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Eduardo Laporte

Veranear en septiembre es de melifluos

«Todos son beneficios para este perfil melifluo, y quizá lo sean en una pizarra. Pero la vida es algo más que un análisis DAFO»

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Veranear en septiembre es de melifluos

EP

A menudo escuchamos, con voz campanuda e indisimulado triunfalismo, a ese comensal que se jacta de veranear en septiembre. Se considera parte de una casta superior que ha dado con la cuadratura del círculo. Parte de una élite de outsiders del turismo que viaja cuando todos han vuelto. 

Ese grupo de elegidos se reservan ese as en la manga durante el verano y, mientras los humildes curritos disfrutan de su parcela de libertad con un paellón en la calle Loreto de Denia o un baño en agua helada en alguna playa poco concurrida de Galicia, el último veraneador calla. 

Claro que para saborear su alevosa victoria vacacional tendrá que digerir el relato de las vacaciones de los demás. El placer de los demás, parafraseando irónicamente a Miguel Ángel Hernández. Quien ríe último ríe mejor es el lema de los turistas del ocaso, de los huéspedes del fin, de aquellos osados que aceptan que la tierra es redonda, pero niegan la existencia de las estaciones, del campo mórfico y de las corrientes gravitacionales. Casi nada. 

Llegan, por tanto, con unas considerables raciones de envidia bajo su conciencia. Amén de una colección de noches tropicales de la enésima ola de calor de un cambio climático no que no saben si aceptar o rechazar, y que espantan con la potencia del aire acondicionado que presume sus estancias. El de más frigorías del mercado. Que suden los otros. 

Porque el veraneante de las postrimerías debe gestionar sus fuerzas, mentales y físicas, para llegar entero a sus vacaciones. Aprenderá por ello a disimular su cansancio, su hartazgo, a ocultar su alarmante descenso en la productividad. Claro que nuestro protagonista es cuco y los años de experiencia le demuestran que en verano se rinde a medio gas, que la exigencia se reduce, como el horario, de ahí que opte por largarse a primeros de septiembre. Cuando toca afilar el hacha y decidir la estrategia que seguirá la empresa en este otro año crucial. En ese momento en el que más se le necesita, nuestro viajero simpar escurre el bulto.

«Todos son beneficios para este perfil melifluo, y quizá lo sean en una pizarra. Pero la vida es algo más que un análisis DAFO»

Es más, en cuanto se despida, sonriente, conserje del bloque de oficinas, apagará el móvil y desviará sus correos (Ausente por vacaciones hasta el 25 de septiembre) para colgarse la pulserita roja del todo incluido. Sin colas, a mitad de precio. ¿Turismo de masas? No, gracias. 

Y es cierto que nuestra sagaz viajera a contracorriente encontrará gangas en su agencia de viajes y los touroperadores le harán más la pelota que a Vivian Ward en Sunset Boulevard. Y que podrá dormir sin dejar un corroncho de sudorina a su alrededor así como hacer alguna actividad en las horas centrales del día. 

Todos son beneficios para este perfil melifluo, y quizá lo sean en una pizarra. Pero la vida es algo más que un análisis DAFO. La vida que puntúa es aquella en la que uno puede exponerse a la aventura, a vivir un amor de verano como los personajes de las pelis de Rohmer. A buscar el rayo verde en el parque de Santa Bárbara, junto a la bahía de San Juan de Luz cuando aún el sol es generoso. A mezclarse con los demás veraneantes que no reniegan del azar y sus caprichos, como le pasa al personaje de Cuento de verano, también de Rohmer, en esa Bretaña que no luciría igual en septiembre. (De hecho, en Francia, al menos hasta hace unos años, el paso del 31 de agosto al 1 de septiembre es lo más parecido a un Pobre de mí vacacional. Del todo a la nada en 24 horas). 

El turista programático se pierde ese dichoso tedio de las cigarras del mediterráneo que nos hacen creer que por fin lo hemos conseguido: el tiempo se ha detenido. En su resabiada satisfacción septembrina, le tocará en cambio lidiar con algún que otro chubasco que empañe sus fotopiés de aquí sufriendo. Y, mientras deambula por galerías de arte vacías al atardecer antes de pedirse un gofre en la última crepería abierta de Carcassonne desde la que enviará sus postales extemporáneas que nadie espera, una gélida sombra de duda le recorrerá el espinazo. 

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