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El buzón secreto

El día que Corinna Larsen se enteró de que el CNI no iba a matarla

Pasó del miedo a ponerse chulita y participar en una campaña contra Juan Carlos I

El día que Corinna Larsen se enteró de que el CNI no iba a matarla

Corinna Larsen. | Gtres

Cuenta el periodista José María de Irujo que Corinna Larsen, la que fuera novia del rey Juan Carlos, «instaló cámaras de seguridad en su casa de Londres, blindó sus sistemas informáticos, reforzó la seguridad de sus teléfonos móviles y encargó un barrido de su coche por temor a estar siendo espiada». Obviamente, todo eso lo debió pagar con los 65 millones de euros que el rey le donó, simple y llanamente, como agradecimiento a lo bien que se había portado con él. Lo que de ser cierto, me hace suponer –léanlo en plan sarcasmo- que ha debido gastarse una pasta en cada una de las mujeres que han sido cariñosas o le han cuidado de una forma especial.

Durante los últimos años he debatido muchas veces con espías los acontecimientos que vinculan a Juan Carlos I con Corinna, lo que me ha permitido juntar las piezas del puzle. Corinna llega a la vida del todavía monarca a través de una empresa de caza y aparece ante él como una mujer libre e independiente. Muy poco después, le deja claro que vive de sus negocios y que quiere prosperar, ante lo que su caballero seductor le ofrece ayuda. Aparentemente desinteresada, aunque en un amor que está brotando, sin cimientos, no hay nada totalmente altruista.

Con la única oposición del director del CNI Alberto Saiz, el silencio de los miembros del Gobierno de Zapatero –«no nos metamos en ese jardín, que haga lo que quiera»- y el pasotismo de sus amigos a hablarle con sinceridad, Juan Carlos I la va metiendo poco a poco en sus actividades empresariales internacionales, siempre permitiéndola que gane un dinero. Incluso la mete en operaciones como una casa que Mohamed VI le regala, pero que figura como una dádiva a Corinna, un sin sentido.

Después viene la cacería en Botsuana, la rotura de cadera y las prisas de los agentes del CNI, siguiendo órdenes de su director Félix Sanz, de sacar a la mujer de España y que desaparezca de la vida del rey hasta que se calmen las aguas tras las críticas generalizadas a la monarquía. 

El servicio de inteligencia intenta poner orden en los excesos cometidos por Juan Carlos I, recuperar papeles comprometedores en poder de Larsen y, sobre todo, taparle la boca para que no de testimonio de todo lo que ha estado haciendo en nombre del monarca, incluidas unas cuantas cosas que es mejor que no sepa nadie.

Larsen se ha movido en un mundo de potentados, entre los que había mafiosos e importantes ciudadanos rusos. Ella piensa, y una conversación privada con Félix Sanz en Londres se lo confirma, que aunque nadie se lo diga directamente, cabe la posibilidad de que la maten. Quizás aparezca un día colgada en el baño de su casa o le dé un infarto paseando por la calle, como supuestamente les pasó también en Londres a enemigos de Putin asesinados por el servicio secreto ruso.

Guarda silencio y acepta intrusiones en su casa a la búsqueda de papeles porque teme por su vida. Los servicios secretos cumplen sus objetivos y si alguien quiere impedirlos le quitan de en medio.

Una trascendental conversación con Villarejo

Pero llega un momento en que sus temores personales se acaban, da un giro radical a su vida y decide pasar al ataque. ¿Qué pasó para este cambio de actitud? El comisario Villarejo se reúne con ella, contempla sus temores y le lanza la frase definitiva: «Corinna, el CNI no va a matarte».

Le cree, es alguien que sabe de eso. El policía la anima a pelear y ella decide pasar al ataque en defensa propia. Despliega todos esos dispositivos de seguridad, que Irujo cuenta tan bien, porque sabe que la están espiando, siguiendo, observando y tratando de boicotear sus movimientos. Y cuando el CNI no actúa, ella sigue igualmente convencida de que la persiguen. Ha entrado en psicosis. Pero ya no para de hacerles frente porque ha perdido el miedo al Rey y a sus espías. Putin o Biden le darían pánico porque sus espías sí que matan, pero en España no lo hacen.

¡Por suerte!

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