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Juan Carlos Laviana

La batalla de la confianza

«Que la confianza en los medios ha disminuido es un hecho: en 2013 confiaba en ellos el 57% de los españoles y en 2022, solo el 43%»

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La batalla de la confianza

Un kiosko en Santiago de Compostela. | Juan Gómez (Unsplash)

La desconfianza de los ciudadanos en los medios de comunicación se ha convertido en tendencia. Es raro el día que no nos encontramos entre los Trending Topic alguna referencia a lo poco de fiar que somos los periodistas. No sólo proliferan como nunca antes las encuestas sobre el crédito de los medios, sino que se airean hasta la saciedad, especialmente en las redes sociales. Los ataques de la clase política son cada vez más virulentas. Cualquiera diría que medios y periodistas son objeto de una campaña de desprestigio sospechosamente bien articulada. 

Hace unas semanas, Joe Kahn, el nuevo director del New York Times, en una muy interesante entrevista de Fernando Belzunce en ABC, alertaba de un nuevo gran peligro para los informadores. A la pregunta de «¿Cuáles son los riesgos más importantes para los periodistas hoy en día?», respondía que el mayor es, obviamente,»el riesgo físico» que corren cuando se desplazan a zonas de conflicto. Pero añadía -y aquí está lo novedoso- que en segundo lugar está «el riesgo sicológico, debido a las campañas de acoso que reciben en las redes sociales». Y concluía: «Son dos riesgos que nos tomamos muy en serio».

Que la confianza en los medios ha disminuido es un hecho. Según un reciente estudio de Metroscopia, en 2013 confiaba en los medios el 57% de los españoles y en 2022, solo el 43%. «Pasaron [los medios] de ser el segundo motor de la democracia y la representación de la exigencia social de ética y transparencia a ser mirados con recelo», escribía Fernando Ónega en La Voz de Galicia, a la vez que calificaba la caída de «muy dolorosa».

Por primera vez en los nueve años que se lleva realizando el Digital News Report España  para el Reuters Institute, ningún medio supera la confianza de más del 50% de los encuestados. Además, el 83% dice que hay una dependencia de los medios de grupos de presión políticos y empresariales. El estudio presenta un panorama desolador.

Las causas de esta creciente desconfianza son múltiples. Pero llama la atención, y bien pudiera ser el motivo, que los españoles cada vez se informan menos a través de medios acreditados y cada vez llegan más a las noticias (el 62%) a través de los algoritmos de las redes sociales.

El profesor de la Universidad de Navarra Francisco J. Pérez Latre, en un artículo aparecido en The Conversation, lo atribuye a una tendencia generalizada en todos los sectores. «Hoy -escribe-, con frecuencia los consumidores no confían en sus marcas; los votantes, en sus políticos; los clientes, en sus agencias; las audiencias, en los medios; los empleados, en sus jefes y empresas, y así sucesivamente. Una de las grandes preguntas de nuestra época es en quién podemos confiar«.

También explica factores propios del sector de la comunicación. como «la lucha por la audiencia que lleva a contenidos menos de fiar» o lo que se ha dado en llamar «fatiga de las noticias», a causa de la sobreinformación. Y describe un paisaje deprimente: «empresas en peor situación financiera que elaboran contenidos de menor calidad, producidos por profesionales menos expertos, que tienen empleos más precarios y salarios más reducidos».

Pérez Latre es especialmente crítico con los editores y hace especial hincapié en la falta de formación . «El historial de la industria de los medios a este respecto es poco ejemplar -denuncia-. Sus directivos no dedican suficiente tiempo y atención a la creación de equipos. En este caso, el verbo ‘invertir’ es verdaderamente preciso: los recursos que se destinan a aumentar la experiencia y el compromiso del personal solo se ‘amortizan’ a largo plazo.

«Los periodistas tenemos un reto enorme por delante: revertir ese sentimiento de desconfianza de los ciudadanos y demostrarles que no todos somos iguales»

«La calidad de los contenidos -continúa- está relacionada con la motivación y las condiciones de trabajo de las personas que los elaboran. Hoy las profesiones de la comunicación pueden considerarse un paradigma de la sociedad del burnout. Para fomentar un clima de crecimiento e innovación resulta imprescindible facilitar la formación del talento».

Coinciden todas estas opiniones y estudios con lo que algunos ya ven como una campaña contra la prensa. ¿A quién interesa desprestigiar a los medios? De un lado, está claro que al poder, para quien inevitablemente resulta molesta. Un poder que está contribuyendo sin disimulos a esa creciente desconfianza del ciudadano. Se suceden síntomas claros de esa animadversión a los medios tradicionales. Como las palabras del propio presidente Sánchez cuando se refirió hace unos días a «terminales mediáticas» de «ciertos poderes» para los que «este Gobierno no es cómodo». O la pretensión del ministro  Marlaska, según se supo la semana pasada, de prohibir a los agentes del orden hablar con los periodistas. 

Los ataques y limitaciones al trabajo de los periodistas por parte de partidos como Podemos y Vox son continuas desde el mismo momento de su nacimiento. Ambas formaciones siempre se han mostrado partidarias de saltarse «al intermediario» de la prensa y dirigirse directamente a sus seguidores a través de las redes sociales o sus propios medios.

De otro, los más beneficiados por el desprestigio de la prensa, son los nuevos agentes de la comunicación, es decir redes sociales, agregadores, etc., donde se difunde y airea sin cortapisas todo aquello que pueda calar en la opinión pública en detrimento de los medios. 

Retomando la entrevista con Kahn, el director del New York Times también manifestó su preocupación por el aumento de la  desconfianza hacia los medios tradicionales, que se multiplicó durante la presidencia de Trump a través de las redes sociales. «Pensamos mucho en estos temas», asegura, y revela algunas iniciativas tomadas en su diario: más transparencia en la forma de trabajar, «mostrar el día a día de la redacción», «ser más abiertos y comunicativos con el  mundo exterior y no parecer una torre de marfil», o la puesta en marcha de «nuevas narrativas que ayudan a levantar el telón del proceso periodístico para que sea más digno de confianza».

Los medios y los periodistas tenemos un reto enorme por delante. Algo en lo que sobre el papel somos expertos: la batalla de la opinión pública, para revertir ese sentimiento de desconfianza de los ciudadanos y demostrarles que no todos somos iguales. Que a veces nos equivocamos, sí, pero que somos de fiar.

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