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Antonio Elorza

El virus autocrático

«La cuestión es si Feijóo es capaz de convertir a los ‘populares’ en un partido de centro-derecha, algo que hasta ahora no son»

Opinión
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El virus autocrático

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, durante su intervención esta semana en el Senado. | EFE

Si algo ha podido sacarse en limpio del falso «cara a cara» entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, es que de aquí a las elecciones asistiremos a un juego de suma cero donde todas las jugadas van a dedicarse a reforzar la propia posición de cara a las futuras generales. No solo estará ausente el menor atisbo de colaboración entre los dos principales partidos, por mucho que presionen los intereses nacionales, sino que al consolidarse el planteamiento habitual del presidente, toda concesión del adversario será vista como debilidad y todo rechazo como signo de traición al «progresismo», en particular, y al conjunto de país. A este se le ofrecen las siempre acertadas decisiones y propuestas de Sánchez.

 Es un tiempo favorable para el «no es no» que aplica en todo momento Isabel Díaz Ayuso a cualquier decisión del presidente y «sus comunistas», y obviamente esto es también causa de problemas para Feijóo, quien en todo momento intenta presentarse como una oposición de mano tendida. Lo sucedido con las medidas de ahorro es un primer ejemplo de lo que puede pasar, cuando hasta ahora el «no, pero quisiera dar el sí» del político orensano, está dando tan buenos resultados en una opinión pública mayoritariamente favorable al consenso. Tal vez aconsejada por su asesor Miguel Ángel Rodríguez para actuar, incluso por desbordamiento de su líder, a modo de imagen victoriosa del PP por contraste con Feijóo, hasta ahora carente de resultados concretos y abocado a una larga y dura marcha hasta las elecciones de 2023. Vimos ya su presión con el ahorro energético. A Sánchez esto le viene bien, ya que una de sus armas para su objetivo actual -destruir la imagen de Feijóo- consiste en presentarle como un radical con piel de cordero, vecino a Vox.

Así las cosas, parece fundamental que el líder popular no se deje encerrar en un rincón del ring, como busca su adversario. Sánchez ya ha hecho entrar en escena, desde el Debate sobre el estado de la Nación, su visión dualista de la sociedad española, una nueva lucha de protagonistas mutantes respecto de Carlos Marx, con origen en Podemos: de un lado, la versión actual del proletariado explotado, «las clases medias y trabajadoras», «la gente»; en el opuesto, las grandes corporaciones, los intereses egoístas del gran capital. Sánchez y los suyos están, claro es, defendiendo a los primeros, en tanto que Feijóo y el PP son marionetas movidas por los poderes capitalistas. Mayoría contra minorías, que debe traducirse en la victoria electoral de los «progresistas».

La simplificación resulta muy grave, ya que supone una negación de que existan intereses comunes, entre todos los actores económicos, en una época de crisis. Pero toca a Feijóo y al PP invalidarla y de forma puntual. No son lo mismo los beneficios extraordinarios de las empresas energéticas que los de la banca, no es lo mismo oponerse a errores en las medidas de ahorro en el consumo de energía, que rechazarlas de plano. La cuestión es si Feijóo es capaz de convertir a los ‘populares’ en un partido de centro-derecha, algo que hasta ahora no son, a pesar de que cuando se han presentado como tales, en Galicia y en Andalucía, los resultados están a la vista. No será una tarea nada fácil, con los intereses económicos satisfechos con el PP conocido, y las resistencias internas, más Vox. Por su parte, la apuesta de Sánchez tiene un coste para todos, porque a nadie se le ocurre -salvo a un discípulo de Podemos- desencadenar una lucha de clases en el interior de un orden económico amenazado. Pero la pelota está en el campo de Feijóo.

«La apuesta de Sánchez tiene un coste para todos, porque a nadie se le ocurre desencadenar una lucha de clases con un orden económico amenazado»

Tampoco cabe olvidar que los costes de la radicalización de Sánchez inciden sobre su propio campo. Tiene razón Cándido Méndez en la advertencia que tanto le irritó: está dejando el espacio de la socialdemocracia y, añadiríamos, ingresando en el populista; medidas que en abstracto pueden ser justas, solo que su aplicación rompe los equilibrios del sistema. Y no es casual que en este camino hacia lo demasiado conocido, le esté acompañando Yolanda Díaz, la figura de su gobierno que desde su filiación comunista ha protagonizado los mayores logros -y los más respaldados por la opinión-desde una óptica reformadora y de consenso, en definitiva socialdemócrata. A los ERTES, la subida del salario mínimo, la ley de reforma laboral (que el PP absurdamente rechazó), suceden ahora la aplicación de una escala móvil a las pensiones, un subidón en el salario mínimo, y nada menos que el apoyo a un «otoño caliente». Es comprensible que el fracaso hasta ahora de Sumar la frustre, pero la solución no está en encabezar la puja en el conflicto social.

Entre tanto, el problema catalán sigue en una sombra cargada de presagios. El banco de las concesiones a Aragonès en la mesa de «negociación» tiene abierta la ventanilla, sin concretar su oferta y dando por buena la entrega de la «desjudicialización», mientras el catalán deja claros sus objetivos: autodeterminación y luego independencia. La durísima intervención de la portavoz de ERC en el Senado, se caracterizó por su ataque sin cuartel a Sánchez, evocando el voto socialista al artículo 155 de Rajoy, y concluyendo que el problema de Cataluña es España. Ante tal declaración de propósitos, Sánchez se limitó a templar gaitas, pensando en los votos de ERC en el Congreso.

Y en espera de que por fin haya acuerdo en el contencioso de los tribunales, queda una cuestión que sin duda se va a agravar desde el martes: el respeto a la isegoría, exigencia actualizada para hoy como respeto a la libertad de expresión y a la información veraz. Frente a ello, las visiones maniqueas de la política, y las restricciones consiguientes a la isegoría, ocuparán necesariamente la escena desde la exhibición de Pedro Sánchez y sus medios desde que decretó la ofensiva general contra Feijóo. Como consecuencia, la información deviene propaganda, y propaganda agresiva. Los comentarios, y en particular la tertulia posdebate del canal 24 Horas, por no hablar de los órganos oficiales de prensa, fueron toda una muestra de que los medios actúan ya como mastines al servicio del Gobierno, una guerra de palabras que desde el conservadurismo se practicaba ya frente a Sánchez en tiempos de Casado.

 El último riesgo, producto de todo lo anterior, es que España se sume a los países afectados por la llamada viralidad autocrática, es decir a la orientación de líderes y gobiernos que derivan hacia formas de poder personal y de subversión efectiva de la legalidad, según la cual fueron  elegidos. La caída en picado de la adhesión de los ciudadanos a la democracia representativa constituye su soporte social y la vocación caudillista de quien ejerce el poder, el motor de semejante degradación, contagiosa por encima de las ideologías.

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