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Gabriel Rufián: charnego e independentista

«Es uno de los diputados más polémicos y conflictivos que se sientan en el hemiciclo del Congreso. Y él lo sabe»

Gabriel Rufián: charnego e independentista

El portavoz de Esquerra Republicana (ERC) en el Congreso, Gabriel Rufián. | Eduardo Parra (Europa Press)

Fue él cuando hace más de cinco años se presentó en su primer discurso como diputado de ese modo: «Soy charnego e independentista». El término, que viene del catalán, se empleaba de modo despectivo en Cataluña en los 60 para definir a los emigrantes que llegaban allí de otras regiones forzados por el subdesarrollo y en busca de un trabajo digno. Así lo hicieron los abuelos andaluces de Juan Gabriel Rufián Romero (Santa Coloma de Gramanet, 1982), portavoz del grupo parlamentario de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Es uno de los diputados más polémicos y conflictivos que se sientan en el hemiciclo del Congreso. Y él lo sabe. Le gusta provocar con su discurso bien preparado y exageradamente parsimonioso, al que a veces acompaña exhibiendo algún instrumento o camisetas con las que denuncia una circunstancia para causar revuelo y risotadas entre los parlamentarios.

Rufián es catalán pero castellano parlante por los cuatro costados. De adolescente solía ir a veranear a Bobadilla, el pueblo de la familia, socialista de origen modesto, limítrofe entre Jaén y Granada. Hace bastante tiempo que dejó de ir. Reside en Madrid desde hace seis años en razón de su trabajo parlamentario y le agrada la capital pese a que a veces tiene que soportar algún insulto en la calle o aguantar con humor que le pongan el himno nacional español cuando entra en un restaurante. Estudió Relaciones Laborales en la universidad Pompeu Fabra y trabajó antes de dedicarse a la actividad política en una agencia de contratación temporal. Su gran pasión es su hijo de 11 años, fruto del matrimonio con una profesora de instituto pareja, la jefa de comunicación del PNV en las Cortes. Le gusta leer y el fútbol. Su equipo no es el Barça, sino el Espanyol. Es un «perico» acérrimo.

El joven diputado catalán tiene un aire medieval. Como si fuera uno de los escuderos del Rey Arturo o hiciera de Yago en el Otelo de Shakespeare . No quiere eso decir que se identifique con personajes literarios, aunque en su modo de comportarse como figura pública parece como si estuviera siempre presto a subir al escenario para representar un papel, lo crea o no. No sorprende por ello que siempre haya tenido buena relación con Pablo Iglesias, el fundador de Unidas Podemos, y que tenga debilidad por los medios de comunicación. Tiene su propio canal en Youtube. «Compañeros, ¿os imagináis un país con un Partido Popular residual?», le dijo a Iglesias, ya revestido de vicepresidente de la coalición de gobierno, y a los suyos en la investidura del último Ejecutivo de Pedro Sánchez en enero de 2020. Eran tiempos de gloria, cuando él pensaba que el primer ministro estaba resuelto a solucionar el problema catalán, enquistado desde el tumultuoso colofón del Procés.

Hoy, Rufián tiene otro carácter. Amaga como un boxeador contra el rival, que con las cejas reventadas lo único que desea es no caer a la lona y marcharse del ring derrotado y humillado. El rival es Sánchez, peso medio al que le tiemblan las piernas y que depende de él, de los votos del nacionalismo catalán, y también del de los vascos, incluido Bildu, el grupo formado por antiguos simpatizantes de la banda terrorista ETA.

A veces anuncia a los cuatro vientos que la legislatura pende de un hilo si el Gobierno no escucha las reivindicaciones del nacionalismo. ¿Cuáles? Tantas que Moncloa no sabe cómo derrotar el chantaje emocional al que le somete el portavoz de Esquerra cuando se desmarca de propuestas como la reforma laboral, los fondos europeos, la ley audiovisual. Exige él, su grupo y todo el arco parlamentario independentista que el Gobierno no ceda a las presiones de la derecha y promulgue una ley de amnistía para beneficiar definitivamente a los cabecillas del Procés, indultados contra viento y marea por Sánchez. 

ERC y su jefe de filas son conscientes de que si cae Sánchez y llega al poder el PP de su nuevo líder, Alberto Núñez Feijóo, como vaticinan las encuestas, las cosas pueden irles a los independentistas bastante peor. Le gusta propinar sopapos verbales al inquilino de la Moncloa e incluso no darle el apoyo de sus votos en algunas de las propuestas legislativas del Gobierno: «¿Señor Sánchez, qué ha venido a hacer aquí?», le espetó con su tono irónico a un primer ministro nervioso está semana cuando éste anunció la reforma del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) a raíz del escándalo suscitado por el caso Pegasus, que acabó con la destitución de la hasta ahora directora general del espionaje tras conocerse que los móviles de varios activistas y diputados catalanes habían sido infectados por ese programa de cuño israelí. «¿Es consciente de que hay una operación de un búnker, que siempre ha existido en el Estado profundo, que busca excitarnos a los partidos independentistas para desestabilizar al Gobierno?». El premier socialista no hacía otra cosa entretanto que tomar notas. Sánchez ha sido siempre muy educado en sus respuestas con el líder de Esquerra.

Rufián es grandioso para los medios de comunicación porque da titulares y él, que no es estúpido, sabe alimentarlos. Poco importa que lo que afirme en la tribuna o desde su escaño tenga un mínimo punto de coherencia, se contradiga o calle cuando se trata de denunciar el rosario de escándalos de corrupción que han proliferado en Cataluña. Uno de sus blancos favoritos ha sido siempre Mariano Rajoy. Le llamaba «M punto Rajoy» cuando estaba aún en el Gobierno como así figuraba su nombre escrito en los llamados papeles de Bárcenas. Al principio le satisfacía generar la carcajada general cuando se presentaba en el hemiciclo en un debate con unas esposas para Rajoy o incluso toda una impresora con la que humillar al PP antes de la votación del referéndum de 2017. El entonces presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, había animado a la ciudadanía a confeccionar papeletas de voto en sus propias casas ayudándose de una impresora.

Sus relaciones con el ex jefe del Gobierno catalán, en su exilio en Bélgica desde hace cuatro años, han sido siempre malas. Le acusó de haberse vendido «por 155 monedas de plata» para poner freno a la independencia en alusión al artículo de la Constitución sobre la suspensión de la autonomía en caso grave. Últimamente sus roces han subido de tono tras conocerse que un colaborador de Puigdemont mantuvo contactos con gente del Kremlin: «Se pasean por Europa reuniéndose con gente equivocada». Tildó al fugado dirigente de Junts per Catalunya de ser «un señorito que se creía ser James Bond».

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