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Abelardo Bethencourt

Mi plaza Mayor

«Hay que continuar la sucesión de realidades que hacen que la vida sea, aunque solo sea por un instante, perfecta»

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Mi plaza Mayor

Mercadillo navideño en la plaza Mayor de Madrid. | Jesús Hellín (EP)

Era un día cualquiera. Uno de los tantos que tenía al llegar las vacaciones navideñas. Uno de esos en los que es indiferente el lugar de la semana que ocupa. Recuerdo el olor. Ese café hecho por aquellos para los que madrugar era una costumbre. Algunas veces creo despertar y estar ahí. En mi cama. La que siempre será mi cama. Todo era como tenía que ser, como el mundo es. Porque el mundo es lo que era cuando éramos niños. No era una construcción, no era voluble. Era, en fin, como ahora anhelamos que sea. 

En mi interior no lo vivo como un recuerdo: siento que es la referencia de todo lo que ahora puedo analizar, de todo lo que ahora sé que no es una quimera. Recuerdo a mi padre, joven, fuerte, como es y será siempre; a mi madre, siempre dulce y cariñosa. Ese es el mundo al que uno en sueños siempre intenta regresar. Porque en la vida uno va construyendo cosas sobre un punto de partida, sobre lo que es real, y lo único que es real es aquello que vivimos como niños. 

Recuerdo cómo uno de esos días sin nombre, mi padre me llevaba a la plaza Mayor. Me acuerdo de las calles estrechas y sucias de aquel Madrid tan cambiado, tan imperfecto, tan bonito. De los coches sin radio por si la robaban. Imagino todavía lo peligrosas que eran las bocacalles de la Gran Vía -«por ahí es mejor no pasar», decía mi padre mientras agarraba mi mano-. Recuerdo la seguridad que sentía, cómo intentaba a veces soltarme. Todavía la puedo sentir. 

Mercadillo navideño en la plaza Mayor de Madrid. | Foto: Jesús Hellín (EP)

Me acuerdo de la plaza Mayor y sus casetas infinitas. Recuerdo pensar en lo grande que era. Temer que si me separaba nunca me encontrarían. Fantasear con mi padre con la magnitud del grito de mi madre al ver una caca de plástico en el salón o una araña entre las sábanas…

Pero precisamente ahora que madrugar es mi costumbre, valoro más que nunca el inmenso amor que había detrás de aquellos gritos fingidos y el verdadero temor que se escondía tras la araña. Hoy sé que esa seguridad y amor perfectos nacían del miedo a que yo creciera. Eran un escenario en el que mis padres actuaban para protegerme del mundo imperfecto. Solo es real lo que algún día, aquel día, vivimos como cierto.  Y ese sentimiento se hace más grande en la Navidad cuando, de algún modo, intentamos volver a ese mundo real y poderoso que nos abriga en la incertidumbre. Cuando queremos volver a creer en los Reyes Magos o preparamos la sopa de la abuela para recordar su sonrisa, su presencia en los aromas.

Ahora sé que mi madre también sufre, que echa de menos a la suya; que también sueña también con su habitación y con la nieve que asomaba por la ventana.  Ahora sé que a mi hermano le hubiera gustado vivir más Navidades conmigo antes de mi propio desengaño. Ahora sé todo aquello que antes no debía saber.

La nostalgia significa regreso, significa dolor. Es cierto que duele, duele porque es real y ficticia al mismo tiempo. Es porque fue. Y representa ese momento exacto en el que debería haberse parado el mundo, cuando todas las notas sonaban afinadas como una gran sinfonía creada solo para mi. La del momento exacto de un abrazo, ese que recibía cuando podía meterme en el abrigo de mi madre si sentía frio. 

«Voy a ser padre. Me toca hacer el café. Me toca a mí hacer ver a mi hijo que la plaza Mayor es inmensa, agarrar su mano»

La nostalgia duele con profundo dolor por lo que fue y no volverá a ser. Y eso ha sido así hasta hoy. He aprendido una cosa: la nostalgia es también responsabilidad. Voy a ser padre. Me toca hacer el café. Me toca a mí hacer ver a mi hijo que la plaza Mayor es inmensa, agarrar su mano y llevarlo a comprar cacas o esconder arañas. Quererme con su madre a la perfección ante sus ojos. Esconder nuestra debilidad. Construir su propio mundo perfecto con la tristeza de quien ya conoce el patrón y con la ilusión de que el hoy será mañana el ayer maravilloso de un nuevo ser. 

Y así continuar la sucesión de realidades que hacen que la vida sea, aunque solo sea por un instante, perfecta. Bienvenido al mundo, hijo mío.

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