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El buzón secreto

El Sáhara: las manipulaciones de la CIA en contra de España

Los espías españoles no pudieron frenar a los de Estados Unidos y Marruecos

El Sáhara: las manipulaciones de la CIA en contra de España

El Rey Felipe VI y el el Rey Mohamed VI. | Europa Press

La decisión de Pedro Sánchez de dejar en la estacada al pueblo saharaui para acercarse a Estados Unidos, Francia y Alemania, es el final provisional de una historia iniciada en la dictadura de Franco. El destino del pueblo saharaui comenzó a cambiar hace casi 50 años. Algunos creen que fue por la iniciativa del rey Hassan II de montar una «Marcha verde» sobre el Sáhara. Pero no es cierto. El origen y lo que luego pasó pertenecen al mundo de las alcantarillas, al de los servicios de inteligencia. Dejadme que os cuente tres historias de espías que explican lo que ha pasado y pasa allí.

La primera ocurre a raíz de que en agosto de 1974, el Gobierno de Franco da el primer paso para deshacerse del Sáhara y propone descolonizar el país y celebrar un referéndum de autodeterminación. A Hassan II le molestó la idea, ansiaba ampliar su Estado y quedarse con la gran riqueza que se intuía en la parte norte del Sáhara: fosfatos, petróleo y gas. Aparece esa dialéctica marroquí tan agresiva, pero España no hizo ni caso. Sin embargo, Estados Unidos entra en escena para colocar el Sáhara donde a ellos más les interesa, controlado por Marruecos y lejos de las manos peligrosas, estamos en la Guerra Fría, de los países simpatizantes de la Unión Soviética.

La CIA montó una conspiración para arrebatar el Sáhara al control español. En 1975 Franco estaba en las últimas y el príncipe Juan Carlos necesitaba ansiosamente a Estados Unidos para llegar al trono y mantenerse muchos años. Una situación de debilidad del país que supieron aprovechar a las mil maravillas. Vernon Walter, el enviado especial del presidente Ford, pergeñó con Hassan una marcha pacífica de cientos de miles de marroquíes sobre el Sáhara. La última palabra, eso sí, la tenía la Casa Blanca.

El 21 de agosto de 1975, el secretario de Estado Henry Kissinger, mandó un telegrama desde la embajada de su país en Beirut, en el que utilizando lenguaje en clave autorizaba el inicio de la operación que debía concluir con la entrega del Sáhara a Marruecos: «Laissa podrá andar perfectamente dentro de dos meses. Él la ayudará en todo». «Laissa» era la Marcha Verde y «Él» era Estados Unidos.

Polisarios espiados en España

La relación entre los servicios de inteligencia de España y Marruecos siempre ha sido de desconfianza, aunque buscando siempre colaborar en los temas de interés mutuo. Desde siempre han estado enfrentados por las posturas con respecto al Sáhara y a las actividades del Frente Polisario. En los años 80 España fue tierra de acogida natural de los saharauis. Su delegado en España, Hash Ahmed, era consciente de que todos y cada uno de sus movimientos por Madrid eran controlados por agentes del espionaje marroquí, que en algunos momentos incluso no se preocupaban de ser discretos para que así los detectara y reconvertir el seguimiento en una amenaza.

El entonces CESID –ahora CNI- sabía lo que pasaba, entre otras cosas, porque también controlaban a Ahmed. Pero en ese momento, los agentes del espionaje español habían dejado claro a los marroquíes que ni se les ocurriera acercarse a los saharauis porque ellos les protegían. La posición del Gobierno de Felipe González, como lo fue también la de José María Aznar, era a favor del Frente Polisario y del pueblo saharaui, daba igual que le molestara a Marruecos. 

Polisarios protegidos en Marruecos

La mayor de las osadías del servicio secreto español, al menos de uno de sus agentes, ocurrió en Rabat a finales de esos años 80. El delegado del servicio, Diego Camacho, defendió los derechos humanos del pueblo saharaui mucho más que los diplomáticos destinados en la embajada en Rabat. 

Tres muchachos saharauis de El Aaiún pidieron asilo en la delegación española. El embajador, Joaquín Ortega, fue partidario, desde el primer momento, de entregarlos a la Policía para evitar que el gobierno alauí se irritara. Cuando se enteró Camacho de lo que ocurría, le informó de las violaciones de los derechos humanos que se estaban produciendo en el territorio ocupado y de las desapariciones, que entonces alcanzaban ya la cifra de 500 personas. Como alternativa le propuso negociar con el servicio secreto marroquí, ante el que él estaba acreditado, la salida de los tres a Ceuta. 

El mundo del revés: los diplomáticos dispuestos a entregarlos y los espías defendiendo el cumplimiento de la convención sobre Derechos Humanos, firmada por España dos años antes en Ginebra. El desenlace no pudo ser más surrealista por el temor a esa reacción airada de Marruecos: el embajador condujo a la embajada, en su coche oficial, a tres policías que se llevaron a los saharauis después de amenazarlos en el interior de la embajada. Camacho, expulsado de la delegación, tuvo que alquilarse una oficina enfrente de la misma durante varios meses hasta que Exteriores consiguió que el entonces director del CESID, Emilio Alonso Manglano, le cambiara de destino. Eso sí, para premiarle con uno mejor en Francia.

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