esa decisión de reclamar la existencia de un partido obedecía a dos cosas: al hecho de que, fuera de la agitación inicial, no teníamos disposición a implicarnos en la política profesional, y a que entre nosotros había dos almas, una la de izquierdas y otra que podíamos llamar liberal centrista, si es que esa última palabra significa algo. Como no podíamos dar ese paso se optó por no ahondar en el perfil ideológico. una especie de conciliación. Luego, con el partido en marcha, se reivindican dos tradiciones, la liberal progresista y la socialista democrática. Yo me reconocería en eso, creo que ese espacio no está cubierto. En todo caso, Ciudadanos atrajo a gentes que tenían en común estar en la resistencia, pero tenían ideas muy diversas sobre otros asuntos. Pero bueno, se cuajó en algo razonable que acabó explotando cuando salió de Cataluña. En todo caso, creo que, por muchos desvaríos que haya podido cometer, Ciudadanos introdujo en España el recordatorio de la locura la política catalana.

P.  Pero Ciudadanos no hubiera existido sin la traición del PSC.

R. Sí, algunos, como Azúa y Carreras los conocían bien y, sospecho, se sintieron traicionados. Tenían alguna esperanza que la llegada del PSC, de lo que acabaría siendo el primer tripartito, rompiera con el nacionalismo. Y al ver que era más de lo mismo, concluirían que no había esperanza. Era entendible la expectativa subjetiva de confiar en muchos de sus amigos. Ellos conocían a Maragall y a esas gentes, yo no, pero me los olía, porque estaban del otro lado de la barricada social, así que no lo sufrí como una traición, pero ellos seguramente sí.

P. Ese tripartito certifica la extraña alianza entre la izquierda y el nacionalismo. Tú has teorizado mucho sobre esta cuestión, ¿podrías hablarnos del origen y el fondo de esta cuestión?

R. Bueno, yo que iba para Premio Nobel, he tenido que teorizar estas estupideces porque no te quedaba más remedio (ríe). Pero cuando tienes al lado a un tío que está diciendo tonterías que complican la vida de las gentes te sientes obligado a desactivarlas. Bromas aparte, lo que he tratado de hacer es desmontar los argumentos del nacionalismo. En España se ha impuesto un relato según el cual hay una guerra ancestral entre España y Cataluña que tiene su mito fundamental en 1714. Esa falsa descripción de lo que fue una guerra europea, según ese relato, tendría su última materialización en la guerra civil española que, contra toda evidencia, se ha descrito como una guerra de España contra Cataluña. Digo contra toda evidencia porque Cataluña y el País Vasco son las regiones donde menor fue la represión franquista. Allí abundaban las personas con recursos que, en muchos casos, habían financiado a Franco, entre ellos la familia de Maragall, que sale a celebrar la entrada en Barcelona de las llamadas tropas nacionales. Y esto sucede porque la CNT había intimidado a la burguesía catalana. Por cierto, años después se le ocurrió a Pasqual Maragall contar esto en un libro de memorias y se llegan a imprimir 10.000 copias. Se enteró su hermano Ernest que consiguió imponer su retirada. El poder desnudo. Nada de tribunales. Y los editores, intimidados, accedieron. A los pocos días los hermanos Maragall estaban en un acto por la memoria histórica. Cierro paréntesis. Lo que transmite el relato es que España, constitutiva y esencialmente, es el franquismo. Y que el franquismo reprimió la cultura catalana con particular saña. La evidencia no lo confirma. En Cataluña, a partir del 50, se publica en catalán. Hay premios literarios en catalán- Es cierto que no está presente en la educación, como no lo están las lenguas minoritarias en Francia, o en Italia, un país con mayor pluralidad lingüística que España. Los tópicos no resisten las pruebas, pero persisten. En buena parte porque la factura una élite intelectual que va a tener mucho peso en este país. Y ahí hubo un momento fundamental: cuando el PSOE en Cataluña opta con entregar su dirección a un PSC que carecía de toda presencia social; Alfonso Guerra pensó que podría influir sobre aquellas élites, y fue al revés; se impuso el cuento nacionalismo, los llamados coroneles socialistas mostraron sus complejos y bailaron con el paso cambiado lo que otros entonaron. Es lo que tiene venir de pobre y sentirte invitado.

«El PSC es el responsable fundamental del desastre de la izquierda en Cataluña»

P. ¿Qué responsabilidad atribuyes al PSC en la deriva nacionalista de la sociedad catalana?

R. El PSC es el responsable fundamental del desastre de la izquierda en Cataluña. Asume la idea de que España es un artificio que se impone sobre una realidad natural que palpita, y lo hace en su lengua propia… Todo esto son fantasías, los apellidos más frecuentes en Cataluña son los mismos que en el resto de España, García, Pérez…. Y Barcelona y Madrid son dos gotas de agua desde cualquier perfil de identidad empíricamente reconocible. Y hay otra enorme anomalía: en cualquier movimiento nacionalista, la comunidad ignorada es mayoritaria dentro del perímetro de la supuesta nación, y aquí es una minoría que, sin embargo consigue imponer el relato de que todos los catalanes forman parte del mismo colectivo y están oprimidos por el resto de España. Y frente a este discurso, la izquierda, acomplejada, fue incapaz de oponer resistencia. Y la academia, los historiadores, tampoco. La labor historiográfica la ha tenido que hacer gente en los márgenes, historiadores aficionados. Por ejemplo, el trabajo sobre los crímenes que cometió Companys.

P. Esa es una de las diferencias que existe entre Cataluña y el País Vasco. En el País Vasco sí ha habido una contra relato académico propiamente local.

R. Así es, en el País Vasco la victoria intelectual está indiscutiblemente del lado del constitucionalismo. La explicación más inmediata es que en el País Vasco no te podías poner de perfil. Pero no me convence, porque entonces lo más fácil es que se hubieran unido al lado oscuro de la historia. En Cataluña, buena parte del triunfo que ha tenido la gran mentira nacionalista. En eso ha sido importante una trama universitaria, con notable presencia en el mundo académico anglo, descrita en un libro de Juan Pablo Cardenal que se llama La telaraña. Y tú que has estado en Nueva York has sido testigo de la presencia de propagandistas en nómina.  Y esos tipos salían con becas del Gobierno de España, muchas veces con dos almas: la izquierdista y la nacionalista, ese imposible cocktail. Y cuento se sellaba con una de las mayores tonterías de este tiempo «no podemos dejar la bandera de Cataluña en manos de la derecha» y esto es una estupidez, es como decir «no podemos dejar la bandera del machismo en manos de la derecha».  Buena parte de esa trama, sobre todo de economistas, esa élite intelectual, salió de ahí y muchos venían de la izquierda. Incluso vimos en ese papel al historiador Josep Fontana, que procede de la izquierda comunista y no era estrictamente nacionalista, aunque uno de sus últimos libros fue la identidad catalana. Mira, un colega escocés, historiador en tránsito en la UPF, me habló de un libro muy bueno sobre 1640, la primera revuelta de los catalanes, que había aparecido en una editorial de mala muerte. Le sugería que quizá en Revista de Libros podría aparecer una reseña y me dijo: «no vas a encontrar a nadie que se atreva a reseñarlo. Si ha salido en esa editorial es porque Fontana consideraba que era incómodo para el relato nacionalista. Y cualquier historiador que quiere tener futuro académico, va a depender de Fontana».

P. La relación entre la izquierda y el nacionalismo en España se sobrepone a una alianza más amplia entre izquierda e identitarismo, alimentada desde años desde ciertas corrientes universitarias, sobre todo en Estados Unidos. En uno de tus libros cuentas cómo vislumbraste el problema durante una estancia en la Universidad de Chicago.

R. Hay dos cosas, la primera es que en España se ha construido una mentira: había un problema supuestamente territorial al cual el Estado de las autonomías tenía que dar respuesta. Si hacemos una elemental inferencia lógica, más bien ha sucedido lo contrario: la supuesta solución ha amplificado el problema. Por tanto, el Estado de las autonomías es un fracaso. Y donde no había realidad nacional, por un sistema de incentivos políticos, ahora se crea. Antes hablábamos de ideología, ahora estamos hablando de mercados políticos locales en donde se responsabiliza a los de fuera y existen incentivos para generar una barrera. La lengua es la barrera más clara: evita que el de fuera pueda competir. Entonces, las autonomías que no tenían identidad, se la están inventando y eso genera su propia dinámica institucional. Lo estamos viendo reproducido en el caso del bable en Asturias, donde ya hay una cátedra de literatura asturiana, ahora solo falta la literatura asturiana. Un día habrá cátedra de literatura en silbo canario. Respecto a la otra parte, lo que mencionabas de Chicago, mi único acierto político temprano fue anticipar en el año que estuve allí, en 1991, que un día llegaría algo parecido a Trump. El campus de la Universidad de Chicago es muy singular, porque está en mitad del gueto. Cruzas una calle y te enfrentas a la miseria absoluta, el racismo materializado y su trasfondo de clase más genuino. Y a su vez estás en un sitio privilegiado. Allí, junto a las grandes discusiones intelectuales, emergía un mundo de ficción donde empezaba a imponerse la corrección política en torno a las identidades. Y España ha superpuesto el asunto nacionalista, como tú decías, que es la gran anomalía. Y no es una broma: creo que estamos en un proceso genuino de desintegración del Estado. Esta vez, sí: Estado. A mí España, como quinta esencia, me trae sin cuidado. He defendido en libros el ideal normativo de ampliar las fronteras en aras de la democracia y de la justicia, y que cualquier reducción del perímetro de ciudadanía, lo que buscan los nacionalistas, atenta contra el principio de igualdad. Y ahora mismo, la idea de desintegración de nuestro instrumento de redistribución y democracia no es una ilusión. De hecho, yo vivo en una parte de España en donde la Constitución no rige. Simplemente hay unos señores que se han apoderado del poder político y cometen delitos. Si pasan circunstancialmente algún periodo en la cárcel, vuelven a encontrar el cobijo político a su salida. En Cataluña no existen las convenciones morales de las democracias. Las morales. De las jurídicas, ni nos acordamos.

Imagen: Carmen Suárez

P. ¿Es posible el camino de vuelta a la legalidad y la racionalidad?

R. Sí, el camino de vuelta es posible. Pero hay que tener claro el norte. Hemos corregido todo tipo de pautas morales y comportamientos en las últimas décadas. Pero para corregir, es necesario sancionar moralmente antes lo que se pretende corregir. Te pongo como experimento natural lo que ocurrió con el autobús de Hazte Oír, que hacía campaña por algo que todo el mundo aceptaba, como es el dimorfismo sexual, la base de la reproducción de la especie y una convención sobre la que hemos asentado nuestras vidas. En un fin de semana se prohibió y la convicción sobre la que la gente había funcionado se convirtió en una blasfemia, incluso para esas mismas gentes. Y los españoles, incluso algunos amigos nuestros muy formados, se apuntaron a defender eso, ni siquiera a discutirlo. Por lo tanto, se pueden modificar las pautas. Pero, insisto, has de tener claro el Norte, no te puedes dejar atrapar jamás por un lenguaje viciado, eso fue lo que hizo brillantemente Cayetana Álvarez de Toledo. Les planteó las preguntas inaugurales, las preguntas que nadie les había hecho. Y cuando alguien te pregunta sobre lo que creías más obvio, te quedas sin argumentos. Por supuesto, eso electoralmente no va a triunfar el primer día, pero se trata de no aceptar ese paisaje moral de ficciones. Además, porque enfrente, intelectualmente, no hay nada, es una pura filfa. Pero tan cierto es que se pueden modificar pautas como que se pueden generar mecanismos de identidad muy fácilmente. Nuestras pautas sexuales, machistas, han cambiado en apenas dos décadas. Y estaban asentadas en la biología.

P. A finales del 2017, tras las dos grandes manifestaciones constitucionalistas en Barcelona y la victoria de Ciudadanos en las elecciones autonómicas, se respiraba una aire nuevo, ¿tuviste esperanza de las cosas pudieran cambiar?

R. Yo soy bastante cenizo, muy apocalíptico, pero hay indicios razonables para pensar que podría haber sido diferente. Por primera vez, los nacionalistas se asustaron al comprobar que la ley funciona y los actos tienen consecuencias. Y también porque ellos vivían en su propia burbuja intelectual, descubrieron que la mitad de Cataluña no estaba con ellos: en la segunda manifestación había un millón de personas en la calle. Yo hablé en aquella manifestación y recordé que la ley es el poder de los que no tienen poder, esa es la fuerza de los débiles, que no tienen dinero para comprar y vender voluntades.

«Pedro Sánchez desactivó el momento constitucional surgido tras el procés»

P. ¿Y crees que el peor pecado de Pedro Sánchez es el haber rehabilitado al nacionalismo cuando estaba en su momento más débil?

R. En España ha habido dos o tres genuinos momentos constitucionales, por usar, por libre, la expresión de Ackerman. El asesinato de Tomás y Valiente, el de Miguel Ángel Blanco y octubre de 2017. En ese momento, los ciudadanos españoles salieron a defender su Constitución y existía la convicción de que era una obligación moral estar en la parte del territorio nacional donde se violaran los derechos y las libertades. Y eso es un momento donde se encauzan y se constituyen mitologías, como pudo ser en su momento el referéndum anti OTAN para alguna juventud; tu biografía se construye en torno a esa identidad política. Pero eso hay que saber sedimentarlo y traducirlo políticamente. Y en lugar de hacer eso, lo que se hizo fue frenarlo, desactivarlo.

P. Te describes como «comunista a fuer de liberal», explícate por favor.

R. Te puedo anticipar el libro en el que estoy trabajando con Jahel Queralt. El núcleo es lo siguiente: la izquierda ha impregnado nuestra cultura, algo que más o menos escribí en La deriva reaccionaria. La derecha no invoca ni la tradición, ni la religión, ni la costumbre, ni ese tipo de cosas, sino que, al revés, asume los argumentos de la izquierda. A pesar de lo que dicen algunos liberales de la radio, todas las conquistas democráticas eran reivindicaciones de la izquierda. Y además había un principio que estaba en el origen de la Revolución Francesa, que es el principio de que haber nacido en una familia noble no te da unos privilegios especiales, lo que lleva a desintegrar los tres estados en aquellos memorables y emocionantes momentos de 1789. Eso significa que tú, porque naces, no tienes derecho a unos privilegios especiales. Si nos tomamos eso en serio, es decir la idea de que solo has de asumir las consecuencias de lo que eres responsable, y no de ningún producto del azar: sexo, raza o lado de la frontera. Bien, eso implica que ninguna desigualdad está justificada si no está asociada a la responsabilidad. Yo me tomo en serio la idea  de poder elegir autónomamente su vida. Nos parece razonable que si una persona tiene una discapacidad, el Estado le proporcione una silla de ruedas para poder disfrutar de la misma libertad que tengo yo. Lo que hace Marx es extender el ideal de Aristóteles de que una vida completa exige la posibilidad de desplegar tus talentos, de que tus capacidades se puedan ejercitar. Pero eso, en una sociedad profundamente desigualitaria es imposible, porque ni siquiera sientes al que vive en frente como un ciudadano, es decir, como alguien con un mundo de experiencias compartido. Entonces, precisamente porque creo profundamente en la autonomía de la gente a la hora de proyectar su vida, quiero borrar las desigualdades de origen que le impiden una genuina autonomía. Mira, la defensa de la propiedad en el siglo XIX como requisito para el derecho al voto tiene un fundamento relativamente razonable, porque un individuo que no tiene autonomía económica no es capaz de decir «no»; porque decir que no, cuesta. Le sucede a una mujer que depende de las rentas de su marido, por ejemplo. Y como votar requería un cierto criterio, quien disponía de autonomía económica estaba en condiciones de dilucidar mejor su propia vida, porque no estaba sometido a chantajes o hipotecas. Lo dice, negro sobre blanco, John Adams. Pues bien, cuando yo defiendo la renta básica defiendo eso: para que la vida de todos sea igualmente digna requiere esas distribuciones.

«El Estado no te tiene que tutelar moralmente, pero te ha de proporcionar las condiciones para que tú puedas elegir libremente»

P. En ese sentido, la renta básica sería una aportación de libertad.

R. Claro, el dinero nos proporciona libertad para elegir. Y si creemos que cualquiera ha de tener esa elemental mínima libertad para poder planificar su propia vida debemos redistribuir esa libertad. Entonces, yo soy profundamente liberal en esto, también en la oposición a un estado moralista, que decide cómo vive cada ciudadano. El Estado no te tiene que tutelar moralmente. Ahora, te ha de proporcionar las condiciones para que tú puedas elegir libremente. El problema del velo no es que una mujer se lo pueda poner, sino que no se lo pueda quitar. Es decir, que no exista la posibilidad de elegir.

P. Uno de los argumentos más habituales contra la renta básica es que recibir un dinero por el que no se ha trabajado desincentiva el esfuerzo. Sin embargo, este argumento nunca se esgrime en contra de las herencias.

R. Y además es que tú y yo hemos llegado a este planeta en donde todo lo hacemos entre todos. Cuando yo tengo una idea, si añado un modesto teorema a la teoría matemática, la trama axiomática que estaba ahí la hicieron generaciones anteriores. Trabajamos sobre lomos de gigantes. Disfrutamos de bienes públicos que han levantado otros. La idea de asignar la producción que cada uno añade es una ficción. Entonces, parásitos somos todos, porque estamos instalados sobre mundos que hemos heredado. Y luego la idea de que la gente no va a querer trabajar, pues no, es al revés. Tendrían el mismo incentivo porque incrementaría su renta: la diferencia respecto al paro es que no pierdes el ingreso de la renta básica mientras trabajas. Pero, en cambio, si estás trabajando y el jefe te obliga a poner una minifalda puedes dejar ese trabajo y tienes una renta asegurada. Igual que si uno permanece, por necesidad, en una pareja viciada por dependencia económica. Además, la renta básica forzaría una subida de salarios de los trabajos más miserables, porque las personas podrían permitirse no aceptarlos. Y a lo mejor a los profesores, que disfrutamos y nos autorrealizamos, deberían pagarnos un poco menos, porque ya tenemos un estímulo.

P. Cerramos con la pregunta habitual. Félix, ¿a quién te gustaría que invitáramos a ‘Vidas cruzadas?

R. Os sugiero a un madrileño discreto e inteligente como pocos. Liberal, conservador y ecuánime: Álvaro Delgado Gal.

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