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Juan Carlos Laviana

La crisis de la objetividad

«En las primeras décadas de este siglo las redacciones se están llenando de periodistas intencionales, activistas que quieren cambiar el mundo»

Opinión
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La crisis de la objetividad

Fotograma de la película 'Un día más con vida' basada en un relato autobiográfico de Ryszard Kapuscinski.

Equidistancia, neutralidad, imparcialidad, neutralidad, ecuanimidad, pluralidad, objetividad son conceptos que han perdido su sacralidad en la prensa. Hoy esos viejos valores están siendo cuestionados sobre todo entre las nuevas generaciones de periodistas, los nativos digitales, que las consideran obsoletas. Ya no los encuentran  útiles para unos nuevos medios que, pese a quien pese,  siguen teniendo el deber de ser justos. Y ser justos no significa que los informadores impartan la  justicia. Tal vez por eso,  cada vez nos encontramos más opinión en los medios e, incluso,  más noticias plagadas de valoraciones personales. El problema, ahora -en realidad lo ha sido siempre-, es saber qué es lo justo y, sobre todo, quién decide lo que es justo. 

Cada día más, el  periodismo subjetivo suple el viejo consenso de la objetividad. Parece que hubieran triunfado las tesis del en un  tiempo discutido y hoy idolatrado Ryszard Kapuscinski,  «El verdadero periodismo es intencional -dejó escrito el reportero polaco-, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún  tipo de cambio. No hay otro periodismo posible». En suma, que hay que tomar partido, algo denostado en las últimas décadas del siglo pasado y que en las primeras décadas de este siglo está llenando las redacciones de periodistas intencionales, activistas que pretenden cambiar el mundo.

No dejamos de oír máximas como «hay que silenciar a Vox», «Podemos es un fenómeno creado por los medios», «¿por qué damos voz a alguien como Arnaldo Otegi?», «Inda no debería estar en un programa de televisión», «hay que establecer un cordón sanitario en torno a ciertos personajes que se dicen periodistas» o «el de los pinchazos es un fenómeno creado por los medios para atemorizar a las mujeres».

Ya se intentó, en un tiempo, no dar publicidad a los terroristas informando sobre sus atentados, escondiendo los asesinatos en míseros breves. La misma BBC lo practicó con el IRA. ¿Cuál fue el resultado? Los terroristas recurrieron a atentados cada vez más sangrientos, hasta que la prensa ya no pudo silenciarlos y no tuvo más remedio que sacarlos a primera página,  darles la valoración informativa que tales noticias se merecían. Hoy, con las redes sociales, el intento sería aún más vano. El mal no va desaparecer porque nosotros lo ignoremos.

«Incluso la prensa seria cayó en la trampa de Trump al entrar en debates inventados y sirviendo de altavoz de falsedades interesadas»

El debate, como casi siempre, lleva tiempo abierto en Estados Unidos. María Ramírez, en su magnífico libro El periódico (Debate) explica con detalle los argumentos esgrimidos por unos y otros con la irrupción de Trump en la política. El presidente arremetió contra los medios tradicionales con virulencia, él mismo y su legión de seguidores utilizaron con habilidad las redes sociales para dominar la agenda pública, para lanzar fake news o para realizar campañas de desprestigio. Medios afines -como la Fox- siguieron su juego, medios radicales de izquierda intentaron responder con sus mismas armas. Incluso la prensa seria cayó en la trampa al entrar en debates inventados y sirviendo de altavoz de las falsedades interesadas  El resultado, un ecosistema informativo enfangado, anárquico, sin reglas del juego,  en el que mandaba la tan rentable indignación y en el que dejó de distinguirse la información de la propaganda, la verdad de la mentira.

Cuenta María Ramírez como  Yochai Benkler, profesor  de la Facultad de Derecho de Harvard y director de un centro de la Universidad especializado en el estudio de Internet, animaba a sus alumnos a  «reflexionar sobre la objetividad».  El  concepto, que las escuelas de periodismo de todo el mundo intentaron inculcar a sus alumnos durante años, se había quedado obsoleto. Un concepto, explica la autora, que, «supuestamente, según los críticos de principios de siglo, sólo servía para trabajar en el New York Times». «Benkler no nos pedía renunciar al ideal de objetividad como un intento de ser justos con las fuentes o la realidad  que intentábamos describir, pero nos animaba a que pasáramos de la objetividad como una ‘presentación de neutralidad’ a la objetividad como ‘una rendición de cuentas transparente’».

Es decir, la objetividad sería un ideal. Algo a lo que aspirar, pero inalcanzable, que se quedaba en un intento. Como la felicidad o el bien común, un norte hacia el que hay que tender y cuyo fin está en quedarse lo más cerca posible de la meta.  

«Si eso hace que vuestras historias favorezcan siempre a una parte» -continuaba la explicación del profesor-, «puede que no signifique que no sois ecuánimes, sino que la realidad está muy sesgada. Si no informáis sobre la realidad muy sesgada correctamente, acabáis donde estaba el periodismo sobre el cambio climático hace veinte años, creando la falsa impresión de que hay un desacuerdo científico auténtico cuando los hechos ya son conocidos».

«El día que asumamos que la objetividad no existe, ya no deberíamos hablar de periodismo, sino de propaganda»

El debate, tras la victoria de Trump, se centraba, según Ramírez, sobre «el grado de distancia exacta, si es que se puede medir, que debe tener el periodista respecto  a los acontecimientos». Y expone una serie de preguntas que se planteaban entonces y que deberíamos seguir planteándonos ahora. «¿Era más importante el papel de periodista que el de ciudadano en una causa como la lucha contra el racismo? ¿Quedarse en los márgenes no era un ejercicio más de equidistancia como el que hacían demasiado a menudo los periodistas de los medios más respetados? En un mundo tan partidista, ¿era más importante preservar nuestra independencia? ¿No sería mejor centrarnos en informar sobre los hechos que resquebrajan la vida? ¿Existía la objetividad?»

Preguntas incómodas, pero que exigen inmediata respuesta si queremos mantener el prestigio tan socavado hoy de nuestros medios. El día que seamos tan descreídos como para asumir que la objetividad no existe, ¿qué sentido tendría esta profesión? Igual que si creemos que la justicia no existe, ¿qué sentido tendría luchar por ella?  Ese día ya no deberíamos hablar de periodismo, sino de propaganda. 

Incluye María Ramírez un párrafo de la declaración de principios y valores de la agencia Associated Press, muy parecido a otros que se pueden leer  en los arrinconados libros de estilo de nuestros medios. En el mundo digital en que vivimos, su contenido nos puede parecer desfasado e, incluso, represivo para la libertad individual de los informadores. Pero no estaría de más revisarlo más a menudo.

«Aquellos que trabajan para AP deben ser conscientes de que las opiniones que expresen pueden dañar la reputación de la agencia como una fuente no sesgada de noticias. Deben evitar declarar sus puntos de vista sobre asuntos públicos controvertidos en cualquier foro público, sea a través de blogs, redes sociales, páginas de comentarios, peticiones, pegatinas o pines. No debe participar en manifestaciones  para apoyar causas o movimientos, ni contribuir a ellas de ninguna manera».

Se puede estar de acuerdo o no. Lo que está claro es que necesitamos más reflexión, más frialdad, más serenidad a la hora de plantearnos estas cuestiones para fortalecer y dignificar el periodismo. De lo contrario, pronto vendrá alguien a imponernos la nueva objetividad y ya sabemos lo que eso significa. Nueva normalidad, nueva realidad, nuevo orden…

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