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David Mejía

Sobre el totalitarismo

«El grado de trastorno de nuestra discusión pública es tal, que quienes aplauden la imposición del monolingüismo en una comunidad bilingüe se arrogan el título de defensores de la diversidad»

Opinión
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Sobre el totalitarismo

El consejero de Educación catalán, Josep González-Cambray. | Europa Press

En verano todo descansa, menos el nacionalismo. Informaba ayer el diario El Mundo de que la Generalitat, a través de su departamento de Educación, ha remitido una directriz instando a los centros a imponer el catalán como lengua única en todos los ámbitos del ecosistema educativo durante el próximo curso. El castellano queda borrado -por supuesto- de la enseñanza, pero también de las actividades extraescolares, las comunicaciones administrativas, la rotulación, incluso el comedor. Lo más triste de esta información es que no sorprende a nadie. Sin ser novedad, esta nueva embestida nacionalista logra ser noticia por lo que tiene de respuesta a la sentencia del TSJC, que obliga a los centros a impartir al menos un 25% de horas en castellano. Esta desobediencia indisimulada de la ley tampoco es una novedad, pero combatir el nacionalismo es batallar contra la normalización de conductas antidemocráticas. 

«¿Es necesario explicar que el nombramiento de un ‘coordinador lingüístico’ para vigilar los usos del idioma dentro y fuera del aula, es un gesto totalitario?»

Para usted y para mí resulta tedioso volver por enésima vez sobre lo evidente. ¿Para qué repetir que el castellano es la lengua cooficial y mayoritaria en Cataluña, o que la Generalitat vulnera los derechos de los escolares negándoles una educación bilingüe? ¿Es necesario explicar que el nombramiento de un «coordinador lingüístico», como exige el documento, para vigilar los usos del idioma dentro y fuera del aula, es un gesto totalitario? ¿De qué sirve insistir en que los argumentos del nacionalismo son falaces («el español no está en riesgo de desaparición») o fascistas («debemos normalizar a los castellanohablantes»)?. Es inútil corear los argumentos; quienes tienen la capacidad frenar esta cadena de abusos han decidido, por convicción o conveniencia, colaborar para que se perpetúen. 

Para colmo, a los colaboradores necesarios del totalitarismo etnolingüístico les gusta dar lecciones de pluralismo. El grado de trastorno de nuestra discusión pública es tal, que quienes aplauden la imposición del monolingüismo en una comunidad bilingüe se arrogan el título de defensores de la diversidad. Para ellos, la única urgencia lingüística en el Estado español es lograr el plurilingüismo en el Parlamento y el monolingüismo en las comunidades bilingües. Un plan que solo es coherente si el objetivo es avanzar hacia la estigmatización del castellano.

Leo que esta semana se reunirá la mesa de diálogo. Más allá de la pompa y gravedad que quieran darle los participantes, solo habrá un asunto a debate: el precio que el Gobierno pagará para conservar el apoyo parlamentario de ERC. Ese importe no se mide en euros, sino en centímetros: ¿qué distancia permitirá el Gobierno recorrer al rodillo nacionalista, y cuántos derechos caerán a su paso? 

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