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Jesús Montiel

Regreso a la celulitis

«La sociedad en la que vivimos pretende ser atemporal, un presente atomizado: borra la tradición y esconde la muerte»

Opinión
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Regreso a la celulitis

Ray Shrewsberry (Unsplash)

Hace cincuenta años, en las familias, los hermanos pequeños heredaban la ropa de los hermanos mayores. Y los hijos heredaban la ropa de sus padres. De sus abuelos, incluso. De modo que uno podía ver el paso del tiempo en sus vestidos, cuando su brillo se decoloraba o se acartonaba su tejido, por motivo de los muchos lavados. Uno podía leer en ese envejecimiento de la tela su árbol genealógico, además de nuestra mortalidad. Las cosas eran ejecutadas por el paso del tiempo, y el tiempo convivía con nosotros, era parte de nuestra vida.  

«La sociedad en la que vivimos pretende ser atemporal, un presente atomizado: borra la tradición y esconde la muerte»

Ahora no: hemos expulsado el paso del tiempo de nuestra agenda. A la ropa, por ejemplo, no le damos la posibilidad de envejecer. Uno se encamina al centro comercial para que sus modelos no se repitan mucho, porque la camiseta tiene un agujero o una mancha de lejía. También le robamos la vejez a los objetos: si el móvil se avería rara vez lo reparamos, compramos otro o sustituimos nuestro modelo por uno más actual, aunque el antiguo siga cumpliendo su función. Lo mismo ocurre con el coche, la tele, el electrodoméstico. Todo es reemplazado con urgencia, como si nos incomodase la duración. Lo hacemos también con los abuelos, cuando los depositamos en los geriátricos.

La sociedad en la que vivimos pretende ser atemporal, un presente atomizado: borra la tradición y esconde la muerte. Somos partículas de tiempo y por eso, cuando llegue la muerte porque el tiempo no se ha estancado, seremos como niños enrabietados a los que se les ha confiscado su juguete. 

«Habría que hacer un hueco a la duración para que nuestra vida sea completa, dejando que las cosas se estropeen y luzcan arrugas»

Habría que hacer un hueco a la duración para que nuestra vida sea completa, dejando que las cosas se estropeen y luzcan arrugas. No mudar las camisas y conservarlas hasta que se apolillen. Pensar, antes de comprar algo nuevo, si realmente tenemos necesidad. Los monjes zen sugieren no desechar nada si no es necesario. Son adoradores del remiendo, el parche o la rodillera. Pensemos en el wabi-sabi, la filosofía que ensalza lo roto y rellena con oro las grietas de la cerámica. En la casa de mi abuela, los muebles están ajados, pero tienen la dignidad del samurái. A veces, delante de una de las sillas, he sentido el deseo de arrodillarme.

La mesa en la que escribo a diario, construida con madera barata, no fue barnizada y ahora, llena de manchas, está oscurecida por el uso. Muchas veces he pensado en cambiarla por una más firme, que tenga cajones o sea más estética, pero enseguida me arrepiento. Esta mesa que acaricio como a un animal mitológico es para mí una vieja confidente. Me he propuesto llegar a mi última frase a su lado, sin mejorarla. La dignidad de una madera añosa no la conocen las mesas que se fabrican en la actualidad y que lucen un aspecto aseado, con ese brillo sintético tan parecido a las sonrisas que se ostentan en Instagram. Se trata de volver a la celulitis y abandonar la silicona, recobrar la historia de las cosas y dejar el instante-selfie en el que nos hemos instalado, colonizados por internet. 

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