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Ángel Aponte

Almas errantes, almas en pena

«No es casual que la devoción hacia las ánimas, aunque de origen mucho más antiguo, se difundiera sobre todo a partir del siglo XVII, cuando tanta pasión hubo por relojes y calendarios»

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Almas errantes, almas en pena

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Los romanos las querían lejos y tranquilas. Más adelante, el Purgatorio estableció cierto orden y las almas en pena dejaron de ser errantes. Su destino ya no era desesperar sino esperar. Debían purgar pasados descarríos y torpezas, era lo justo, pero sabían que todo acabaría, que las llamas no serían eternas y que, una vez saldadas las viejas cuentas, podrían dormir y aguardar la llegada del Juicio Final. La estancia en el Purgatorio se podía abreviar mediante oraciones, sufragios, limosnas e indulgencias. El tiempo contaba, y mucho, para estos pobres muertos. No es casual que la devoción hacia las ánimas, aunque de origen mucho más antiguo, se difundiera sobre todo a partir del siglo XVII, cuando tanta pasión hubo por relojes y calendarios. La estancia en el Purgatorio se contabilizaba con horas, días y años. Jerónimo de Barrionuevo, en 1654, dio noticia de un aparecido que le comunicó a un jesuita que había estado allí nada más que tres horas. Doña Isabel de Borbón estuvo un año y veintiséis días, según se supo por María de Jesús de Ágreda que, además, tuvo ocasión de presenciar el ascenso al cielo del alma del príncipe Baltasar Carlos. No faltaron intentos para pronosticar el tiempo de estancia en el Purgatorio de acuerdo con el historial del difunto. Lo ideal habría sido contar con unas tablas, como las de los matemáticos de la época, para que cada uno pudiese hacer su composición de lugar si había que pasar por allí. No pudo ser. Ya lo advirtió otro jesuita, Martín de Roa, en su Estado de las almas del Purgatorio (1619), que aseguró que del Purgatorio, ubicado, «en algún lugar deputado por la Divina justicia en las entrañas de la tierra», no salía nadie «hasta desempeñarse y pagar al justo las deudas que salieron obligadas de esta vida». Una contabilidad a lo divino y llevada a rajatabla.

A partir de la Contrarreforma se fundaron cofradías de Ánimas hasta en lugares de poco caudal y vecindario. Actuaban como aseguradoras o montepíos para los asuntos de ultratumba. Sus cofrades libraban un combate contra el tiempo y el olvido pues, como se hace constar en los estatutos de una de estas hermandades, las ánimas estaban «sugetas a una perpetua vigilia, no tienen otro lecho que los dolores; ni otro desaogo, que los gemidos; ni otro refrigerio, que las ascuas, ni otra claridad que las tinieblas; ni otro alivio que la esperanza en la piedad de los amigos». Los hermanos de estas ligas de vivos y muertos recorrían calles, plazas y cantones en las absolutas e interminables noches de los siglos XVII y XVIII y pedían, a toque de campana, responsos y limosnas por las ánimas. De paso, recordaban a los vecinos que nada era la vida y la muerte un fielato en el que todos pechaban sin distinción de estado, fortuna o linaje. Hasta los jayanes más malhablados, juradores y correosos, los más malfamados pájaros de cuenta, se encogían con estas campanadas y letanías. Y si alguno, con el desenfado del mediodía, olvidaba lo anterior, ya se toparía en su parroquia con algún gran lienzo o retablo, visible a la fuerza, en el que figurarían las ánimas guardando carcelería, con sus coronas, mitras y tiaras y, en el caso de las muchachas, con las melenas sueltas, como magdalenas penitentes, y apenas tapadas por el fuego. Los visitadores episcopales, a veces, mandaban repintarlas para cubrir desnudeces que no movían, precisamente, al recogimiento. Además estaba probado que en el Purgatorio se podía estar debidamente vestido pues la Venerable de Ágreda vio allí a Doña Isabel de Borbón «con las galas y guardainfantes que traen las damas» aunque, eso sí, «todo era de una llama de fuego». Las llamas, conviene precisarlo, eran de verdad y dudar de su naturaleza material era opinión de herejes, propia de luteranos y perseguida por el Santo Oficio. 

Era cosa sabida, por tanto, que las ánimas del Purgatorio se relacionaban con los vivos con una relativa normalidad.

Las ánimas tenían cierto trasiego y sus apariciones no eran desconocidas para las gentes del siglo XVII. El Padre Martín de Roa atestiguaba que podían trasladarse de un lugar a otro, sin mayor inconveniente, aunque siempre con la dispensa de Dios, y que lo hacían por las más diversas razones: para pedir oraciones, para nuestro servicio y provecho, para fortalecer la creencia en la inmortalidad del alma y en la resurrección, para advertir o librar de ciertos peligros a los vivos y también para curar a los enfermos, consolar a los agonizantes y, llegada la hora, acompañar a las almas en su camino al Cielo. Nuestro jesuita aseguraba que las apariciones solían ser almas del Purgatorio o del Infierno pues las del Cielo, por lo general, no eran muy partidarias de abandonarlo y «se están quietas en el lugar de su Bienaventuranza sin salir del, si no es que ven en Dios voluntad de que salgan a cosas de su servicio». No se tenía noticia, afirmaba, de aparecidos procedentes del Limbo pues las almas estaban allí sin pena ni gloria, sin necesidad de socorro y sin posibilidad de recibirlo de los vivos. Un poco aburridas y, como imaginaba Ramón Gómez de la Serna el día a día de los muertos en el cementerio, en un eterno domingo. Las apariciones, decía el Padre Martín de Roa, a veces se presentaban acompañadas de ángeles, con el aspecto que tenían en vida o, en ocasiones, con otro formado «de ayre, tierra, fuego, o qualquier otra cosa». Durante sus excursiones al mundo de los vivos seguían con sus padecimientos, si venían del Purgatorio, con sus goces si procedían del Cielo y «los Demonios que andan en esta región del ayre, son atormentados del mismo fuego que en el Infierno». No había tregua, ni aquí ni allí. Era cosa sabida, por tanto, que las ánimas del Purgatorio se relacionaban con los vivos con una relativa normalidad, que solían defender y favorecer a los que rezaban por ellas y que se tomaban muy a pecho el olvido y la desconsideración. Benditas sean. Advertía el mencionado religioso que los tratos con aparecidos eran negocio muy delicado y que, en caso de recibir su visita, lo más prudente era consultar a un clérigo docto y pedir consejo para actuar en consecuencia. 

Las almas en pena pasaron a ser tristes, inoportunos y desorientados fantasmas que no movían a la caridad sino al espanto o al estupor.

El protestantismo y los tiempos modernos dieron la espalda al Purgatorio y poco a poco, como recuerda Philippe Ariès, se impuso la convicción de que los vivos nada podían ni debían hacer por los muertos. Los escapularios de la Virgen del Carmen, los rosarios, las lámparas encendidas, las ofrendas, los aniversarios, los sufragios, las bulas y las indulgencias se consideraron impostura de papistas, manías de beatas y supersticiones de pobres. Las almas en pena pasaron a ser tristes, inoportunos y desorientados fantasmas que no movían a la caridad sino al espanto o al estupor; ya, perdida la esperanza, no rogaban ni misas ni limosnas, malentretenidos en dar bandazos, sin saber muy bien qué pedir o qué hacer, dedicados a asustar, quizás sin pretenderlo, a alguna institutriz de buena familia venida a menos y a marqueses atormentados o a jugar con veladores saltarines. Daban tanto miedo o más que antes pero ahora sin la racionalización de lo misterioso que suponía la fe, sin ese croquis de la geografía de lo ultraterreno que la tradición católica había trazado durante siglos. Cuánto tedio y cuánta pena. El sobrecogimiento ante el espectro, capaz de dinamitar todas las certezas, fue descrito por Kipling en La Virgen de las trincheras: «Vi esto y el corazón me dio un vuelco porque…porque derrumbaba todo aquello en lo que había creído. No tenía nada a lo que agarrarme […] Si  los muertos se levantan y yo lo vi, pues bueno, todo es posible» (traducción de Jaime Zulaika). Es el fantasma que espera al final de las escaleras, inquilino perpetuo de pasillos por los que no pasa nadie, que se intuye a través de unos pasos de niños en el bosque, como escribió en Ellos, que vaga en los crepúsculos por los sotos cercanos a las casas de campo o, como indicó John Dryden, al mediodía en las arboledas más umbrías, acompañado por esas hierbas también fantasmales que, según Juan Perucho, «van allí donde ellos van». Ignacio Peyró, que ha escrito páginas memorables sobre espectros ingleses, precisa que éstos tienen especial predilección por las tierras anfibias y los lugares de emanaciones mefíticas tan abundantes en esas tierras. Kipling lo confirmó: «Cuando esté la tierra enferma, y los cielos grises, / los bosques podridos por la lluvia / cruzará el Muerto el día de otoño / para visitar a su amor de nuevo» (traducción de Luis Cremades).

Dicen que la luz eléctrica los condenó al olvido. Es posible que así fuese aunque Edith Wharton lo negaba y aseguraba que los fantasmas más espantosos no eran los que iban con cabezas cortadas y cadenas por castillos con almenas sino los de ciertas casas modernas en las que, a pesar de los electrodomésticos y demás adelantos, cuando estás en ellas sabes que algo raro ocurre. 

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