THE OBJECTIVE
Anna Grau

Acordarse de Santa Bárbara en Girona

«La Diada huraña ya no es lo que era: los hiperventilados cada vez son menos»

Opinión
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Acordarse de Santa Bárbara en Girona

Manifestación del día de la Diada en Barcelona, el pasado domingo. | EFE

Hace tres años fui a mi ciudad natal, Girona, a celebrar el Día de la Constitución como miembro de la junta de Societat Civil Catalana. La excursión se anunciaba llena de peligro, o eso decían los Mossos d’Esquadra, argumentando así su negativa a dejarnos montar el atril del acto en la plaza de la Constitución, recién bautizada plaza del 1 de Octubre por la alcaldesa puigdemontista del momento, Marta Madrenas. No le tembló la mano a la hora de hacer arrancar las letras metálicas de la palabra «Constitución» originariamente grabadas en la piedra de la plaza. Aviso para incautos: el 1 de Octubre no era por la fecha de la autoproclamación de Franco como caudillo de España el primer día de octubre de 1936, sino por la autoproclamación del independentismo como caudillo de las instituciones y de la democracia catalana el primer día de octubre de 2017.

El 6 de diciembre de 2019, los Mossos y la Policía Nacional consideraron que nos tenían que cerrar una calle para desarrollar nuestro acto, que básicamente consistía en repartir ejemplares bilingües de la Constitución. En catalán y en español. Debo decir con alegría que los que se atrevieron a romper el cerco nos los quitaban de las manos.

Creo que fue aquel día cuando tuve la idea de traducir al catalán «Gerona» de Galdós, el Episodio Nacional de don Benito dedicado a la heroica resistencia gerundense ante el asedio de Napoleón allá por 1809. Societat Civil Catalana acabaría patrocinando aquella traducción, publicada en 2020 por Ediciones Hildy y con un diseño original cedido por el artista Lluís Ventós para la portada. Yo lo traduje con muchísimo sentimiento, intercalando comentarios de mi cosecha que comparaban la situación de entonces con la actual. 

Tanto entonces como ahora hay gran desconocimiento de la realidad de fondo de muchas cosas y la memoria es selectiva y traicionera. Ejemplo: Barcelona tiene una calle entera, la calle Villarroel, dedicada a uno de los personajes más injustamente desconocidos y olvidados (para el indepe medio) de los hechos de 1714. Me refiero a Antonio de Villarroel y Peláez, nombrado en 1713 comandante del ejército de Cataluña contra las tropas del Duque de Berwick. Lo que se viene a conocer como «Guerra de Secesión» y sería más atinado calificar de guerra intestina o guerra civil muy mal llevada: dos aspirantes, un Austria y un Borbón, se disputan el trono de España, como en otras épocas podrá haber dos aspirantes, qué sé yo, a la secretaría general del PSOE. De repente una carambola dinástica a escala europea reduce al mínimo los apoyos del Austria y ya no queda otro rey posible de España que el que queda: Felipe V. A partir de ese preciso momento, no hay guerra interna que tenga sentido ni que se pueda ganar.

Villarroel, exoficial del ejército borbónico que se había pasado al austriacista, lo sabía. Por dos veces planteó (¿rogó? ¿suplicó?) a Rafael de Casanovas y otros puigdemontistas de la época entrar en razón, admitir que se habían equivocado de pretendiente y negociar una claudicación digna. No mandar a miles de civiles a una matanza inútil mientras ellos, los mal llamados líderes, ponían a salvo sus intereses. Ni caso le hicieron. Indignado, Villarroel dimitió. Volvió al poco, conmovido por el coste humano del cerril empeño de aquella guerra que nadie sabía ganar ni perder. A diferencia de Casanovas, que se murió en la cama de viejo y pensionado, cuando Villarroel por fin negocia el alto el fuego, le toca cargar con las represalias que descargarán sobre su cabeza y sobre otros 24 jefes militares. Hay varias versiones de su final. La más estremecedora le sitúa durante los trece últimos años de su vida en prisión en La Coruña, en una celda donde entraban y salían las mareas, lo cual le habría llegado a provocar la parálisis de ambas piernas…

«¿Nos vemos en la conmemoración y empezamos a llamar a las cosas por su nombre y a hablar claro? Que las calles no son de ellos. Y la Historia, menos»

En fin. Que ese es el espíritu del dichoso Once de Septiembre en Cataluña: hacer sufrir sin parar al que menos culpa tiene, mientras los verdaderos responsables se libran y/o se dan a la fuga en el maletero de un coche. Por eso algunos pedimos insistentemente cambiar la «Diada» de Cataluña y pasar a celebrarla el 23 de abril, cuando Sant Jordi, los libros y las rosas. Cuando se podrían celebrar y commemorar cosas muy distintas, mucho más alegres.

Este domingo pasado volví a Girona, esta vez con los compañeros de Ciutadans, a predicar pues eso: una Diada alegre e inclusiva, una Diada para todos. Por allá que nos paseamos regalando rosas a quien nos las quiso coger (una indepe rabiosa me cogió una para romperla y tirarla al suelo; otra nos escupió e insultó) y comprobando y tomando nota, eso sí, de que la Diada huraña ya no es lo que era. Los hiperventilados cada vez son menos. Lo cual se presta a aritméticas hasta cómicas en algunos medios de comunicación amorosamente subvencionados por la Generalitat: ¿cómo se puede situar la horquilla de asistentes a una manifestación entre 150.000 y 850.000 personas? Eso es como si te preguntan la edad y dices «entre 6 y 60».

Un último apunte de Girona. Cuando ya íbamos de retirada nuestra concejala allí, Míriam Pujola, y servidora, nos cruzamos con otra concejala, esta de ERC, que casi al oído le habló de un acto que se iba a hacer para conmemorar el sitio napoleónico de la ciudad y, concretamente, la acción de la Compañía Santa Bárbara, una original unidad militar de la época, formada exclusivamente por mujeres, que al calor de la resistencia no es que se empoderaran, es que se armaron…y la armaron. Tanto, que hasta Galdós se pica un poco al describirlas en el Episodio Nacional que yo traduje al catalán. Si algo se le puede reprochar al Tolstói español (en mi opinión Fortunata y Jacinta da sopas con honda a Anna Karenina un rato largo…), es que en «Gerona» se le ve cierto plumero machista al caricaturizar a las aguerridas amazonas gerundenses.

Mis madres. Las madres de todo lo verdaderamente libre e indómito. Para el pelo les iban a dar las de la Compañía Santa Bárbara a muchos de estos que se atreven con la libertad y la convivencia en Girona, en Cataluña y en España. ¿Nos vemos en la conmemoración y empezamos a llamar a las cosas por su nombre y a hablar claro? Que las calles no son de ellos. Y la Historia, menos. 

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