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Manuel Alberca

Juan Luis Alborg y el rescate del ‘otro’ exilio

«Alborg fue el último gran historiador de la literatura española y la suya la última gran historia de autor»

Zibaldone
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Juan Luis Alborg y el rescate del ‘otro’ exilio

Annie Spratt | Unsplash

Los que nos iniciamos al estudio de la literatura española y de su historia a final de los años sesenta tenemos una deuda permanente y eterno agradecimiento a la persona de Juan Luis Alborg y su Historia de la Literatura Española. A decir verdad, antes del «Alborg» estábamos bastante perdidos, porque las historias de la literatura existentes nos ayudaban poco: o pecaban de una erudición farragosa o de un subjetivismo que nos confundía más que nos guiaba. Después del «Alborg» vendrían otros intentos loables de historiar nuestra literatura, pero han sido, por lo general, obra de varios autores y con un enfoque interpretativo y un criterio menos unitario. Habrá quien la encuentre hoy desfasada o superada con respecto a la ingente cantidad de estudios posteriores, pero no conviene olvidar que Alborg fue el último gran historiador de la literatura española y la suya la última gran historia de autor. En fin, al menos para el estudiante despistado que fui, un inseguro aspirante a filólogo, el encuentro con Alborg representó una guía de amenidad, rigor y profundidad, porque nos permitía seguir, de manera amable y documentada, el derrotero de la literatura española y nos franqueaba el paso a la lectura de los textos. También fue, a qué negarlo, una ayuda inestimable y hasta un salvavidas en la preparación del temario de oposiciones a los que aspirábamos a un puesto de profesor.

La obra quedaría inconclusa, en cierto modo por su celo y exhaustividad, varada por el tremendo desafío de hacerla solo y a su manera, incluso contando con los medios propios de los departamentos universitarios estadounidenses. Pero los cinco tomos que llegaría a publicar están presididos por el rigor filológico, la puesta al día de los contenidos, la independencia de criterio, la claridad expositiva y unas gotas de fina heterodoxia. Todavía recuerdo, y guardo como uno de sus mejores descubrimientos, la lectura del volumen III de la Historia de Alborg, el correspondiente al siglo XVIII. Cuando apareció en 1973, este siglo sufría todavía una suerte de desprecio entre estudiantes y profesores. El libro nos abrió los ojos a la literatura de una época que hasta entonces se consideraba sinónimo de desierto y aburrimiento. Por tanto, los aciertos de la Historia de la Literatura Española son incontables, pero, para el que suscribe, merece la pena destacar la importancia que le concede a lo biográfico en aquel tiempo en que todavía este enfoque estaba desterrado y preterido por la crítica formalista predominante. Alborg tiene en cuenta la biografía de los escritores y los elementos autobiográficos de las obras, pero no fuerza una interpretación biográfica mecánica. Nos da los datos para que seamos los lectores los que establezcamos las posibles relaciones entre vida y literatura. 

La otra faceta de Alborg, igualmente relevante y tal vez menos recordada, fue la de crítico literario, que ejercería de manera magistral en la prensa. Un resumen de esta labor lo constituyen los dos volúmenes de Hora actual de la novela española (Taurus, 1958 y 1962). Esta labor, merecedora del Premio Nacional de la Crítica en 1959, resultaba doblemente meritoria en un tiempo en que la crítica literaria periodística resultaba casi siempre inane y la académica se jactaba de no ocuparse de ningún autor que estuviese vivo… Hace solo unas décadas no se podía hacer, por ejemplo, una tesis que se ocupase de la obra de un escritor vivo. Se pensaba tal vez que, a un escritor muerto, debía corresponderle por fuerza una crítica difunta. Alborg afrontó el reto de leer y comentar la obra de los novelistas de la posguerra en unos años en que estos criterios estaban vigentes. Aunque centrado en la novela española de posguerra, no era un crítico provinciano ni nacionalista, porque conocía bien la novela europea y americana contemporánea, y al comentar la española establecía relaciones con esta. En sus críticas y ensayos evita los estrictos criterios formalistas, tan a la moda de la época, prescinde de prescripciones y cánones para zambullirse en la lectura de las novelas con una apertura plural de miras. Y, sobre todo, arriesga juicios y evalúa las obras de acuerdo con sus gustos personales, nunca personalistas, sin incurrir en opiniones caprichosas, pues en todo momento aduce las razones de sus preferencias.

Como teórico de la literatura, Alborg nos dejó una obra que constituye el pilar de su bien fundada práctica de historiador y crítico literario: Sobre crítica y críticos (1991). En esta voluminosa obra, da pruebas de sentido común al enfrentarse y desnudar los excesos oscurantistas de la teoría literaria contemporánea, y sus efectos perversos, que pretería la  lectura y comprensión de la obra literaria, para sumergirse en una suerte de ejercicio narcisista, incomprensible y farragoso. Es lo que Alborg denominaría con acierto «la lóbrega selva»: «…En el siglo XIX todo el mundo sabía lo que era la literatura y lo que era la crítica, y para qué servían ambas; en el siglo XX nadie lo sabe». Con las armas del humor y la ironía, el crítico, convertido en un quijotesco caballero andante, ‘desfacedor’ de entuertos literarios, persigue a los crípticos teóricos pseudocientíficos hasta derrotarlos. En la conclusión defiende que para entender y disfrutar de la literatura hay que zambullirse en los textos e interpretarlos desde coordenadas vitales. 

Un poco por azar, y mucho por necesidad y ambición intelectual, en el curso 1961-1962, Juan Luis Alborg dejaría su puesto de profesor adjunto de latín en la Universidad Complutense, y emprendería la aventura americana, primero en la Universidad de Washington (Seatle) con una beca Fullbright, y después en la Universidad de Purdue y en la de Bloomington (Indiana) hasta el final de sus días, donde murió en 2010. En la necrológica que le dedicó Manuel Martos, director de Gredos, lo denominó «el último mohicano del exilio». Alborg formaba parte de ese segundo exilio del Franquismo, un exilio de motivación más intelectual que política, si esta separación era posible en la época. En su larga vida acumuló una importante biblioteca, abundantísima correspondencia con escritores españoles, manuscritos e inéditos, en fin un interesantísimo archivo digno de ser conservado. Con frecuencia, estos archivos son vendidos a universidades americanas o se pierden ante el desinterés de la familia y de las instituciones españolas. En este caso, la donación desinteresada de Concha, hija de Alborg, y la gestión de los profesores Belén Molina y José Lara, del departamento de Filología Española de la Universidad de Málaga, han logrado que todo ese acervo patrimonial no se haya perdido. Hoy, el denominado «legado Alborg» se conserva en la universidad andaluza, donde se ha inventariado, catalogado y digitalizado para ser estudiado, difundido y editado. Constituye no solo un material imprescindible para valorar la labor de este gran profesor e investigador, sino para conocer la intrahistoria literaria de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. Su recuperación significa un logro que beneficiará el conocimiento de nuestra literatura. Para la política cultural española marca un camino para recuperar tantos archivos de españoles exiliados de todos los colores.

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