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Pablo de Lora

Admirables culturas, brutales conquistas

«La valoración como ‘brutal’ del saqueo o la consideración de que la conquista de México fue ‘dolorosa’ ¿desde qué perspectiva se formula? »

Opinión
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Admirables culturas, brutales conquistas

Pirámide de Chiche Itzá, en México. | Unsplash

El edificio, su colosal cubierta proyectada por Pedro Ramírez Vázquez, sostenida por una columna-fuente en forma de tótem, tiene la indisimulada pretensión de trasladar inmediatamente al visitante a otro «mundo», situarle en uno de aquellos inmensos espacios abiertos del que fue territorio gobernado por los mexicas, un escenario en el que de algún modo tendrá que desactivar sus referencias y pre-juicios. «El pueblo mexicano levanta este monumento en honor de las admirables culturas que florecieron durante la era precolombina…» (las cursivas son mías) se lee en la inscripción de la enorme piedra que preside la entrada del Museo Nacional de Antropología de México (MNA) y que rememora la inauguración que hizo el presidente Adolfo López Mateos allá por 1964. 

Esa impresión se confirma en cuanto el guía da cuenta de la cosmovisión mexica de acuerdo con la cual el Sol necesitaba ser «alimentado» con los corazones humanos para que no reinara para siempre la noche. «No podemos juzgar con los ojos de hoy aquellos ritos», se nos instruye frente a la contemplación del «techcatl» o «piedra del sacrificio» sobre la que se tendía al cautivo tras su penoso recorrido hasta alcanzar la cima de la pirámide y de la que retornará hecho un despojo decapitado listo para ser troceado y servido como alimento. 

Transitar por las salas del museo, observar las piezas, las reconstrucciones de lo que fue Tenochtitlán, hoy la ciudad de México o México-Tenochtitlán tal y como se va imponiendo de resultas de la «decolonización» a la que propende el gobierno del presidente López Obrador, permite hacerse una idea del asombro y sobrecogimiento que tuvieron que experimentar Hernán Cortes y sus huestes a medida que, en su pertinaz intento de alcanzar «China», fueron avanzando desde la Isla de Cozumel por el territorio hoy mexicano hasta llegar a las puertas de esa llanura lacustre en la que sobre un islote salpicado de fastuosas avenidas, pirámides y templos se concentraban más habitantes que en el París o Constantinopla de aquel año de 1519; una Venecia mesoamericana que bien pudo ser tenida como el producto de una ensoñación. 

Al visitante del MNA le despide una cartela que recuerda esa «conquista» y en la que se lee: «… Cortés, hábil militar y suspicaz conocedor de la psicología humana, aprovechó los titubeos de Moctezuma y logró alianzas con los totonacos y tlaxcaltecas, enemigos de los mexicas. En su avance, al llegar a Cholula, llevó a cabo una brutal matanza…» (itálicas mías). 

«… Cortés parecía seguro – escribe el historiador Fernando Cervantes en Conquistadores. Una historia diferente (2021)- de que, tan pronto como fuese anunciado el mensaje cristiano a los mayas, estos se darán cuenta de lo erradas que eran sus costumbres, recordarían su verdadero origen y pondrían en orden su forma de vida. Al fin y al cabo, no se discutía su humanidad y, por tanto, tampoco su susceptibilidad innata a la gracia divina. Además, en cuanto seres humanos, ya pertenecían a la sociedad universal de la cristiandad; de hecho, el evangelio debió de haberles llegado en algún tiempo pretérito» (p. 153). 

«Así como para los mexicas hacían sacrificios humanos para que se mantuvieran las fuerzas del universo, para cristianos como Cortés se trataba de redimir a esos pueblos de costumbres y ritos salvajes»

Así como para los mexicas mediante los sacrificios humanos se trataba de que se mantuvieran las fuerzas del universo, que la noche siguiera al día, y las estaciones y sus cosechas no se alteraran, para cristianos como Cortés se trataba de redimir a esos pueblos de costumbres y ritos salvajes. Desde la perspectiva de cada cual, si es que se trata de adoptarla en cada caso, no hay caso, si me permiten la reiteración: «Los sacrificios humanos y el canibalismo son abominables» es una proposición verdadera desde el punto de vista de Cortés, pero no así desde la perspectiva mexica. Y a la inversa: «La matanza de Cholula fue el instrumento necesario para el nobilísimo fin de seguir los designios de Dios» es un enunciado verdadero a los ojos de Cortés, el emperador al que servía y la sociedad cristiana en la que ambos se insertaban en el siglo XVI. La pregunta es entonces obvia: la valoración como «brutal» del saqueo o la consideración de que la conquista fue «dolorosa» – como se puede leer en los restos de Tlatelolco- ¿desde qué perspectiva se formula? 

Quizá bajo los presupuestos del ideal de los derechos humanos que hoy abrazamos en gran medida, pero entonces ese mismo enjuiciamiento debe alcanzar a todo lo acontecido y a todos los protagonistas en el devenir histórico de lo que hoy es los Estados Unidos Mexicanos. O dicho de otra forma: no se puede estar en la misa del relativismo y al tiempo repicar las campanas del universalismo moral desde el que se condena a Cortés, se esconde el paradero de sus restos e instamos al perdón de España, pues desde esa atalaya las culturas y civilizaciones precolombinas no fueron «admirables» sino igualmente «rechazables». 

Si el rey Felipe VI debe pedir disculpas, ¿también han de hacerlo quienes pudieran ser señalados como «herederos» actuales de aquellos cómplices de su conquista, tlaxcaltecas y totonacos? ¿La Gobernadora de Tlaxcala y los Gobernadores de Puebla y Veracruz? ¿Y a quién? ¿Al presidente de México como causahabiente del imperio mexica? ¿Y no debería este igualmente disculparse frente a quienes fueron despojados o conquistados por los mexicas mismos? ¿Y quiénes recibirían la disculpa, todos los mexicanos actuales que previamente también se habrán disculpado por mediación de su presidente?

No resulta difícil aventurar que someter a un país a semejante bucle melancólico de exculpación y reproche recurrente por el pasado es la mejor garantía para no afrontar los desafíos y problemas del presente. 

Y no son pocos. Mientras tanto, no dejen de acudir, si pueden, al maravilloso MNA. 

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