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Jordi Bernal

Una Generalitat de gobierno imposible

«El pacto contra natura entre los restos del naufragio convergente y ERC no podía salir bien»

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Una Generalitat de gobierno imposible

Pere Aragonès, presidente de la Generalitat. | Europa Press

La mesa de diálogo que se celebra hoy escenifica la inane acción de un gobierno de la Generalitat sumido en la más triste de las apatías. Frente a un Sánchez acorralado por las encuestas y las acongojantes perspectivas económicas, se encuentra un Aragonès con un panorama interno al borde de la quiebra. Tiene a la segunda autoridad de la autonomía aferrada al sillón y con el hombre de máximo confianza de ésta protagonizando escandalosos amedrantamientos a periodistas. El pacto contra natura entre los restos del naufragio convergente y ERC no podía salir bien.

Siempre se llevaron a matar. Jordi Pujol dejó dicho que con los de Esquerra no se podía ir ni a la esquina. Cierto que los muchachos de ERC son proclives a liarla parda y autodestruirse cuando tienen las llaves de la gobernabilidad (recordemos a ese Carod-Rovira reuniéndose con ETA cuando estaba de presidente de la Generalitat en funciones) pero, a diferencia de los retoños convergentes, no se creen dueños del terruño. Desde los tiempos de Pujol, los convergentes han tenido la manía de creerse que Cataluña era de su propiedad y, a partir de tal premisa, hacer y deshacer por esos lares a su antojo y disfrute. Lo que está pasando pues ahora con la señora Borrás y su compinche Dalmases no es más que la enésima representación esperpéntica de una concepción patrimonialista de la autoridad. 

Aragonès podrá insistir con su mesa de diálogo en una suerte de partida de mus inverosímil que ni él mismo se cree. Poco importa ahora que tradicionalmente los políticos catalanes no hayan sido hábiles jugadores de naipes, lo significativo es el tiempo muerto en el que vive instalado la política catalana sin más perspectiva que un cambio de escenario en la política española. 

«Si Vox, tal y como señalan las últimas encuestas, retrocede motivado por el auge del PP, el enfrentamiento nacionalista le puede ir de perlas para subir la moral de la tropa y recuperar terreno perdido»

Después del fracaso del procés y viviendo en el peligro de la ruptura permanente, al gobierno catalán solo le queda la escenificación de una espera con un puñado de irrelevantes propuestas que sabe que no van a prosperar, como la reforma del delito de sedición. No son más que mínimos objetivos que poder vender a su asombrada parroquia. Sin embargo, toda paciencia tiene sus límites, y de aquellas épicas soflamas de liberación nacional, el movimiento independentista ha quedado reducido a la oscura y prosaica negociación del articulado del Código Penal. Es por ello que sabe que la pantomima tiene una fecha de caducidad y esa no es otra que las próximas elecciones generales. 

Nada haría más feliz al desgobierno de la Generalitat que una victoria de las derechas en España. Nada más placentero que un Gobierno del Partido Popular y Vox. Se acabarían los pactos con Sánchez y la molesta justificación de los problemas de financiación que sufre Cataluña; la mesa de diálogo dejaría de ser un quebradero de cabeza impostado y podría sustituirse otra vez por la cómoda posición de la víctima vitalicia; de nuevo, como en los buenos viejos tiempos, la amenaza de la desobediencia se convertiría en un magnífico subterfugio para distraer de la ineficiencia y la pésima gestión.

No sería de extrañar que algunos de los más devotos dirigentes del independentismo catalán rueguen en sus oraciones porque las derechas se impongan en las próximas elecciones generales. También podría convertirse en un win-win. Si Vox, tal y como señalan las últimas encuestas, retrocede motivado por el auge del PP, el enfrentamiento nacionalista le puede ir de perlas para subir la moral de la tropa y recuperar terreno perdido. De esta manera, viviríamos una extenuante exhibición de imposturas patrioteras, que, ahora mismo, es lo último que necesita este zozobrante país.  

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