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Gonzalo Gragera

Mario Praz: el ensayista que vivió en dos palacios

«Si se tuviera que resumir con una palabra lo que España le produce a Mario Praz, esta palabra es monotonía»

Zibaldone
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Mario Praz: el ensayista que vivió en dos palacios

Palacio neoclásico. | Zuma Press

Con su aspecto encorvado, usando bastón, vestido con un largo abrigo. Así se suele recordar la figura del italiano Mario Praz, crítico de arte, ensayista, investigador, y autor de un imprescindible volumen publicado en el pasado siglo: La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica. Libro con el que discurre por el romanticismo, el decadentismo, el simbolismo, de la literatura italiana, francesa e inglesa. Reconocido anglicista, la carrera literaria de Praz madura en Liverpool y en Manchester, ciudades en las que reside durante la década que va de los años veinte a los años treinta del siglo XX. Allí, en su estancia en Inglaterra, trata a T.S. Eliot, quien lo estima, y, años más tarde, ya en los sesenta, es nombrado Caballero del Imperio Británico por la reina Isabel II -ignoro si hay un solo británico que cuente en su currículum con estos dos honores-. La vida de Mario Praz anduvo entre dos culturas próximas pero distintas, cada con sus paisajes, con sus caracteres, con su historia; anduvo entre Italia e Inglaterra, entre Inglaterra e Italia. En Roma se estableció en los años del fascismo y en Roma murió en 1982.

El pasado 6 de septiembre se cumplieron 125 del nacimiento del profesor y crítico literario y de arte. De un hombre que vivió un siglo en el que tanto tiempo cupo: en la filosofía, en las corrientes artísticas, en las innovaciones tecnológicas, en la política. Para conocer con detenimiento su biografía lo mejor será leer sus memorias, contadas en La casa de la vida, donde nos cuenta acontecimientos que marcaron su vida, tomando como punto de partida los objetos que decoraron sus dos hogares romanos: el palacio Ricci y, posteriormente, el Palacio Primoli. Sofisticados muebles heredados de su padrastro –Praz procede de una muy acomodada burguesía– y objetos de coleccionista ocupan el espacio de una casa que hoy día es un museo situado en el centro de Roma, muy próximo al Tíber.

T.S. Eliot | Zuma Press

Pero además de nacer en Roma y de ser nombrado Caballero del Imperio Británico, además de contar con una residencia que es una casa-palacio hoy hecha museo, además de los elogios de Eliot, de Giovanni Papini, Mario Praz también tuvo tiempo de visitar España. Fue en 1926, año en que se preparó el golpe frustrado contra la dictadura de Primo de Rivera -con nombres tan dispares como el de Melquíades Álvarez, María Cristina de Habsburgo-Lorena, madre del rey Alfonso XIII, Niceto Alcalá-Zamora o Queipo de Llano-. Las impresiones del ensayista italiano, ahora narrador, sobre España no se corresponden con las idealizaciones que elaboraron escritores como Teófilo Gautier, Sthendal y otros tantos viajeros románticos, quienes contribuyeron al tópico de la caricatura folclórico-española durante el siglo XIX -clichés que aún subsisten-. Estas narraciones de Praz las podemos leer en español en el libro titulado Península pentagonal (La España antirromántica), publicado en 2007 en la editorial Almuzara. Y así es: antirromanticismo, desmitificación, incluso mordacidad. Es el tono que leemos en estas páginas -tono, por otra parte, tan característico en las críticas literarias de Praz-. En este viaje por la España de 1926 llegamos a la Alhambra de Granada, que ni emociona ni conmueve al escritor, quien escribe: «Aunque fuese millonario, por nada del mundo me construiría una réplica del Patio de los Leones en un parque de mi propiedad, como soñaba el pintoresco Teófilo». Y sigue en los siguientes párrafos: «La Alhambra es perfecta como las telarañas, las colmenas, los cristales de nieve; es perfecta como puede ser perfecta la obra automática del pertinaz instinto. Pero en las colmenas, en las telarañas, en los cristales de nieve, el genio está ausente».

«Si se tuviera que resumir con una palabra lo que España le produce a Mario Praz, esta palabra es monotonía. Monotonía de nuestros pintores, de nuestros paisajes, de nuestra comida, de nuestros monumentos, de nuestras fiestas»

En Península pentagonal (La España antirromántica), Mario Praz dedica palabras a otros edificios destacados de la arquitectura española. Por ejemplo, a la Sagrada Familia. En una tónica similar a lo ya descrito, comenta: «La Sagrada Familia es arbitraria como los castillos de arena construidos por los niños en las orillas del mar». Y se cierra una definición.

Si se tuviera que resumir con una palabra lo que España le produce a Mario Praz, esta palabra es monotonía. Monotonía de nuestros pintores -Zurbarán, Velázquez, Goya-, de nuestros paisajes -Castilla-, de nuestros poetas renacentistas -San Juan de la Cruz, Santa Teresa-, de nuestra comida, de nuestros monumentos, de nuestras fiestas. «Monótono es el genio de España, por muy sublime que sean sus raíces», apunta el crítico -en todos los sentidos-.

Y de esa imagen displicente de España a los estudios culturales, traducciones, antologías, donde Praz es uno de los autores más relevantes del siglo. Lo es por obras como Sescentismo y Manierismo en InglaterraImágenes del barroco, y sobre todo por el ensayo La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica, editado en 1930 y traducido al español en 1999, en Acantilado. Es en esta última donde reformula toda una cosmovisión en torno a la literatura decimonónica europea, ofreciendo nuevas claves, enfoques. Si Praz no hubiese preparado este magistral volumen, es probable que nuestros ojos de lectores contemporáneos no leyeran el romanticismo desde la óptica en la que hoy día lo leemos.

A pesar de las objeciones y discrepancias de autores coetáneos, como Benedetto Croce -quien discutió la metodología del ensayo-, La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica constituye, como decimos, un libro esencial en la crítica literaria del siglo XX. En él, Mario Praz define el romanticismo como aquello relacionado con «lo inefable«, con un arte que pretende la evocación en lugar de la descripción, que busca la sugestión, la subjetividad, la emoción. Un movimiento también influido por lo morboso y por lo sexual, por lo erótico y por el horror. En autores como el marqués de Sade, Baudelaire o Flaubert.

«El romanticismo, para Mario Praz, es una respuesta a un mundo que está desapareciendo, una especie de nueva creación para un vacío»

Del marqués de Sade, Praz reflexiona sobre el concepto de lo sádico, lo horripilante -principales contribuciones de la sensibilidad romántica-, y se pregunta: «¿Qué placer puede experimentarse en caminar sobre los crucifijos, en faire des horreurs avec des hosties?» A lo que el propio Mario Praz responde que «se goza de la tortura moral infligida al creyente en la imaginación». La fábula, el satanismo, lo recreado, la blasfemia… son expresiones y formas de comprender lo literario que, según el crítico italiano, relacionan a Sade con Baudelaire. Es ahí la conexión entre los dos románticos franceses.

El romanticismo, para Mario Praz, es una respuesta a un mundo que está desapareciendo, una especie de nueva creación para un vacío. Culmina una época de la historia en multitud de cuestiones ideológicas y culturales, y los autores románticos -poetas, pintores, pensadores- tratan de recrear una cosmovisión renovada. Praz también vivió en un tiempo de renovación, en un tiempo en el que se construyeron nuevas formas de comprender un mundo -las vanguardias, el famoso mundo de ayer de Zweig, la revolución de los totalitarismos…-, algunas acertadas y otras, sin embargo, ejemplo de barbarie.

La vida de Mario Praz interesa por sus singularidades y por sus anécdotas -como la trillada fama de gafe-. Interesa por sus memorias, contadas en La casa de la vida. Interesa también por sus escritos, quizá no del todo reconocidos. La figura de Mario Praz se asemeja a la decoración de aquellos dos palacios en los que vivió, donde cada objeto alberga riqueza y asombro. Entre los espejos de lo que fue su casa, en Roma, se refleja la historia de un siglo. Y las ideas de un teórico clave para la crítica literaria y para la historia de la literatura europea.

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