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Ángel Aponte

Historias de loros cortesanos y goyescos

«Buffon afirmó que a los papagayos les apasionaba el vino español y sobre todo el moscatel»

Zibaldone
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Historias de loros cortesanos y goyescos

Ilona Frey | Unsplash

Los pájaros tienen memoria, reconocen a las personas, entienden lo que se les dice y algunos hablan. Este hecho es cosa probada por los estudios ornitológicos, por los cuentos de hadas y por las vidas de santos. San Francisco de Asís, y así se cuenta en sus Florecillas, predicó a los pájaros. Acudieron todos, desde las ramas de los árboles, para escuchar al Santo y, conmovidos por sus palabras, «comenzaron a abrir los picos, a bajar los cuellos, a extender las alas y a inclinar reverentemente sus cabezas hacia la tierra». Estuvieron allí sin prisas, en actitud devota y paciente, y no se retiraron hasta recibir la bendición. Después, levantaron el vuelo hacia los cielos del siglo XIII. Léon Bloy se preguntaba, al evocar este suceso, qué pasaría por las cabezas y las almas de estas criaturas.

Nuestro ser más arcaico conserva cierta añoranza del tiempo en que conversábamos con los animales. Creo que esta nostalgia explica, en buena medida, nuestro asombro ante las aves que hablan con nuestras palabras, como las urracas, los cuervos y, por supuesto, los loros, cotorras, papagayos y demás pájaros de igual o parecido linaje. Los loros eran raros y escasos en la Europa medieval. Los traían desde la Indias Orientales y pocos llegaban a estos reinos de occidente ya que muchos no soportaban ni las tristezas del cautiverio ni las penalidades del viaje. Todo comenzó a cambiar con los nuevos y audaces derroteros de los portugueses por las costas de África. No es aventurado pensar que estos loros, al desembarcar en los puertos ibéricos, conociesen ya algunas fórmulas de cortesía a la portuguesa. Era el siglo XV, cuando Melibea cantaba: papagayos, ruiseñores / que cantáis al alborada, / llevad nueva a mis amores / cómo espero aquí asentada. Eran también los tiempos del descubrimiento de América.Los españoles, acostumbrados a los austeros plumajes de pardales, cogujadas y alcotanes, por fuerza tuvieron que admirar el colorido y el porte de los papagayos. Ni las mejores libreas mostraban ese alarde cromático. Parecían heraldos o reyes de armas de la pajarería. Colón, a la vuelta de su primer viaje, trajo unos papagayos que paseó, entre el entusiasmo general, por Sevilla y Barcelona. Fueron muy elogiados «por ser de muy hermosos colores: unos muy verdes, otros muy colorados, otros amarilllos, con treinta pintas de diversa color, y pocos de ellos parecían a los que de otras partes se traen». También fray Bartolomé de las Casas los describió y dijo que eran «verdes muy hermosos y colorados».  Debieron de hacerle gracia a la Reina Isabel pues sabemos, gracias a Jerónimo Münzer, que tenía varios en la cámara real del monasterio de Guadalupe. Uno de estos papagayos contaba con un plumaje de cinco colores.

Esta afición a los loros, papagayos y cotorras se mantuvo con los Austrias y con los Borbones. Carlos Gómez- Centurión estudió con brillantez los pájaros que alegraron los días de nuestros reyes y demás personas reales y gracias a él sabemos que Doña Catalina de Austria, reina de Portugal, tuvo el detalle de enviar a Yuste un papagayo para alegrar a Carlos V y que Doña Margarita de Austria, regente en los Países Bajos, tuvo otro que le haría menos sombrías las tardes de aquellos interminables inviernos septentrionales. La Regente sintió tanto su muerte que escribió y mandó grabar en su sepultura un epitafio que decía: Sous ce tumbrel, qui est un dur conclave / Git l’amant verd et le très noble esclave, / Dont le noble coeur, de vraye amour pure yvre, / ne peut souffrir perdre sa dame et vivre. Nunca fue llorado un animalillo con tanta gentileza. Ya en tiempos de Carlos II, nos cuenta el duque de Maura, Doña María Luisa de Orleans era seguida por una jauría de perrillos que perpetraban mil villanías en las alfombras de Palacio y contaba, además, con un buen número de papagayos y loros que hablaban en francés. También tenía una cotorra que, de manera pertinaz e incorregible, injuriaba a la duquesa de Terranova cada vez que la veía. Un día, esta gran señora, Camarera Mayor de la Reina y mujer de mucho mando, dijo hasta aquí hemos llegado e intentó retorcerle el pescuezo a la cotorra. La Reina salió en defensa de ésta y le asestó un bofetón a la Duquesa. Hubo, como es natural, un gran revuelo y el Rey estuvo a punto de ordenar una degollina de loros que, por fortuna, no tuvo lugar. Después, en los largos corredores y en las estancias palaciegas de nuestro siglo XVIII, nuestros Borbones  maceraron sus melancolías rodeados de cirios, perchas para loros y jaulas que colgaban de los techos. Doña Bárbara de Braganza tenía, en las diferentes piezas que componían su cuarto, hasta dieciocho jaulas con sus correspondientes inquilinos, todos en alegre compañía. Existía en Palacio, para su gobierno, el oficio de pajarero, transmisible de padres a hijos, y  Doña Isabel de Farnesio creó en 1718 una plaza de jaulero de Cámara. Hubo en aquellos tiempos, según Gómez-Centurión, una cotorra palaciega que decía, con desenfado y gracejo del mejor rococó: «¿Hay pan y chocolate para la cotorrita que se muere de hambre todita? y también ¿Cotorrita. ¿eres casada? No es, sino monja y encerrada».

Buffon afirmó que a los papagayos les apasionaba el vino español y sobre todo el moscatel de manera que «este licor les causa un arrebato de alegría». Además, se sabe que los loros de Doña Isabel de Farnesio merendaban, todas las tardes y sin faltar una, sopas de vino. Se afirmaba que los loros se animaban con estas ingestas y que, gracias a sus efectos euforizantes, aprendían a hablar de manera más rápida. No era, desde luego, una práctica saludable y es notorio que enseñar a hablar a los loros requiere más paciencia y sentido del orden que excesos etílicos. Recordemos que, a veces, estos pájaros, debido a una natural y justificada astucia, permanecen ladinamente callados aunque ya sepan hablar. Hacen bien. Jennifer Atkinson, ornitóloga de categoría, cita el caso de un periquito de Westchester al que todos tenían por un caso perdido, Un día, sin esperarlo nadie y ante el general asombro, exclamó: «¡Habla!, ¡Maldita sea!, ¡Habla!». Los loros contaban con la aprobación general de la aristocracia, la clase media y el pueblo llano, honrado y menestral. En los diarios de avisos de finales del siglo XVIII y del primer tercio del XIX se podían encontrar anuncios como éste, de 1817, que decía: «se necesita un papagayo o loro para una casa particular. Dará razón el Valenciano que vende tarjetas en la Puerta del Sol.» Cuando se entraba en tratos para adquirir un loro era condición aceptada el tenerlo unos días a prueba. Esto constituía una medida prudente para comprobar sus habilidades y también la naturaleza de su vocabulario pues no era aconsejable, en familias de buena crianza, la presencia de un loro chocarrero, de mala crianza y acostumbrado a vocear toda suerte de picardías o que acometiese con bravura a las visitas de cumplido. Estas cualidades, elogiadas y hasta celebradas en círculos varoniles, cuarteles, talleres, casinos, cuadras y demás ambientes de gente desgarrada, no eran apropiadas para casas bien concertadas. Tengo noticia de un loro que hubo en la Real Casa de Aposento, en 1793, a cargo de un soldado ordenanza, que seguramente diría palabrotas y juramentos. En los anuncios de la época se destacaban los méritos de los loros. Era el caso de uno del que se decía, en 1790, que «habla tanto que a no oírlo y experimentarlo, no puede explicarse». De otro, domiciliado en la calle de Atocha, se indicaba que era  «muy doméstico, habla mucho y muy claro, canta». En este caso, el vendedor se comprometía a entregar una lista con todas las palabras que sabía decir. Hubo loros, no siempre palaciegos, que chapurreaban distintos idiomas como uno que residía en la calle de la Luna, en 1791, que se expresaba, con cierta soltura, en italiano y español. Otro, de 1817 y que circulaba por sus respetos sin jaula ni cadena, sabía hablar portugués, inglés y «algo de español». Todos estos loros, es evidente, tenían un pasado y mucho mundo. Los loros más goyescos, los que demostraban más majeza y tronío, eran los que sabían cantar seguidillas, como uno que, en la primavera de 1788, decidió abandonar el estanco en que vivía y fugarse para ver mundo y otro que, en una carpintería, animaba las tareas de los oficiales y aprendices con desenfadadas canciones de igual naturaleza. De otro loro, de aquellos años, también de Madrid, se decía: «Canta, baila y habla mucho, y todo cuanto oye lo aprende con facilidad». Cabe pensar que la memoria y locuacidad de los loros podían provocar situaciones difíciles e incluso comprometer los secretos de las grandes monarquías. En mayo de 1799, un loro de la condesa de Aranda se escapó y me pregunto si difundiría por las calles de Madrid, a voces y sin ninguna discreción, los asuntos tratados en los despachos y entrevistas del difunto Conde, brillante diplomático y hombre de Estado .Otro caso delicado fue el de los dos loros que se fugaron de la embajada de Rusia, en 1805 y 1817 respectivamente. ¿Estarían a sueldo de Pitt el Joven o del conde de Liverpool? Son historias de aquella España real, popular y alegre del siglo XVIII.

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