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Emilio Sáenz-Francés

Un paraíso necesario

«’Paraísos perdidos’ es un alarde de erudición, perspicacia, humanidad desbordante y sensibilidad. Todo ello, reflejo de una vida jalonada por una educación exquisita, lecturas y experiencias»

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Un paraíso necesario

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Un autor de fantasía ficción, George Martin, ha escrito que un lector vive un millar de vidas. Quien no lee, solo una. No creo que a Alejandro Gaytán de Ayala le interese para nada este género, pero la afirmación encaja especialmente bien para su último libro y, lo que es más importante, para lo que de él destila de lo que ha sido su vida. El autor afirma que el suyo es un libro hijo de la pandemia. La chispa, el fallecimiento de uno de los protagonistas de sus páginas en los primeros compases del confinamiento. Ante todo, Paraísos perdidos es un alarde de erudición, perspicacia, humanidad desbordante y sensibilidad. Todo ello, reflejo de una vida jalonada por una educación exquisita, lecturas y experiencias, y no cabe duda, por mucha reflexión sobre el mundo y la vida misma. Y muchísima y honesta introspección.

Gaytán de Ayala, responsable durante años de las traducciones al castellano en el COI, ya había publicado sus diarios de juventud (De Neguri a Lausanne. Diarios de una transición), que culminan con el autor abandonando comodidades conocidas de una vida patricia en el País Vasco por una aventura profesional suiza (la sede del COI se encuentra como es bien sabido en Lausanne), que tenía mucho de escapada. Paraísos perdidos cierra el círculo, y se escribe tras aquel dilatado periplo suizo, o más bien centroeuropeo. Con una melancolía contenida hasta las últimas páginas del libro, que cierra la obra con la tristeza desatada ante una vida y toda una época que el autor teme que hayan tocado a su fin con la pandemia, Gaytán de Ayala rememora con un estilo depurado y con trazos sublimes de humor en la mejor tradición British su vida en Suiza, su trayectoria en el COI, y todo un retablo intrincado de personas, de viajes, y de impresiones que se combinan y entrelazan sutilmente. El resultado es un puro deleite.

Para muchos lectores, quizás lo más sustancioso es el perfil que el libro dibuja de Juan Antonio Samaranch y del cinismo de toda una institución: el Comité Olímpico Internacional. Es lo que protagoniza en gran parte la primera parte de la obra. En ese (psico)análisis del presidente del COI, Gaytán de Ayala acredita ya en las primeras páginas una de las mayores virtudes del libro: su capacidad para desentrañar aquello de lo que ya habló Dickens en Historia de dos ciudades, que cada uno de los seres humanos es un profundo secreto para los demás. Gaytán de Ayala es un analista perspicaz del espíritu y del comportamiento humanos; desde un elitismo proclamado pero que no se toma muy en serio a sí mismo. Samaranch no sale bien parado de estas primeras páginas –algo que recuerda a los estadounidenses ante el escrutinio de Fanny Trollope- aunque hay espacio para la redención del personaje. Lo valioso es que Gaytán de Ayala sabe esbozar un retrato complejo y matizado. No es partisano de sus propias impresiones. Quizás le pasa al autor como a Carlos II de Inglaterra, que fue un monarca comprensivo con los fallos de los demás –un buen juez de la naturaleza humana- porque era muy consciente de los propios, y no se preocupaba por ocultarlos; aunque sin olvidar, claro, que él era el Rey de Inglaterra. Gaytán de Ayala no deja de ser, él mismo, el objeto predilecto de sus juicios y dardos. Es su primera víctima, por lo que los comentarios sobre terceros, necesariamente, resultan mucho más amables e inofensivos.

En ‘Paraísos perdidos’, lo británico es como el rescoldo que queda después de un divorcio amistoso tras muchos años de vida en común. Hay una mezcla de añoranza y de rabia

La conclusión del lector tras estas primeras páginas es que, por gustos, aficiones o educación, era difícil pensar en dos personas más distintas que el autor del libro y el amo de los destinos del olimpismo durante años. Al leer sobre Samaranch intuimos lo que el autor no es, ni ha querido ser. Aunque quizás no como recurso buscado, esto nos sirve para prepararnos para lo que sigue. Y es que el resto del libro es quizás más complejo, aunque por ello también, si cabe más satisfactorio. Gaytán de Ayala rememora su muy anglófila educación como miembro de familia prominente de la aristocracia vizcaína… Es la fragua de un melómano empedernido, de un apasionado del teatro y de los viajes –solo de un determinado tipo de viajes-, que en su juventud se empapó de todo lo bueno de la alta cultura inglesapara descubrir en su madurez las glorias de la Europa Central y desencantarse con un Londres para él en cierta decadencia. No en vano, en Paraísos perdidos, lo británico es como el rescoldo que queda después de un divorcio amistoso tras muchos años de vida en común. Hay una mezcla de añoranza y de rabia.

Londres prohibirá las reuniones privadas en espacios cerrados por el coronavirus
REUTERS/John Sibley

Para el que firma estas líneas, que se dedica a la docencia universitaria en el área de las humanidades, en la que la utilidad inmediata y de lo que se enseña, de la educación en un sentido puro, es más que difícil de ver, Paraísos perdidos tiene algo de reivindicación. Aunque el autor no lo expresa de esa manera, el libro es una apología desatada a la capacidad para el small talk, de las buenas maneras y de la habilidad, que es imposible improvisar, para desenvolverse con soltura en cualquier situación. Del cosmopolitismo, en definitiva. Paraísos perdidos es en sus páginas centrales un retrato, ligero en el estilo –preñado de ritmo- de las amistades que el autor forjó en sus años en Suiza. Algunas casuales, otras profundas y duraderas. La relevancia de la mayoría de los nombres no será permeable al lector, pero el autor deja entrever los datos, nos da todas las pistas, para ubicar adecuadamente a los miembros de toda una aristocracia internacional, de ejercicio, pero sobre todo de sangre, que o bien radicaba en Lausanne o recalaba allí con frecuencia fija. Un recuerdo, sobre todo, muy witty.

Suiza fue para Gaytán de Ayala el punto de partida de constantes peregrinajes europeos. Que el tren sea su medio de transporte favorito nos dice mucho de la sensibilidad del autor, y casi podemos imaginarle en el andén, como Michael Portillo en su serie Great Continental Railways, guía Bradshaw en mano. El destino, en este caso, los grandes festivales de música europeos, además de los vericuetos -capitalinos o no- de su adorada Mitteleuropa. Sus viajes son todo menos descripción. En la mejor tradición de Henry James encontramos el destilado de lo que -para el autor- da esencia concreta a parajes o a situaciones. El lenguaje sigue siendo ágil y la información, muchas veces, realmente práctica si uno se encuentra en vísperas de acudir, por ejemplo, al festival de Salzburgo. Tanto los lugares como los compañeros (de haberlos) se suceden con la placidez de un paisaje italiano desde el tren. Vaya por delante que al autor esta analogía no le será grata. Italia, salvo Roma, no se encuentra entre sus predilecciones. Es en Viena, en Bayreuth, en Munich… donde el autor se encuentra a sus anchas. También en las grandes casas a las que ha sido invitado. Ahí de nuevo brilla su análisis incisivo pero humoroso de personajes y de costumbres, de familiares, de amigos; de las arquitecturas y estilos.

El libro es un decálogo de sabores y de perfiles humanos que arranca muchas sonrisas y alguna carcajada, y que, por el camino, nos hace más sabios. Sabios sobre muchas cosas, pero quizás la más importante, sobre los secretos de la vida buena

Según los personajes, los lugares y los recuerdos se despliegan frente a nosotros, olvidamos esa chispa triste que llevó a Gaytán de Ayala a escribir este libro. Aunque el autor no parece que tenga a Mahler entre sus favoritos –nadie es perfecto-, el epílogo entrega al lector –súbitamente- a las meditaciones que provoca el adagio de la novena sinfonía del compositor… Sehr langsam und noch zurückhaltend. Ese contrapunto, en la tradición de Zweig, es la cumbre reflexiva e intimista a este maravilloso (y misterioso) libro. Unas páginas tan breves como intensas y necesarias que nos devuelven a la realidad tras horas de puro gozo.

Paraísos Perdidos es una obra admirablemente escrita, con una sencillez del que navega con soltura en lo más profundo del lenguaje, y conoce sus misterios (y sus peligros). El resultado es un libro que nunca cansa; un decálogo de sabores y de perfiles humanos que arranca muchas sonrisas y alguna carcajada, y que, por el camino, nos hace más sabios. Sabios sobre muchas cosas, pero quizás la más importante, sobre los secretos de la vida buena. Según las páginas se agotan, surge la inquietud ante un viaje que puede acabar demasiado pronto. El fin de la lectura de todo gran libro es una hora melancólica, como una amistad que toca a su fin, y pasa, inevitablemente, al recuerdo. Tras terminar Paraísos Perdidos, uno no puede sino pensar, como ya apuntábamos, que -con él- su autor cierra un ciclo de su vida. La melancolía es en este caso más grande, porque su relato es el microcosmos de toda una era y de un determinado estilo de vida, que cede el paso a un futuro en el mejor de los casos incierto.

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