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Ignacio Varela: «Dudo que el PSOE pueda recuperarse después de pasar por las manos de Pedro Sánchez»

El analista habla sobre su trayectoria profesional como consultor político, su compromiso con la socialdemocracia y los riesgos que observa en el sanchismo

PREGUNTA. Sobre ti hay poca información en internet, así que permíteme empezar con lo básico:  dónde y cuándo naciste.

RESPUESTA: Nací en Madrid, en 1954. Mi padre era de Santiago de Compostela y mi madre de Madrid. Tuve la gran suerte de criarme en una casa forrada de libros. Mi padre era un viejo liberal, admirador de Manuel Azaña, y recuerdo que en casa se discutía sobre quién tenía más razón respecto al origen histórico de España: Claudio Sánchez Albornoz o Américo Castro. Creo recordar que éramos más de Américo Castro, pero no me preguntes por qué. Tuve la suerte también de ir a un colegio extraordinariamente avanzado donde me enseñaron a pensar. Luego estudié la carrera de derecho. Y lo más importante: con cuatro años me hice madridista.

P. ¿Hasta hoy?

R. Es la única lealtad que se mantiene. El fútbol tiene varias ventajas sobre el resto de las cosas. Primero, es la única lealtad que es vitalicia: puedes cambiar de pareja, de nacionalidad e ideología, de política, de religión, pero no de equipo. Y segundo, es el único territorio en el que te puedes permitir el lujo de ser fundamentalista y no dudar. En todo lo demás, la duda es obligatoria; como decía Borges «la duda es una forma de la inteligencia».

P. Esa reflexión es lo que permite localizar al asesino en El secreto de sus ojos, la película de Campanella. Sí, el futbol es un pequeño reducto de superstición, que uno puede vivir de manera irracional.

R. Exactamente, te puedes permitir todos los lujos. La religión, la política, la ideología me producen todo tipo de dudas, pero cuando todo se tambalea a mi alrededor, me acuerdo de que soy socio del Real Madrid.

P. ¿Eres abonado?

R. Estuve muchos años yendo al campo sistemáticamente. De hecho, creo que el fútbol es de las cosas menos televisivas que existen; el fútbol hay que verlo en el campo, pero dejé de ir por culpa de los horarios. Como soy un clásico y un señor mayor, para mí el fútbol era los domingos a las cinco de la tarde. Y cuando nos volvimos locos con los horarios, dejé de ir. Pero vamos, si me pides una definición de mi bagaje y de conocimientos, yo siempre digo que sé mucho de fútbol, que hubo una época de mi vida en que supe algo de cine y luego tengo ligeras nociones sobre la condición humana. Con eso voy por la vida, de todo lo demás no tengo ni puñetera idea.

Varela Mejía
David Mejía e Ignacio Varela durante la entrevista. | Foto: Carmen Suárez

P. ¿Cómo se llamaba este colegio tan liberal que mencionas?

R. Era un colegio muy peculiar, porque era un colegio de niñas. Se llamaba Nuestra Señora de Santa María, pero era completamente laico. Al lado montaron un colegio de niños, con lo cual, no era exactamente mixto, era semi mixto. Pero como el de niños era un colegio nuevo, estábamos en proporción de uno a diez. Dábamos algunas clases juntos, algunas separados… fundamentalmente era un colegio liberal-progresista. Y hay algunas materias en las que todo lo que sé se lo debo a mis profesores de aquel colegio.

P. Por lo que dices, agradeces esa educación transmisiva, ahora tan cuestionada.

R. Te contaré una anécdota: recuerdo que teníamos una profesora de arte que los sábados por la mañana nos citaba voluntariamente en el Museo del Prado. Llegábamos y aquella mujer empezaba a pasearnos por las salas y a explicarnos los cuadros. Cuando empezábamos el recorrido éramos ella y los siete u ocho alumnos que habíamos acudido. Al terminar tel recorrido, llevaba cien personas detrás; el nivel era muy impresionante.

P. Describes una relación jerárquica: la profesora es quien tiene el conocimiento y lo comparte. Esto es lo que ahora está en tela de juicio.

R.A mí me parece asombroso que se pueda sostener que la educación no consiste en transmitir conocimientos. No encuentro la base argumental. La función de la educación es hacer buenas personas, segundo, hacer que la gente sea capaz de vivir en sociedad razonablemente, y tercero, por supuesto, formar buenos profesionales. Ahora bien, tengo la sensación de que cuando renuncias a enseñar a pensar es porque optas por darle a la gente el pensamiento hecho. Y creo que estamos viviendo una nueva Inquisición. Estamos regresando a un período de autoritarismo moral que, curiosamente, procede del lado opuesto a donde procedía el autoritarismo moral de mi época.

P. ¿Y cómo vives este giro de la izquierda?

R. Me da mucha rabia, porque yo me hice de izquierdas, muy jovencito, porque estaba harto de que me prohibieran cosas. Y ahora, a mi provecta edad, me encuentro con que los que prohíben cosas sistemáticamente son los que se supone que debían ser los míos. Hace relativamente poco hice el experimento de leer detalladamente los programas electorales del Partido Socialista y de Podemos buscando la palabra «prohibir» y todos sus derivados: «impedir, frenar, atajar…». No son textos largos y aparecen más de doscientas veces. El pensamiento libre está en peligro y me temo que quien más en peligro lo está poniendo son los que históricamente más lo defendieron, y eso me produce hasta una crisis personal.

P. Cuando empiezas la carrera de Derecho, ¿eras ya una persona politizada?

R. Absolutamente. En mi casa se respiraba política, mi hermano fue un activista universitario. Así que que cuando llegué a la Universidad lo primero que hice fue meterme en el Partido Comunista, que era donde te metías porque era lo que había. Duré exactamente un curso académico, ni siquiera un año. Rápidamente me di cuenta de que aquello no era lo mío. Cuando decidí salir del Partido Comunista, te estoy hablando del año 70-71, me cité en el Café Comercial con Enrique Curiel, que era prácticamente el jefe de la organización universitaria del Partido Comunista en Madrid. Y me dijo una frase que luego descubrí que ni siquiera era suya: «Camarada, ten en cuenta que más vale estar equivocado dentro del partido que tener razón fuera de él». Yo creo que lo decía más para convencerse a sí mismo que para convencerme a mí; en todo caso, me quitó las pocas dudas que pudiera tener. Luego, un par de años más tarde, a través de Gregorio Peces Barba que, además de ser amigo de mi familia era mi profesor en la Facultad de Derecho, ingresé en el Partido Socialista. Fue exactamente quince días después del famoso congreso que ratificó a Felipe González como Secretario General.

P. ¿Cómo pasas de la militancia a la participación activa?

En el año 77, inmediatamente después de las primeras elecciones generales, Gregorio, a quien habían hecho ponente constitucional, me ofreció que trabajara con él como ayudante. Esto me dio el privilegio de seguir el debate constitucional desde la tribuna del Congreso. Y una vez aprobada la Constitución en las Cortes, me fichó Alfonso Guerra para incorporarme al equipo electoral que él estaba empezando a dirigir.

P. ¿Cuál fue tu primera campaña?

La primera campaña electoral en la que tuve participación, por supuesto de segundo nivel, fue curiosamente el referéndum de la Constitución. Desde entonces me incorporé a lo que fue el equipo político electoral del Partido Socialista.

P. Son casi cuarenta años, pero no siempre colaboraste desde dentro.

R. No. En el año 82 se ganaron las elecciones y se formó el primer Gobierno socialista. Fui a la Moncloa como miembro del gabinete de la Presidencia del Gobierno, que trabajaba indistintamente para Alfonso Guerra y para Felipe González. Estuve allí once años, hasta el año 93. Luego me monté por mi cuenta; me dediqué a la consultoría política y estratégica. Y seguí colaborando con el Partido Socialista, pero desde fuera, como consultor externo.

P. El PSOE gana en 1982 con una mayoría absolutísma y se encomienda la misión de cambiar España. ¿Cómo recuerdas ese momento?

R. Lo primero es que el gabinete hubo que inventárselo. Tuvimos un shock cuando llegamos a la Moncloa porque allí no había absolutamente nada. Yo siempre me he preguntado cómo trabajaban los gobiernos anteriores -de Suárez, de Calvo Sotelo- porque lo único que había eran unos despachos inmensamente grandes, llenos de alfombras y de sofás. Muchos teléfonos, eso sí, pero nada más. No había un papel, no había un archivador, no había una fotocopiadora, no había nada… Es decir, aquella gente hacía política exclusivamente a golpe de reuniones y de teléfonos. Y no había un esquema de organización de gabinete propiamente dicho.

P. ¿Cómo afrontasteis ese reto?

R. Sabíamos desde muchos meses antes que íbamos a ganar aquellas elecciones y que nos iba a tocar gobernar. La característica de las elecciones del 82 es que no fueron unas elecciones, sino un plebiscito: solo podía ganar uno y se trataba exclusivamente de medir por cuánto. Así que habíamos viajado por Europa, estudiando los distintos modelos de gabinetes: el del primer ministro francés, el del canciller alemán, el de los británicos… Y el alma de todo aquello, Roberto Dorado -director de Gabinete del Presidente del Gobierno entre 1982 y 1993- lo tenía muy estudiado. Pero nos lo tuvimos que inventar entero. La estructura de aquel gabinete ha sufrido muchas modificaciones con el paso de los años, pero todavía se reconocen las huellas de aquel primer gabinete que fundamos.

P. ¿Cuál era tu papel dentro del gabinete?

R. Había varios departamentos, y en una primera fase yo me ocupé de uno que llamamos «Análisis»; era una mezcla de análisis político-estratégico, realización de estudios sociológicos…Y es verdad que hacíamos también de enlace con el Partido Socialista. De alguna manera, era una parte del comité electoral del Partido Socialista traspasado a la Moncloa. Posteriormente me hicieron Subdirector, es decir, número dos de un gabinete con un equipo de cincuenta o sesenta asesores interdisciplinares, que asesoraban directamente al vicepresidente y al presidente del Gobierno.

P. ¿Qué novedad representó la creación del gabinete de Presidencia?

R. Los presidentes anteriores a Felipe González dependían absolutamente de sus ministros, y el espíritu de aquel gabinete fue que el Presidente tuviera una opinión propia sobre todo aquello que se discutía en el seno del Gobierno. Cuando había un Consejo de Ministros, una comisión de subsecretarios o lo que fuera, el gabinete le proponía una opinión propia, independiente de la opinión del aparato ministerial. Por supuesto, luego él despachaba con los ministros y con toda esa información se tomaban las decisiones.

P. Y formas parte de ese gabinete hasta el año 93.

R. En el año 93 se produjo ya la ruptura definitiva entre Felipe González y Alfonso Guerra, y además tuve un episodio personal difícil y decidí cortar e instalarme por mi cuenta. Me asocié con un gran sociólogo, dedicado a la investigación cualitativa y creamos un gabinete de análisis. Pero he seguido trabajando, como te decía, como asesor externo con los sucesivos secretarios generales del Partido Socialista: Joaquín Almunia, Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba. Hasta ahí.

«Felipe González es el político español más importante del siglo XX»

Ignacio Varela

P. Como asesor interno, trabajaste con Felipe González, ¿qué me puedes decir de él?

R. Creo que Felipe González es el político español más importante del siglo XX. No necesariamente el más trascendente -lo que hizo Adolfo Suárez fue muy trascendente- pero en la historia española del siglo XX no hay un político del nivel de Felipe González. En el 82 consiguió que la sociedad española supiera qué quería hacer con el país; con mayor o menor nivel de sofisticación, todo el mundo sabía que quería consolidar la democracia, modernizar el país, meternos en Europa y crear las bases de un estado social. Ese era un programa que tenía interiorizado la sociedad entera, coincidía lo que era la necesidad objetiva del país en ese momento histórico con la demanda abrumadoramente mayoritaria. Y consiguió transmitir creíblemente a la sociedad que él era la persona; esto es el liderazgo político, ser capaz de recoger la necesidad objetiva del país en un momento histórico; se hace cargo del estado de ánimo de la sociedad y a partir de ahí propone un proyecto y consigue convencer a la mayoría social de que lo respalde. Eso es el liderazgo político.

P. ¿Y cómo era trabajar con él?

R. Si alguna cosa me ha impresionado siempre es su longitud de visión. Incluso daba un poco de rabia ser un analista profesional, pasarte horas trabajando un tema y que tras exponer tu análisis, ver cómo el tipo inmediatamente llevaba tu análisis varios metros más lejos, como esos jugadores de ajedrez que ven doce jugadas por delante. Otra cosa que le ha acompañado toda la vida es la contemporaneidad, la pasión por descodificar el presente. De los políticos que hay en España, es claramente el que tiene más claro de qué va el siglo XXI. Él se considera un activista: cuando le pones un problema delante no se dedica a teorizarlo, sino a buscar una solución práctica.

P. ¿Se dejaba asesorar? Lo pregunto porque la brillantez tiene sus inconvenientes.

R. Escuchaba y era una esponja. Pero en las campañas electorales siempre tuve la sensación de ir detrás de él, de que él tenía muy claro lo que tenía que decirle a la gente. Él marcaba la línea y los demás traducíamos eso y lo repercutíamos sobre el conjunto de la organización. Pero no sé si se dejaba asesorar en el sentido en el que se ha puesto últimamente de moda: «A mí que me den escrito lo que tengo que decir».

P. ¿Cómo vives desde dentro los dos episodios que más perjudicaron al PSOE de Felipe González, la corrupción y el caso de los GAL?

En la trayectoria de todos nuestros presidentes hay un momento en que se produce una quiebra afectiva y de confianza en relación con su base social; una quiebra irreversible. En el caso de Felipe González fue la corrupción. Lo curioso es que los casos de corrupción que aparecieron en aquellos años se habían producido en los primeros años de Gobierno socialista, pero explotaron ocho o diez años después. Pero bueno, se pueden explicar desde un cierto punto de vista sociológico: imagínate lo que significa que un partido político, que no dejaba de estar en formación, se encuentre con que tiene que reclutar varias decenas de miles de personas, muchas de ellas sin formación y sin avales, y los pone a manejar dinero y poder de manera bastante descontrolada, porque en aquellos años los mecanismos de control eran muy deficientes en relación a lo que son ahora. La probabilidad estadística de que la gente se desoriente en esa situación era muy alta.

«El consenso es el instrumento para acometer reformas esenciales»

Ignacio Varela

P. ¿Había conocimiento de la corrupción antes de que explotara?

R. Yo recuerdo, con autocrítica, que cuando empezaron a aparecer los primeros síntomas, y te estoy hablando de los años 83, 84, 85, comentábamos «esto solo puede ser un caso aislado, porque naturalmente los socialistas somos gente honrada», con esa superioridad moral que siempre ha tenido la izquierda: «Esto es un caso aislado, tratémoslo como un caso aislado y no le demos demasiada difusión porque eso sería darle armas al enemigo». Esto lo he vivido yo en los años ochenta y eso fue una bomba de relojería que estalló ocho o diez años después. Y estalló en un momento donde el nivel de desgaste de aquel Gobierno era muy avanzado: se había producido una primera ruptura, que fue el referéndum de la OTAN y una segunda ruptura que fue la huelga general y el divorcio del Partido Socialista con la UGT. Estaba muy desgastada la confianza, y la corrupción fue la quiebra.

P. ¿Y los GAL?

R. El tema de los GAL es un tema muchísimo más complejo porque ahí hay de todo, desde gravísimos errores que se cometieron en la lucha antiterrorista durante los años ochenta – eso daría casi para una conversación entera- junto con una operación programada de desestabilización del Gobierno socialista en su última fase. Las dos cosas. Es verdad que en los años ochenta, en el marco de la lucha antiterrorista, se hicieron cosas terribles y además erróneas porque no sirvieron para nada. No necesariamente con la implicación del Ministerio del Interior, pero sí de alguna manera con su tolerancia. También es verdad que en los años 90 se montó una auténtica operación de desestabilización desde algún despacho judicial, desde algunos medios de comunicación y desde algunos despachos de poder, porque el socialismo gobernaba desde hacía demasiado tiempo. Pero bueno, el GAL es un episodio muchísimo más oscuro y me genera más dudas respecto al respaldo social. En aquella época hacíamos mucha investigación cualitativa y la percepción social de los GAL, como mínimo podríamos decir que fue contradictoria.

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Foto: Carmen Suárez

P. Como persona que ha estado en un gabinete de presidencia, ¿cómo has vivido el ensalzamiento de la figura de Iván Redondo? Iba a decir como gurú en la sombra, pero quizá ese fuera uno de sus problemas: su visibilidad.

R. Con estas figuras, y particularmente con él, se ha creado el mito y luego el contra-mito, y en los dos se ha exagerado. Iván Redondo me parece un buen profesional, no me parece que sea un idiota ni un vendedor de crecepelo, y lo digo porque en este oficio hay mucho vendedor de crecepelo. Sí creo que fue un clarísimo error de casting, por parte de Pedro Sánchez, situarlo como director de gabinete, porque las funciones de director de gabinete no son las funciones de un consultor político, ni de un consultor de comunicación, ni siquiera de un estratega electoral. El director de gabinete tiene que tener otras capacidades que Iván Redondo no tenía. Por lo tanto fue un error de casting… y respecto a su visibilidad, eso es un problema de concepción; yo siempre he pensado que en este oficio el que se hace famoso es que está haciendo mal su trabajo.

P. Tú has trabajado cerca de cuarenta años como consultor político, en los más altos niveles de este país, y no podemos encontrar en Google dónde has nacido.

R. Yo hablaba con periodistas y lo primero que les decía es «hablo contigo con una sola condición: yo no existo», porque mi función no era hacerme famoso, sino trabajar para que aquel para quien trabajaba se hiciera famoso, en el buen sentido. Pero esa es mi concepción, y puede haber otras. Ahora es muy fácil poner en la pira a Iván Redondo, pero él no es sino una manifestación más de un género de consultores políticos recientes que se transforman en noticia ellos mismos, hasta el punto de que ya puedes hacer chistes: «¿Quién es ese chico alto y guapo que sale en las fotos junto a Iván Redondo?». Pero hay otra cuestión en la que es muy importante insistir, más allá del caso personal de Iván Redondo, que es una persona por la que yo tengo respeto personal y profesional: no existen las campañas electorales de autor.

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P. Otro de tus personajes favoritos de los últimos tiempos es José Félix Tezanos, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). ¿Consideras que la demoscopia es una herramienta imprescindible?

R. Absolutamente. A mi me llaman sociólogo porque hablo de encuestas, pero no soy sociólogo, de hecho, no he hecho una encuesta en mi vida. Soy usuario de las encuestas: para diseñar una estrategia de comunicación o una estrategia electoral necesitas conocer cuál es el pulso de la opinión pública, y el instrumento para conocerlo es la investigación sociológica, no solo las encuestas, también la investigación cualitativa. Pero las encuestas nunca han sido, ni nunca serán, un instrumento predictivo sino un instrumento de diagnóstico. Es muy habitual juzgar la calidad de las encuestas por si acertaron o dejaron de acertar, pero lo que se le pide a una encuesta no es eso, sino que te dé los elementos de información necesarios para acertar en tus decisiones estratégicas.

P. ¿Dirías que las encuestas del CIS fallan porque no funcionan como diagnóstico?

R. Hay una anomalía de base: España es la única democracia del mundo en la que existe un organismo gubernamental dedicado a hacer encuestas electorales y difundirlas. Esta anomalía histórica viene del año 63: el señor Fraga se inventó una cosa que se llamaba Instituto de la Opinión Pública que hacía encuestas políticas, aunque estuviéramos en pleno franquismo. Cuando llegó Suárez a la Moncloa en el año 76, descubrió que aquello era un instrumento fantástico, y durante muchos años el CIS se dedicó a hacer encuestas políticas para uso exclusivo del Gobierno. Es decir, el partido del Gobierno tenía una ventaja competitiva extraordinaria sobre todos sus rivales, dado que disponía de una fuente de investigación permanente. Hasta casi principios de los 90 no se tomó la decisión de que las encuestas del CIS se hicieran públicas. En mi opinión, no tiene ningún sentido que un organismo gubernamental se dedique a producir encuestas electorales y mucho menos a irrumpir en una campaña electoral.

P. Pero el archivo del CIS es de gran valor.

R. Sí, prácticamente todos los investigadores sociales de este país dependen para su trabajo de los datos del CIS; además de los electorales, hacen muchos estudios de opinión pública con un valor académico extraordinario. Y respecto al análisis electoral, yo he hablado con prácticamente todos los directores del CIS y todos han puesto en valor lo mismo: «Quizá metodológicamente nos hemos quedado obsoletos, pero la serie histórica es un tesoro». Es decir, que puedas pasar treinta o cuarenta años formulando las mismas preguntas, con la misma metodología, que permite conocer la evolución de la opinión pública es un tesoro sociológico y, por tanto, romper eso es un crimen desde el punto de vista científico.

P. ¿Cuál es tu reproche principal al actual presidente del CIS?

R. Primero, que al romper la metodología, ha destrozado todas las series históricas existentes. Y segundo, que ha convertido una institución como el CIS, que tenía un merecido prestigio, en un instrumento de propaganda política al servicio del Gobierno. Yo recomiendo a todo el mundo que haga lo siguiente: cuando salgan las encuestas del CIS, cojan la última página -que es donde pone la estimación de voto- y la depositen con mucho cuidado en la basura. A continuación, estúdiense el resto de la encuesta, porque hay cuestionarios con muestras amplísimas que todavía hoy proporcionan un volumen de información interesantísimo sobre las posiciones políticas, las opiniones, las actitudes y los comportamientos de los españoles. Pero la última página es directamente basura, está inventada. Y cuando digo inventada es que ni siquiera con sus datos de origen y aplicando una técnica ortodoxa de estimación saldría la estimación que ellos hacen pública.

P. ¿Pasará factura esta instrumentalización política?

R. La factura que ya ha pasado es que una de las instituciones públicas más prestigiosas de este país está condenada al desprestigio. Es penoso, pero hay personas que hacen promedios de encuestas y excluyen las del CIS por excéntricas, cuando históricamente ha sido todo lo contrario. Más allá de la cuestión política, es un destrozo científico y técnico y de reputación institucional. Y ese es mi mayor reproche: que han confundido un instrumento de conocimiento en un instrumento de propaganda política y lo han pervertido por completo.

P. ¿Crees que tiene sentido hablar de sanchismo cómo se habla de peronismo? Es decir, como una forma de hacer política que es específicamente representativa de Pedro Sánchez y su Gobierno.

R. Sí, yo creo que sí. Este hombre ha creado un estilo político, unas pautas de comportamiento que son absolutamente identificables, reconocibles con el paso del tiempo. Mira, te voy a enlazar esto con algo por lo que me van a matar los más viejos -todavía más que yo- del Partido Socialista: yo no creo que haya existido un partido con 150 años de vida, existe una sigla con 150 años de vida y bajo esa sigla han existido partidos completamente distintos entre sí. Lo que hizo Felipe González en los años 70, cuando él con un grupo de amigos de Sevilla se hicieron con el poder en el PSOE, no fue renovar un partido, fue inventárselo. Pero tuvieron la astucia de poner una sigla histórica para un producto que era rigurosamente nuevo. Y yo creo que lo que ha hecho Pedro Sánchez con el Partido Socialista es una operación de taxidermia política: ha cogido al animal, lo ha abierto, lo ha vaciado, lo ha llenado de papel de periódico y lo ha cosido. Parece el mismo animal, pero no lo es. Ha alterado su sustancia. Pero lo que me preocupa más del sanchismo no son sus efectos sobre el partido, sino un estilo de Gobierno que, primero, subordina cualquier criterio a un proyecto de poder personal y, segundo, muestra un desprecio absoluto de los fundamentos institucionales de un Estado de Derecho. Es la ruptura de los códigos sobre los que se sustenta el funcionamiento de un Estado de Derecho. La característica de Pedro Sánchez, y el secreto de lo que llaman sus «éxitos electorales», es que él no se detiene donde cualquier otra persona se detendría. Para muchos es un gran mérito, para mí es un peligro existencial para el tipo de Estado democrático y de derecho en el que yo creo. Supone el deterioro sistemático al servicio de un proyecto de poder personal.

«El ‘sanchismo’ supone un deterioro sistemático al servicio de un proyecto de poder personal»

Ignacio Varela

P. Y crees que las siglas son el cómplice necesario.

R. Cuando tú realizas una política de ese tipo y utilizas el paraguas de unas siglas históricamente prestigiosas, parece que estás protegido. Si lo que ha hecho Pedro Sánchez en estos últimos años lo hubiera hecho bajo las siglas de un partido que se inventado, evidentemente no habría avanzado ni cinco metros porque la propia sociedad lo habría rechazado.  

P. ¿Te ha sorprendido la transigencia que ha habido respecto a Pedro Sánchez en ciertos medios de comunicación y en una buena parte de la opinión pública?

R. Sí, pero es verdad que se habla de resistencia y lo que él tiene es una capacidad de intimidación muy importante, dentro y fuera. Pero sí, me ha sorprendido. En una sociedad que debería haber aprendido a activar sus mecanismos de autodefensa y de pensamiento crítico….la docilidad con la que determinados sectores intelectuales, incluso políticos y mediáticos han entrado a secundar ese juego me ha sorprendido extraordinariamente, y en algunos casos me ha decepcionado profundamente, porque la trampa es muy evidente.

P. Se refugian en que la alternativa es peor.

R. El discurso de «la alternativa es peor» como exculpación de determinada clase de abusos yo lo rechazo, porque esto nos conduce a esto que llaman la polarización: te inventas un adversario que sea peor que tú y ya tienes la coartada para aceptar cosas que en condiciones normales no aceptarías de ninguna manera.

P. Me ha gustado mucho la imagen de la taxidermia para referirse a lo que ha sucedido con el Partido Socialista, pero una cosa que tiene la taxidermia es que es irreversible.

R. Es posible que sea irreversible. Tengo muchas dudas de que el PSOE pueda recuperarse después de pasar por las manos de Pedro Sánchez. Es más, creo que cuando este período termine, a lo que quede del PSOE  le espera un larguísimo purgatorio, como le pasó en su momento al Partido Laborista en Gran Bretaña.

P. ¿Cómo ves a los partidos que no son el PSOE?

R. Fíjate, lo que ha pasado en la sociedad española es curioso. El drama que estamos viviendo es que los partidos centrales, que siguen siendo claramente mayoritarios en su espacio, no solo dependen estratégicamente de sus respectivos flancos extremistas y antisistema, sino que se contagian más de lo que reciben que al contrario. El Partido Socialista se ha contagiado mucho más de populismo que Podemos de socialdemocracia, cuando debería ser al revés. Lo mismo está pasando en la derecha, y veremos qué pasa a partir de este momento con el cambio de líder. Y gran parte de los problemas que tenemos en España dependen de que estamos en una contradicción que es difícilmente superable: los tipos que se inventaron nuestro sistema político, esto que llaman el régimen del 78, lo hicieron de tal forma que resulta materialmente imposible tomar decisiones esenciales si no es mediante mecanismos de consenso transversal. El problema es que cuando tú vuelas todos los mecanismos de consenso, que es lo que se ha hecho en España en la última década, el país se paraliza. Este país tiene pendiente diez o doce reformas estructurales que no es posible acometer porque se ha volado el instrumento clave: el consenso.

P. Para terminar, ¿a quién te gustaría que invitáramos a ‘Vidas cruzadas’?

R. Me gustaría que la gente descubriera a Javier Fernández, una de las cabezas políticas más lúcidas de este país. Una persona con la que vale la pena sentarse a hablar detenidamente, por ejemplo, de la crisis energética. Creo que no hay en España nadie que te pueda explicar mejor la crisis energética que estamos viviendo que Javier Fernández.

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