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Luis Castellví Laukamp

San Ignacio en Manresa

«La conversión de Ignacio fue el resultado de un arduo y doloroso esfuerzo, una profunda crisis y meditaciones prolongadas»

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San Ignacio en Manresa

San Ignacio de Loyola, entablillado tras una herida en la pierna en la batalla de Pamplona, tiene una visión de San Pedro, en un grabado de Antoine de Favray. | Wikimedia Commons

A diferencia de Teresa de Ávila, la otra gran santa de la España contrarreformista, Ignacio de Loyola pecó gravemente de joven. La vida soldadesca no era fácilmente compatible con la virtud. Tras dejar la milicia, su confesión general en la Abadía de Montserrat duró tres días (22-24 de marzo de 1522). La conversión de Ignacio fue el resultado de un arduo y doloroso esfuerzo, una profunda crisis y meditaciones prolongadas. Después de una noche en vela ante la Virgen de Montserrat, Ignacio descendió a Manresa la mañana del 25 de marzo. Se instaló en el hospital de Santa Lucía, donde atendía a los enfermos, y en una cueva cercana. Allí permaneció hasta el 17 o 18 de febrero de 1523, cuando partió a Barcelona, desde donde zarparía rumbo a Italia. Desde un punto de vista espiritual, el período manresano fue el más intenso de su vida, pues allí gozó de varias experiencias místicas.

Una iluminación importante fue la llamada «visión de la carne», que lo convenció de abandonar el vegetarianismo. La Autobiografía de Ignacio, dictada al padre Luís Gonçalves da Câmara, afirma que en Manresa «se le representó delante carne para comer». Pese a las dudas de su confesor, Ignacio no entendió esta visión como una tentación, sino como una corrección de sus excesos mortificantes, que incluían rigurosos ayunos. Acaso Ignacio se regodeara en sus penitencias, haciendo gala de una actitud que Cioran denominaría voluptuosidad del sufrimiento. Para rectificar, volvió a comer carne. Las altas experiencias místicas de Manresa vienen justo después de esta decisión.

Su éxtasis más prolongado se produjo en la capilla de Santa Lucía, donde en diciembre de 1522 le sobrevino un rapto que duró ocho días. Gracias a los más de cincuenta testimonios que se adujeron durante el proceso de beatificación, contamos con información copiosa sobre las condiciones externas (lugar, duración, aspecto físico de Ignacio, reacciones de los testigos). Incluso sabemos detalles deliciosos como que Inés Pascual, la gran protectora catalana de Ignacio, creyó que el santo se había desmayado, por lo que preparó un caldo de pollo y se lo ofreció. Tres de los primeros biógrafos de Ignacio (Ribadeneyra, Maffei y Orlandini) examinan estos testimonios. El rapto de Manresa también aparece en los grabados (a cargo de Rubens) de algunas hagiografías. 

Ahora bien, pese a disponer de todas estas fuentes, nada sabemos del contenido del rapto. Según el biógrafo Ribadeneyra, el santo «siempre tuvo encubierta esta tan señalada visitación del Señor». Su Autobiografía menciona –sin dar detalles– visiones manresanas de Jesucristo y de la Virgen. También tentaciones del demonio. Pero no contiene ni una palabra sobre el rapto. Su Diario espiritual tampoco menciona la experiencia.

Se trata de una diferencia importante respecto a Teresa, que comienza su Libro de la vida recordando que escribe mandada las mercedes del Señor. Los confesores presionaban a las monjas para que pusieran por escrito sus experiencias místicas. No ocurría lo mismo, o al menos no en el mismo grado, con los místicos varones. Ahora bien, Teresa no solo ofrece diferencias, sino también similitudes con Ignacio. Por ejemplo, la imaginería religiosa tiene una gran relevancia para ambos santos, que anticipan la sensibilidad barroca. Según el Libro de la vida, el Espíritu Santo enseñó a Teresa a comenzar la oración imaginando un paso de Semana Santa. 

«En la nueva edad moderna, los oradores deben apelar a la vista imaginativa, predicar para los ojos, dotar a la lengua de plasticidad»

La visualización de escenas religiosas también es clave en los Ejercicios espirituales, escritos en Manresa a partir de agosto de 1522. La oración ignaciana conlleva la participación imaginativa en la vida de Jesús. Hay que ser testigo de la Pasión. Por eso los Ejercicios espirituales comienzan con una composición de lugar (es decir, una representación mental del sitio) que ayuda a visualizar el escenario del episodio: «La composición será ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo donde se halla la cosa que quiero contemplar. Digo el lugar corpóreo, así como un templo o monte, donde se halla Jesucristo o Nuestra Señora». 

Como explica Rodríguez de la Flor, debemos entender esta espiritualidad en el marco de la Contrarreforma, que promovió el uso evangélico de la imagen: «El oído, como propone Lutero, ya no es para Ignacio el órgano del cristiano». En la nueva edad moderna, los oradores deben apelar a la vista imaginativa, predicar para los ojos, dotar a la lengua de plasticidad. No es casual que la primera edición de los Ejercicios espirituales (1548), la traducción latina de André des Freux, fuera publicada sin imágenes. Las vívidas instrucciones de Ignacio debían bastar para activar la imaginación del lector, capaz de recrear la Pasión en el teatro de la memoria de su propia mente.

Los Ejercicios espirituales se nutren de los éxtasis manresanos de Ignacio, que culminaron con el mencionado rapto. En efecto, a los 31 años, el santo emergió de Manresa como un hombre invulnerable en el disfrute de su fe, listo para acometer proyectos de la mayor complejidad, como la fundación de la Compañía de Jesús. Medio siglo después, el obispo Juan de Cardona erigiría un obelisco con una cruz en la punta frente a la capilla de Santa Lucía. Manresa nunca volvió a hospedar al santo, pero quedó bajo la guardia del monumento funerario a Ignacio, que se mantuvo en pie hasta la guerra civil. 

Sorprende que nuestro país, tan proclive a celebrar centenarios, no dedique más atención a la Manresa ignaciana en estas fechas. Sirva este artículo para felicitar a todos los Ignacios en el día de su santo.

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