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Antonio Elorza

El precio de una coalición

«Pablo Iglesias no solo ha incidido en puntos clave de la gestión de Sánchez sino que ha potenciado los rasgos más negativos de la personalidad del presidente»

Opinión
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El precio de una coalición

El exvicepresidente del Gobierno y exlíder de Podemos, Pablo Iglesias. | Europa Press

Fue el día de la gran manifestación de Podemos en la Puerta del Sol, en el curso de la cual Juan Carlos Monedero reveló su doble alma de izquierdista y de hombre procedente por vía familiar de la extrema derecha. Puesto a defender a la Grecia de Varuflakis contra la agresión capitalista, al terminar su intervención gritó: «¡Arriba Grecia!». No fue la única sorpresa de la jornada, dado que antes de acabar la retransmisión, recibí una llamada sorprendente, puesto que al otro lado del teléfono se encontraba Pedro Sánchez. Estaba preocupado por el desgaste que le pudiera suponer un artículo mío en El País criticando el voto parlamentario socialista a favor de la reforma del Código penal con la prisión permanente revisable. Le tranquilicé diciendo que mis artículos tenían una eficacia muy reducida y que por el citado no iba a perder voto alguno. Hablamos brevemente de otras cuestiones, pero era claro que su único interés era el relativo al efecto electoral de la crítica.

Si no personalmente, de modo indirecto tuve una nueva relación con el presidente en vísperas de las últimas elecciones. Un ministro me invitó a mantener una conversación en la cual yo le expusiera ideas de cara al inminente debate electoral en noviembre de 2019. Lógicamente el tema central fue Podemos. Por mi conocimiento de su grupo dirigente, y en particular de Pablo Iglesias -nieto de un entrañable amigo mío socialista-, desde los días en que se llamaba Contrapoder, en la Facultad y en mi Departamento, yo compartía con Pedro Sánchez la profunda desconfianza ante un gobierno de coalición bicéfalo. En todo caso podía ser planteado, incluso en beneficio de UP, el ensayo de su presencia en un área de gobierno, similar a la abortada en la Italia de los años 70 por el asesinato de Aldo Moro, que de una colaboración eficaz cediera luego paso a la compresencia en el gobierno.

Tal y como advirtió Iglesias poco después de ser nombrado vicepresidente, su ambición no se agotaba ahí, era ser presidente; colaborar no encajaba en una psicología orientada entonces y ahora al caudillismo. Había que frenarle para aprovechar el impulso de UP hacia el cambio, de modo que la relación con el poder limase su espíritu antisistema. Su presencia en el gobierno como fuerza inmadura y radical, potenciaba en cambio la inclinación egolátrica del líder, y la tendencia a desestabilizar todo aquello que no estuviera bajo su control.

La conversación con el ministro acabó en términos muy positivos. Cuando Pedro Sánchez aceptó el abrazo del oso para gobernar, me hizo un breve comentario: «¡No hubo más remedio!».

La cascada de valoraciones sobre el funcionamiento en general de este gobierno de hermanos enemigos, y de cada uno de sus componentes, suele olvidar un aspecto relevante: hasta qué punto la presencia destacada de Pablo Iglesias, no solo incidió sobre puntos destacados de la gestión de Sánchez, sino que ha potenciado los rasgos más negativos de la personalidad política del presidente. No hay que juzgar a Iglesias por sus propuestas concretas o sus apreciaciones sobre la realidad política, sino por la presión constante que se deriva de su ambición de poder.

Algo de eso se está viendo ahora con el cerco al proyecto político de Yolanda Díaz, nada existe por si mismo; cuentan únicamente el rendimiento o el perjuicio que le causa cualquier iniciativa. Para apuntalar el cerco, Iglesias ha utilizado esta vez su disposición a servirse de sus relaciones sentimentales para instalar a las favorecidas por las mismas en puestos de dirección bajo su control, una curiosa variante de feminismo. No duda tampoco en esconderse como buen demagogo, ahora disfrazándose de supuesto militante de base de UP.

«Para la izquierda española, Pablo Iglesias ha sido y sigue siendo un político contaminante»

El resultado, tanto antes dentro del gobierno como ahora fuera, es que el juego político resulta bloqueado por sus reiteradas interferencias y maniobras. Díganselo a Yolanda y a su Sumar. En contra de su apariencia y de su pretensión, Pablo Iglesias no ofrece ideas y análisis originales, ni sobre política exterior ni sobre la economía, ni sobre casi nada; solo consignas de añeja procedencia, envueltas en una cascada de falsas evidencias. Para la izquierda española, Pablo Iglesias ha sido y sigue siendo un político contaminante.

Además, no le hacía falta a Pedro Sánchez que le animaran a realzar su gusto por el poder personal y la tentación de adoptar simplificaciones maniqueas al abordar los conflictos políticos. En lo primero, los ejercicios reiterados de autoafirmación por parte de Iglesias, suponían un reto y una invitación a Sánchez para superarlos. Gracias primero a Iván Redondo, a su posterior equipo de asesores, o a sus condiciones de autodidacta, Pedro Sánchez se ha convertido en un virtuoso del liderazgo autoritario, tanto sobre su partido como hacia el resto del país, comprendida su clase política. Con Casado al frente del PP, el maniqueísmo resultante llegó a los máximos niveles de eficacia. Ahora con el juicioso Feijóo, las cosas son más difíciles, pero para eso está su aparato de poder dispuesto a machacar todos y cada uno de los movimientos de la oposición. La relativa proximidad de las elecciones de 2023 sirve de aliciente para forzar la máquina en ese sentido, sin que parezca importar el deterioro que experimenta el clima político.

«El autoritarismo personal del presidente parece requerir la formación de una pirámide institucional sometida a su mando»

Debajo de la superficie, los problemas son más graves. El «diálogo» convertido en mantra para resolver todo tipo de cuestiones, ha pasado a convertirse sobre Cataluña en negociación, y en negociación de contenido cada vez más preocupante. La razón principal es que, o bien Pedro Sánchez carece de ideas sobre el problema catalán, o las que tiene o le pueden proporcionar los antecedentes federalistas del PSOE, no le interesan. La única lógica discernible, en este como en otros casos, es que todo se subordina a las exigencias de ERC para mantenerle ahora y luego en el gobierno. El problema reside en que si Sánchez, Bolaños y demás navegan en el vacío, Pere Aragonés sí tiene las ideas muy claras, según explicó después de la reunión del 15 de julio: están bien las concesiones -perdón, el fin de la opresión- que van ahora a alcanzar, con la «desjudicialización» en primer plano -es decir, el desarme jurídico del Estado frente a una nueva declaración unilateral-, más ventajas económicas, pero el objetivo final sigue siendo irrenunciable: la autodeterminación. Sánchez calla. No cabe excluir que nos encaminemos hacia un Estado dual, con cortinas de humo que nublen una soberanía catalana de facto.

De paso hay que someter el poder judicial, y sobre todo el TC, al Ejecutivo, por encima de las directrices europeas. El hecho de que la ejecutoria del PP en este terreno haya sido todo menos ejemplar, no es consuelo suficiente. El autoritarismo personal del presidente parece requerir la formación de una pirámide institucional estrictamente sometida a su mando. Por encima de los aciertos en la gestión económica, el tiempo de pandemia ha sido un campo de ensayo para tal orientación.

En este punto entra también en juego el peso de la coalición con Podemos, aparentemente reducida a sobrevivir ambos en el marco de un divorcio de conveniencia, pero que reveló toda su importancia en el discurso de Pedro Sánchez sobre el estado de la nación. A la eficaz gestión socialdemócrata de la extraña pareja compuesta por Yolanda Díaz y Nadia Calviño, ha sucedido, desde la política de subvenciones a los impuestos de relumbrón y los gadgets a los jóvenes, una deriva hacia el populismo. La exigencia de luchar contra la inflación se materializará en medidas verosímilmente inflacionistas. Como en el viejo filme, más dura será la caída.

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