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Antonio Caño

¡A por la victoria!

«Ucrania nos ha despertado a todos de nuestro estúpido letargo y nos ha recordado el valor enorme que ellos le otorgan al sistema que nos protege a nosotros»

Opinión
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¡A por la victoria!

El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski. | AFP

Nada ha ocurrido últimamente en el mundo más alentador para la causa de la democracia que la valiente contraofensiva de las tropas de Ucrania contra los invasores rusos. Afortunadamente, mientras otros discutíamos sobre el sexo de los ángeles en salones y estudios de televisión, los soldados ucranianos estaban manos a la obra en el campo de batalla defendiendo su libertad y la de todos.

Una de las mayores amenazas a la democracia en Occidente procede de nosotros mismos, de nuestra indolencia moral, de nuestra espuria e interminable discusión sobre los inconvenientes de nuestra forma de vida, ciegos ante la realidad de los enormes beneficios de los que disfrutamos y de las gigantescas ventajas del sistema político que los proporciona y los garantiza.

Aburridos del éxito, la sociedad occidental se dio hace tiempo a la práctica de cuestionar nuestro modelo de convivencia, exponiendo reiteradamente dudas sobre su superioridad sobre otros sistemas primitivos y autoritarios que proliferan en diferentes partes del mundo al amparo del nacionalismo o de cualquier pretexto identitario.

Le abrimos las puertas de la política de par en par a un montón de demagogos que, desde la izquierda y la derecha, insistieron en denunciar la corrupción de las instituciones y la caducidad de los principios que levantaron Europa, al mismo tiempo que elogiaban la conducta de dirigentes y regímenes totalitarios en otras latitudes.

Son los mismos farsantes que pedían la rendición de Ucrania y se oponían a que sus vecinos europeos hicieran lo mínimo que se puede hacer por ellos: enviarles armas para tratar de equilibrar una lucha que se presentaba, además de injusta, muy desigual.

«Ahora que todos auguran tiempos difíciles es un buen momento para rescatar en España los valores y los métodos que nos hicieron europeos: los del entendimiento y la conciliación, los de la moderación y el pacto»

Afortunadamente, el pueblo de Ucrania no hizo caso de esos malintencionados consejeros y mantuvo su pelea. Tampoco se amilanó por las dudas constantes que han circulado estos meses por las capitales europeas, tan olvidadizas de los tiempos no tan lejanos en que ellas mismas eran escenario de un combate similar por la libertad.

Hoy Ucrania nos ha despertado a todos de nuestro estúpido letargo y nos ha recordado el valor enorme que ellos le otorgan al sistema que nos protege a nosotros. Los ucranianos pelean simplemente para vivir como europeos y, como hemos visto, mueren por la bandera del círculo de estrellas sobre fondo azul porque entienden que es el símbolo de la paz y la democracia que anhelan. Y su convicción es tan potente que han obligado a retroceder a un ejército más poderoso, pero carente de objetivo y de causa, el simple instrumento de un tirano.

Debería de servir ese ejemplo para recuperar la fe en la victoria también en nuestros países, para silenciar a los derrotistas y los oportunistas, para recuperar el entusiasmo por esa gran obra que es la Europa democrática y emprender las reformas que hoy requiere para consolidar y extender su vigencia.

Ahora que todos auguran tiempos difíciles es un buen momento para rescatar en España los valores y los métodos que nos hicieron europeos: los del entendimiento y la conciliación, los de la moderación y el pacto. Los radicales podían parecer más sexys, y, durante años, lo hemos pasado muy bien con sus ocurrencias. Pero con Ucrania hemos descubierto que, cuando de verdad hay algo importante en juego, se necesitan personas de una pieza que actúen con sensatez y verdaderas convicciones.

Debemos celebrar por eso los últimos éxitos militares del ejército ucraniano, pero debemos de ser conscientes de que la victoria final no llegará si no nos sumamos todos los europeos, en nuestro ámbito y de acuerdo a nuestras circunstancias, a la defensa de nuestra vieja y valiosa democracia.

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