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Rebeca Argudo

El debate lo perdimos todos

«Ayer en el Senado lo que deberíamos haber visto es a un presidente explicando la situación, sin triunfalismos populistas ni victimismos mendaces»

Opinión
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El debate lo perdimos todos

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), y la vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño (c), escuchan la intervención del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. | Juanjo Martín (EFE)

Cualquiera diría, echando un vistazo rápido a los periódicos y las redes, que el martes pasado se emitieron dos debates diferentes. Las interpretaciones son irreconciliables, así que no me atrevería a afirmar rotundamente que unos y otros vimos lo mismo: Sánchez noqueaba a Feijóo en uno y Feijóo tumbaba a Sánchez en el otro. Nada de «la cosa estuvo reñida» o «tuvieron sus momentos». Ni un pequeño «pues no estuvo fino». Era una cosa inapelable. Reconozco que yo fui de los que vio el segundo debate y ni rastro del primero. Y eso que no es Feijóo un candidato que me apasione y que le había vaticinado, yo como vidente no tengo precio (y esto es literal: no daría ni un euro por mis propias predicciones), un ajustadísimo empate a la baja en el mejor de los casos.

Pero no he venido yo aquí hoy a decir que Sánchez me pareció a la defensiva y nervioso, claramente perdedor por su actitud de oposición en un debate en el que se iba a hablar de economía y energía y se acabó hablando de y contra Feijóo, que le traicionó su propio ego. A mí lo que me ha fascinado en el día después es, precisamente, esa polarización absoluta en la percepción de un mismo hecho. El único punto en el que han (hemos) parecido estar todos de acuerdo es en el indecoroso y poco elegante abuso del reglamento por parte de Sánchez, que invertía más de tres horas en interpelar a un Feijóo que solo disponía de veinte minutos contados. Incluso para el más ferviente de sus acólitos es indecente. 

No es que yo esperase que hubiese un claro ganador. No son los debates políticos, por definición, el acontecimiento en el que más fácilmente se pueda cuantificar la calidad de cada contrincante ni la superioridad de uno frente al otro. ¿Han visto alguna vez a un político del signo que sea salir de uno de ellos diciendo que no ha ido muy bien la cosa, que qué acertado ha estado el contrario? Les va en el sueldo. Y quizá el ejercicio nuestro debería ser exigirles estar al menos a la altura de lo que se espera de nuestros gobernantes en un momento como este. Y ayer en el Senado lo que deberíamos haber visto es a un presidente del Gobierno explicando la situación en la que nos encontramos, sin triunfalismos populistas ni victimismos mendaces.

«Me abochornó profundamente el aplauso impúdico de la bancada, como de groupies enloquecidos, el insulto y el ad hominem constante como argumento, las risitas ante el adversario político»

Un presidente que contestase a los requerimientos de la  oposición, cuyo función es precisamente fiscalizar al poder, y dar las explicaciones pertinentes a la ciudadanía a través de las cuestiones de esta, evitando la crispación y demostrando responsabilidad y probidad. Uno que no insulte. Nos merecíamos un presidente con altura moral, alguien capaz de equilibrar por generosidad y honestidad el debate para que este se desarrollase de la manera más productiva para todos, que es al final de lo que se trataba. Quizá el problema no esté tanto en las hinchadas de unos y de otros, en ese no dar el brazo a torcer y ver la paja en el ojo ajeno mientras no reparamos en la viga en el propio, como en que hemos dejado de exigir a nuestros dirigentes que se comporten como tal. Que piensen en el interés general antes que en el propio y actúen en consecuencia.

A mí ayer, independientemente de que ganara uno u otro, de mi propia percepción del debate y de mis filias y fobias, me abochornó profundamente el aplauso impúdico de la bancada, como de groupies enloquecidos, el insulto y el ad hominem constante como argumento, las risitas ante el adversario político. ¿Ese es el respeto que le merecemos los ciudadanos? Si una parte considerable de estos eso le parece legítimo y admirable, una buena manera de hacer política, a lo mejor ese debate lo perdimos todos.

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