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Javier Benegas

Esa irritante ceguera de la derecha

«La derecha ha decidido ignorar la realidad que percibe el ciudadano corriente: que el Estado se ha convertido en un sistema que perjudica a la mayoría»

Opinión
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Esa irritante ceguera de la derecha

La «mayoría silenciosa» es un concepto sociológico popularizado por el presidente Richard Nixon en su discurso televisivo del 3 de noviembre de 1969. En esta famosa alocución, Nixon apeló a una «gran mayoría silenciosa» de estadounidenses que, en su opinión, habría permanecido silente y expectante ante la gran agitación que caracterizó la década de los 60. Desde entonces, este inespecífico gran grupo de población ha sido interpelado por los políticos en numerosas ocasiones, no solo en los Estados Unidos, también en otros países democráticos. Y diríase que exhortar a la mayoría silenciosa se ha convertido en un lugar común, una apelación de último recurso cuando las opciones electorales están muy enconadas.

En la actualidad es raro no haber escuchado en alguna ocasión a un político apelar a ese intangible y gran grupo de votantes, de cuyo perfil y verdaderas inquietudes parecen saber poco o muy poco los spin doctor. Así, los políticos, cuando apuntan a la mayoría silenciosa, lo hacen a bulto, confiando en que su disparo surta algún efecto, como si su simple invocación pudiera provocar algún mágico cambio en las expectativas de voto. Pero la mayoría silenciosa por sí misma, sin mayores averiguaciones, no significa nada. Se puede creer en su existencia de igual modo en que se puede creer que hay vida inteligente más allá del planeta Tierra, e invocarla tendrá el mismo resultado que lanzar mensajes de radio al espacio profundo.

Sin embargo, la mayoría silenciosa está ahí, y parece ser cada vez más amplia. Tomemos como ejemplo lo sucedido en Chile. En la segunda vuelta de las elecciones de 2021, sin voto obligatorio, el candidato de la izquierda, Gabriel Boric, obtuvo 4.620.671 votos y el de la derecha, José Antonio Kast, 3.649.367, mientras que el número de electores que no acudió a las urnas ascendió aproximadamente a 6.685.805. Sorprendentemente, en las elecciones plebiscitarias de 2022, con el voto obligatorio, estos resultados se dieron la vuelta por completo: la nueva constitución ‘progresista’, apadrinada por Boric, tuvo 4.860.093 votos a favor y 7.882.958 en contra; es decir, la obligatoriedad del voto hizo aflorar una realidad sociológica muy distinta. Los postulados progresistas que un año antes, sin voto obligatorio, habían triunfado, se demostraron muy minoritarios (38,3% frente al 61,7%).

Desde luego, cabría incluir algunas matizaciones para explicar este fenómeno, por ejemplo, la delirante campaña a favor del ‘apruebo’; el desgaste de Boric durante el primer año de mandato; la percepción de que, con la llegada de la izquierda al poder, lejos de mejorar, la situación en Chile ha empeorado; o el contexto económico, que influye de manera negativa. Pero, por muchos matices que se añadan, una inversión de magnitudes tan extraordinaria en un periodo de tiempo tan corto no tiene explicación… excepto que, en efecto, exista una mayoría silenciosa que no comparte los postulados de la izquierda, pero que, al mismo tiempo, no cree que votar a la derecha vaya a suponer un cambio sustancial en el devenir de los acontecimientos. 

«La izquierda actual tiende a ser minoritaria porque ha degenerado en una coalición de minorías cuya suma no constituye ni de lejos una verdadera mayoría»

Lo que habría que preguntarse entonces no es por qué la izquierda es en realidad bastante más minoritaria de lo que parece, porque la explicación de este punto es bastante evidente: la izquierda actual tiende a ser minoritaria porque ha degenerado en una coalición de minorías cuya suma no constituye ni de lejos una verdadera mayoría. La pregunta pertinente apunta pues a la parte contraria: ¿por qué a la derecha —o al centro derecha— le cuesta tanto movilizar a la mayoría silenciosa?

Parece evidente que el actual marco ideológico en el que se desenvuelve la izquierda, no ya en Chile, sino en numerosas democracias, ha cambiado sustancialmente. La izquierda se ha alejado de las verdaderas preocupaciones de la mayoría para, a cambio, representar los intereses de una serie de minorías. Y cuando atiende a la mayoría obligada por las circunstancias, lo hace de forma tan dogmática e incompetente que, lejos de mitigar sus problemas, los agrava. Lo cual no pasa desapercibido. Sin embargo, cuanto más evidente es su dogmatismo e incompetencia, más empeño pone la izquierda en reafirmarse en su actual marco ideológico, llegando a tachar de extrema derecha a todo aquel que lo discute.

Frente a esta izquierda, la derecha moderada contrapone un supuesto pragmatismo, pero sin entrar en el fondo del asunto, que es la discusión del marco ideológico. Mientras que la derecha más beligerante hace precisamente lo contrario: enfrentar el marco ideológico dejando prácticamente de lado el pragmatismo.

Así expuesto, parece que existen diferencias sustanciales entre la izquierda, la derecha moderada y la derecha beligerante. Y que estas diferencias, ayudadas por la fuerza de las circunstancias, deberían resultar decisivas a la hora de constituir una clara mayoría en las sucesivas elecciones. Sin embargo, lo que prevalece es un empate técnico, con desequilibrios puntuales que no duran más de una legislatura. Desequilibrios que, además, parecen sincronizarse con las crisis económicas; es decir, que son más fruto de la urgencia y de la necesidad de probar suerte a la desesperada que de la convicción del votante.

Frente a esto, se suele argumentar que la derecha tiende a poner el énfasis en la economía y el libre mercado, en perjuicio del Estado de bienestar. Y eso hace que no resulte demasiado atractiva para muchos votantes. Sin embargo, diría que esa convención está bastante desfasada. El problema actual de la derecha no sería ese, sino otro. La derecha habría decidido ignorar la realidad que percibe el ciudadano corriente: que el Estado, más que proporcionar bienestar, se ha convertido en un sistema de extracción de rentas, imposiciones y barreras que favorece a determinadas minorías, pero perjudica a la mayoría. 

Esta anomalía que, en cierta forma, ya analizaba Hernando de Soto en la década de los 80 del siglo pasado, con su libro El otro sendero, se ha agudizado con la pandemia, la postpandemia y, ni qué decir tiene, con la crisis energética. Mucha gente está contra el Estado y no precisamente porque se hayan vuelto liberales o acérrimos defensores del Mercado, sino porque entienden que devino en máquina burocrática al servicio de una minoría. Y no ven ni en la izquierda ni en la derecha políticos dispuestos a abordar esta anomalía, sino más bien a usufructuarla, si acaso con algunos matices.

Algunas personas han descubierto esta realidad de forma razonada, otras la perciben solo de manera intuitiva, mientras que el resto simplemente nota que algo no funciona. Sea como fuere, unos y otros constituyen esa mayoría silenciosa a la que los partidos políticos deberían atender y, sin embargo, no atienden.

Para la derecha moderada el problema fundamental es de gestión. Pero esto no es cierto. Eso es por añadidura. El problema fundamental en realidad es ideológico, en tanto que la acción política está dominada por ideas equivocadas. Así que, o bien rompe con el marco ideológico impuesto por la izquierda, o bien por fuerza tendrá que mantener esas políticas. En cuanto a la derecha más beligerante, los males provienen del globalismo, de sus agentes y de la imposición cultural de la izquierda. Sin embargo, más que identificar demonios, la mayoría silenciosa quiere conocer sus soluciones, por ejemplo, qué va a hacer para combatir la inflación, la crisis energética, el desempleo, el colapso de las pensiones y el deterioro del sistema educativo y sanitario. En resumen, la mayoría silenciosa no quiere simplemente una supuesta mejor gestión, pero tampoco perderse en la niebla de las guerras culturales. Así se explicaría que el PP de Feijóo —»disparado en las encuestas»— tenga unas expectativas del 31,4% de los votos, cuando el PP de Rajoy en 2016, tras perder millones de votantes, tuvo el 33,03%. Y que Vox, después de su rally alcista, se estanque entorno al 14%. Y que en cualquier momento pueda desplomarse.

Es verdad que las encuestas anticipan que la suma de la derecha superaría la mayoría absoluta, mientras que la izquierda retrocedería de forma notable, aunque no proporcional a sus desastres. Pero si analizamos lo sucedido los últimos 20 años, como apuntaba unos párrafos más arriba, la clave no es lograr una victoria puntual a lomos de las circunstancias, sino alterar de forma dramática la deriva de un país que lleva dos décadas rumbo hacia el empobrecimiento y la insignificancia.

En realidad, que la derecha se muestre o menos moderada no es el quid del asunto. La clave es ese empeño en ignorar que el mundo ha cambiado radicalmente para no tener que dirigir la mirada hacia un Estado de bienestar que se ha vuelto parasitario e insostenible, porque los vientos han cambiado. A diferencia del pasado, la energía hace tiempo que se convirtió en un bien limitado y caro, y la transición energética no ha hecho sino agravar este problema; la emergencia de las nuevas economías ha endurecido la competencia en todos los órdenes, también a la hora de adquirir materias primas; las crecientes regulaciones han estrangulado la libre iniciativa; y la natalidad se ha desplomado. En definitiva, tanto a nivel demográfico, como económico o de influencia exterior, Europa está en franco retroceso. Como guinda del pastel, la gran fuerza centrípeta que mantenía la cohesión social de las democracias europeas, la amenaza soviética, desapareció hace tiempo, aunque Putin y Xi Jimping se empeñen en emularla.

En conclusión, lo que la mayoría silenciosa demandaría, aun sin saberlo o sin quererlo conscientemente, es que aquellos que deberían decir la verdad, se la digan. Pero no con el fin de asustarla y sacar ventaja de su miedo, sino para, a partir del reconocimiento de la realidad, proponer cambios y reformas convincentes. En definitiva, reconocer la pésima situación en que nos encontramos pero que la historia no ha acabado. Que nada está escrito. Que lo que suceda en el futuro dependerá de lo que hagamos, porque ha sido siempre y lo seguirá siendo por lo siglos de los siglos.

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