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Diogo Noivo

Encolerizar el liberalismo

«A estas alturas pocos dudarán de la existencia de problemas de tomo y lomo con la enajenación identitaria a la izquierda, con la posverdad reaccionaria a la derecha y con el cinismo radical de ambas»

Opinión
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Encolerizar el liberalismo

Pier Paolo Pasolini.

Allá por marzo de 1968, estudiantes y proletarios italianos aunaron fuerzas para hacer implosionar el sistema. Según los jóvenes universitarios, la clase obrera había cambiado: iba a la escuela por la noche, hablaba idiomas, aprendía técnicas y fruía de las humanísticas. Dos clases distintas, pero, al contrario de lo que sucedía en la década anterior, una sola lucha. Todo terminó en embates violentos con la policía en Valle Giulia, cerca de la facultad de arquitectura de Roma.

A pesar de ser creyente en la «profunda religiosidad» del comunismo, Pier Paolo Pasolini no dudó a la hora de tomar partido: «Yo estaba de parte de los guardias/porque los guardias son hijos de gente pobre», mientras que del otro lado de la barricada estaban «hijos de papá», niños «miedosos, indecisos, desesperanzados». Burgueses, por supuesto. Objetó al adanismo juvenil recordando que los trabajadores del Norte abastado no eran representativos del proletariado de Italia. Y no se anduvo con remilgos ante el trágala de los intelectuales pro-revolucionarios, contestándoles que el verdadero objeto de su desprecio eran los adultos que recrean su virginidad con la adulación a los jóvenes. Esta actitud le valió un maremoto de insultos, descalificaciones y de acusaciones de traición a la izquierda. No consta que Pasolini se haya molestado mucho. Sus críticos, sí. 

La respuesta del cineasta y escritor italiano, ejemplar en su ausencia de pánico moral, fue una actitud de resistencia ante lo que tal vez haya sido el primer intento de interseccionalidad, dogma seudocientífico, hoy muy en boga, según el cual el mundo se explica a través de una confluencia de discriminaciones y victimismos basados en diferentes identidades. Una respuesta contundente, quizás no menos dogmática, aunque ciertamente radical.

«A veces hace falta un radical para luchar contra radicales, lo que constituye un problema para el liberalismo: el afán de paz le valió la fama de tibio»

A veces hace falta un radical para luchar contra radicales, lo que constituye un problema para el liberalismo: el afán de paz le valió la fama de tibio. La apuesta por las instituciones, por la separación de poderes y por normas compartidas le da una apariencia formal y aburrida. Peor: la primacía que concede a la razón lo sumerge en un caldo soso y templado, máxime cuando el espacio público se encuentra sometido a emociones desbordadas. El liberalismo ofrece tolerancia y cordura, una postura poco chispeante en una época de pasiones febriles.

A estas alturas pocos dudarán de la existencia de problemas de tomo y lomo con la enajenación identitaria a la izquierda, con la posverdad reaccionaria a la derecha y con el cinismo radical de ambas. Basta con echar un vistazo sobre Europa, donde se subvierten consensos mediante nombramientos políticos que desmantelan costumbres institucionales, se aprueban leyes que enarbolan virtudes ideológicas para crear una moral pública o se normalizan odios nacionalistas gracias a trapicheos parlamentarios. O las muchas universidades donde las ciencias sociales se han convertido en usinas de activismo que, por su dogmatismo militante, es incompatible con la libertad para dudar. No se tratan de simples divergencias existentes en cualquier sociedad, asumidas con normalidad por la tradición liberal. Se trata más bien de un ataque dirigido a las fundaciones que sostienen la convivencia pacífica.

Por eso, acierta Janan Ganesh al escribir en el Financial Times que los liberales tienen que superar la aversión al conflicto. Es que, en materia de conflicto, al paño liberal no le faltan manchas: el amor a la paz indujo a Neville Chamberlain a la contemporización con el totalitarismo nazi; en esa misma década, otros tantos liberales adolecieron de intensa ofuscación romántica durante la Guerra Civil de España; más recientemente, en el caso Rushdie no pocos liberales se equivocaron de lado. No hay que buscar mucho para toparse con nuevos episodios de negligencia timorata: hace tan solo una semana varios diputados del SPD alemán dirigieron una carta al chanciller Olaf Scholz exigiendo el silencio de las armas en Ucrania que, según se lee, no depende tanto de Moscú como del fin del apoyo militar alemán a Kiev.

Nos recuerda Ganesh que no hay nada innato en el liberalismo que lo obligue a la evasión. Y los tiempos no están para faltas de comparecencia. Sobre todo, señala que en la galería hodierna de liberales notables figuran radicales como Winston Churchill, Susan Sontag y Christopher Hitchens. Claro que su radicalismo no deviene de la transformación de convicciones liberales en profesiones de fe. Ni tampoco de acompasar el extremismo de revolucionarios y reaccionarios. Equivale tan simplemente a una actitud apasionada, un celo irredento en el combate a argumentos falaces y peligrosos. Un radicalismo cuya esencia resulta de nunca abandonar debates. Y de un compromiso absoluto con los individuos. Glosando a Edmund Fawcett en entrevista a Daniel Gascón para Letras Libres, un liberalismo que piensa e interpela el presente de forma afilada y cortante.

Acaso la salida para la desazón del liberalismo europeo – entendido como tradición plural y como conjunto de instituciones – pase por tomar prestada de Pasolini su actitud intrépida, aunque sin abrazar la religiosidad ideológica.  Ya de paso, tal vez merezca la pena tomarle también la diferencia que estableció entre encolerizados y revolucionarios: los primeros habitan en el sistema, para cambiarlo y para que este siga vivo; los segundos deniegan el sistema y se le oponen con su perspectiva utópica y moralista. Añade que el encolerizado no tiene por qué ser – casi nunca lo es – un revolucionario, mientras el revolucionario es siempre un encolerizado.

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