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Esperanza Aguirre

Solo sí es sí

«Lo que de verdad quiere esta Ley es ir transmitiendo a los ciudadanos la idea de que si existen los delitos sexuales es por culpa del patriarcado»

Opinión
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Solo sí es sí

La diputada popular Cayetana Alvárez de Toledo. | Eduardo Parra (EP)

En un debate que tuvo lugar antes de la elecciones generales de abril de 2019, Cayetana Álvarez de Toledo, entonces candidata del PP por Barcelona, le dijo a María Jesús Montero, entonces y ahora Ministra de Hacienda: «Dice su programa: ‘garantizaremos con el Código Penal que todo lo que no sea un sí, es un no’. ¿De verdad van a garantizar eso? ¿Penalmente? ¿un silencio es un no? Ustedes dicen que un silencio es un no, y una duda, ¿de verdad van diciendo ustedes sí, sí, sí hasta el final?«.

La brillantez dialéctica de la que luego será fugaz portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso queda presente en esta réplica con la que, de una forma un tanto irónica, descalificaba el proyecto de lo que ya se ha convertido en la Ley, que, para los que no lo saben, se llama «Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual», pero que ya es conocida, y lo será para siempre, por la abreviatura «ley del solo sí es sí».

Sin embargo esta ley no es para tomársela a risa o para hacer burlas de la ilimitada, pintoresca y trágica casuística a que puede dar lugar. Esta ley es otra más –y de las más significativas- del proceso que el gobierno Frankenstein (¿habrá que recordar que quien le puso ese nombre fue Alfredo Pérez Rubalcaba?) está llevando a cabo para que en España se cree un entramado legislativo inspirado por lo que para simplificar llamaré ideología del «wokismo».

Cuando en 1989 cayó el Muro quedó meridianamente claro el rotundo fracaso del socialismo real. Ni la Unión Soviética ni sus países satélites, que ocupaban toda la Europa Oriental, donde ese socialismo se había impuesto hasta sus últimas consecuencias, habían conseguido mejorar lo más mínimo el nivel de vida de ese proletariado, en cuyo nombre se había aplicado. Y cuando los «proletarios» de esos países se compararon con los de los países de la Europa libre y capitalista abrazaron con entusiasmo el capitalismo, al mismo tiempo que los trabajadores de los países libres rechazaban cada vez de forma más clara las propuestas de ese socialismo real, es decir, del comunismo, que habían fracasado totalmente.

Aquello les hizo pensar a algunos en el «fin de la Historia» y en el triunfo definitivo de la sociedad abierta, liberal y democrática, donde el Estado de Derecho y la separación de poderes garantizaban la libertad y la propiedad de los ciudadanos, que son el mejor camino conocido para progresar y prosperar.

«Basar todo el entramado de esta Ley en el concepto del consentimiento explícito hace que toda esa defensa acabe siendo algo indeterminado»

Sin embargo, todos los enemigos de esa sociedad abierta en la que la libertad y la propiedad están garantizadas, al ver cómo el socialismo había fracasado de manera rotunda, no se dieron por vencidos, sino todo lo contrario. Se precipitaron a buscar nuevos sujetos revolucionarios para acabar con la sociedad abierta, nuevos sujetos que sustituyeran a los proletarios, que se habían vendido al capitalismo por la sencilla y poderosa razón de que era el sistema que mejor les ayuda a prosperar.

Y creen que los han encontrado en las minorías que, en algún momento de la Historia, han sufrido algún tipo de discriminación o represión: las mujeres, los homosexuales, los pueblos colonizados o las razas que en algún momento o en algún lugar fueron consideradas inferiores.

En las sociedades abiertas y liberales nadie discute que los ciudadanos pertenecientes a esos grupos humanos fueron discriminados en algún momento y que, en ciertos casos, lo siguen siendo. Por eso, son los países donde la libertad y la propiedad están más garantizadas, es decir, en los países capitalistas y libres de Occidente, donde más y mejor se ha avanzado en el reconocimiento de sus derechos y en la reparación de los errores y horrores del pasado. Como, por ejemplo, España.

Pero ahora, los enemigos de la libertad y de la propiedad, los nostálgicos de esa revolución socialista que fracasó, pretenden socavar nuestra sociedad abierta a base de llevar las legítimas reivindicaciones de esas minorías hasta el extremo de romper con principios esenciales de nuestra sociedad y nuestro Estado de Derecho. Esto se ve claramente en el caso de esta Ley. Por supuesto que el Código Penal debe castigar –y ya lo hace- con especial dureza los delitos contra la integridad sexual de las mujeres y los menores. Pero basar todo el entramado de esta Ley en el inconcreto concepto del consentimiento explícito hace que toda esa defensa que pretende contener acabe siendo algo indeterminado y de difícil o imposible determinación.

Pero eso a Frankenstein le da lo mismo, porque lo que pretende no es la protección de los agredidos sexualmente, sean mujeres, niñas, niños o, incluso, hombres, lo que de verdad quiere esta Ley es ir transmitiendo a los ciudadanos la idea de que si existen los delitos sexuales es por culpa del patriarcado que impera en las sociedades libres, herederas de una tradición para ellos nefasta, y con el que hay que acabar.

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