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José Carlos Llop

Ensoñaciones de verano

«Antes la imagen lo era todo, pero ahora se le suma esa expresión tan fea como su significado, que todavía es más feo: ganar el relato»

Opinión
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Ensoñaciones de verano

Sanna Marin. | Europa Press

Me habría encantado ser el objetivo al que miraba, bailando, la primera ministra finlandesa, como dicen ahora, o finesa, como se decía antes. Ser el objeto, en fin, de su sonrisa y mirada, encantada consigo misma y muy satisfecha con la situación. Una situación, por cierto, la de esa danza en grupo que a momentos más parecía la reunión de un equipo de voleibol animándose en el vestuario que un baile en sí mismo. El baile es un lenguaje que insinúa y cuenta y en ese baile de Sanna Marin no se dejaba mucho al equívoco.

Pero en este improvisado deseo mío, me temo que existe un error conceptual. ¿Imaginaba Sanna Marin mirar a alguien cuando la filmaban o sólo se miraba a sí misma? ¿Era como Scarlett Johansson o Jennifer Lawrence cuando se fotografiaron desnudas para su novio y fueron pirateadas y pasto luego de las masas? ¿Dónde empieza el afán de seducción –tan propio de un político– y dónde el mero narcisismo? Todas ellas, por edad, están educadas en la televisión y han derivado hacia la cultura de la imagen y el afán de gustar, bien sea a través de Facebook, bien de Instagram o lo que quieran: medios los hay a mansalva. ¿Dónde, pues, la persona real y dónde el personaje, la máscara, esa necesidad para habitar lo público sin un desgaste excesivo? ¿Dónde la verdad y dónde la mentira? ¿A quién se juzga: a una primera ministra o a una mujer de 36 años? Y lo que es peor: ¿hablaríamos de ella si no poseyera la belleza de una refinada talla gótica, o de una reina de saga nórdica?

En el caso de una actriz de cine –aunque el destinatario de la intimidad fuera su novio, amante o marido– la repercusión pública de esa intimidad se suma a una vida permanentemente bajo los focos. En el caso de una política, hasta sus más fieles desean que haya una parte de su vida que sea privada, reservada a los suyos y a unos pocos. Son públicos distintos, los del espectáculo y los de la política, aunque ésta haya adquirido tantos tics del espectáculo que uno no sabe quién envidia a quién. Pero siguen siendo públicos distintos. De ahí supongo que hayan preocupado las contorsiones danzarinas de Sanna Marin, encantada de posar así de sincopada ante el teléfono de unos amigos. ¿Lo hacía para sus votantes? En absoluto. ¿Para sus rivales políticos, chupaos ésa, cabritos? Tampoco lo parece. El entusiasmo era para sí misma y todo lo demás –incluida mi repentina devoción–, ensoñaciones de verano

Pero al mismo tiempo no es difícil pensar en sus años, que todo lo han de disculpar, parece. A los 34 ser primer ministro –o primera ministra– es insólito; a los 36 marcarse un feliz desmadre festivo y que te filmen, hoy en día es lo normal. La pregunta es si casan ambas cosas y no sé contestarla. Crisis energética, tanques rusos al otro lado de la frontera y una guerra demasiado cerca: Bailad, bailad, malditos era el título de una película americana, pero quizá sea un lema millenial frente a ese otoño de nuestro descontento que anuncian. Y si no, piensen en el otro vídeo del verano, el de la joven, mucho más joven que la primera ministra finesa, que sale con un balónpedista del FC Barcelona y que se contorsiona con sensualidad moruna, que por cierto y al contrario que el de Sanna Marin, me ha dejado más frío que a un pingüino. Será la edad: la suya y la mía. O no sólo. También está la intención y en el caso de la primera ministra o no hay intención más allá de lo que vemos, o es bastante más sana que en el de la joven bailarina enamorada, que reta con un golpe de cadera a quien más alegremente las mueve sobre el escenario. 

Antes la imagen lo era todo, pero ahora se le suma esa expresión tan fea como su significado, que todavía es más feo: ganar el relato. O sea, convertir la falsedad en certeza. Una vez metida la pata, hay que ganar el relato. Ni memoria, ni verdad, ni mandangas: ganar el relato es lo importante y la mentira tan útil como el olvido o el cansancio de los demás. El relato del baile filmado se ha empezado a construir, aunque defectuosamente. Primero faltando a los baby-boomers –mayores que los millenials, claro, pero jóvenes aún– y el gabinete de imagen correspondiente debe de estar de lo más atareado. Siempre se puede echar la culpa a la televisión y a los medios, claro, por hacer de serpiente en el Paraíso y ofrecer la manzana fresca a una sociedad cansada del calor y preocupada por la guerra y la energía en invierno. Sólo un favor: que no lo hagan tan burdo como la pistola argentina de esta semana, o la navajita de la ministra española de hace meses. Sanna Marin –a sus pies me tiene– no se lo merece.

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