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Pablo de Lora

Los Garicano boys y los ciudadanos bisagra

«Hubo algo profundamente cautivador en la aparición de Ciudadanos y esos Garicano boys (and girls): una cierta actitud en relación al votante potencial, un tratamiento que, de repente, a mí al menos, me permitía ser considerado como adulto»

Opinión
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Los Garicano boys y los ciudadanos bisagra

Luis Garicano. | Europa Press

Había algo profundo, y profundamente revolucionario, en la irrupción de muchas de esas gentes que nutrieron el partido Ciudadanos cuando decidió dar el salto desde Cataluña a la política española. Entre ellos Luis Garicano, el eurodiputado que esta semana ha anunciado su abandono de la actividad política institucional

No se trataba sólo de la audacia de quien, siendo un prestigiado economista formado en la Universidad de Chicago, se animaba a saltar a la «trituradora de carne» en que consiste la política española; no era sólo la aparición de una nueva agenda política en la que se incluían asuntos tabúes pero que en la conciencia de muchos electores debían ser puestos sobre el tapete (un desafío sin ambages al nacionalismo etnicista, la regeneración institucional, los privilegios germinados sobre reaccionarios derechos históricos en algunos territorios, la corrección de un sistema electoral profundamente desigualitario, sugerentes reformas en nuestro rígido mercado laboral, la crítica inteligente al moralismo legal, a los excesos de la legislación en materia de violencia contra las mujeres, etc.); no fue sólo, al fin, que tras los micrófonos, en los debates electorales o en las comparecencias, aparecieran individuos como Garicano, «técnicos», sí, es decir, que pueden entender el crecimiento exponencial de los contagios de una pandemia, los intríngulis de la normativa bancaria y sus efectos y cómo y porqué se debía mutualizar la deuda pública en Europa, y además transmitir sus diagnósticos y soluciones con enorme capacidad didáctica y una elegancia dialéctica desacostumbrada. Fue algo más, un cierto talante, una actitud que al final me animo a conjeturar. 

Una buena métrica para ponderar la fabulosa inquietud trastornada que el auge de Ciudadanos supuso para los «partidos tradicionales» consiste en tasar los fariseos lamentos expost ante sus fracasos o ante la constatación de que no acababa de ser lo que estaba destinado a ser. Y todo ello apuntado con el dedito acusador y alguna gráfica politológica campanuda de quienes jamás se plantearon concederle su confianza con el voto. Si Ciudadanos cumplía una promesa electoral por fidelidad a sus electores y bajo la sospecha – a posteriori ratificada hasta la náusea- de que su posible aliado no era fiable, mal.

Si la hubiera incumplido, tratando de reeditar el acuerdo con el PSOE de 2016, peor: «veleta» sin principios. «Usted representa la peor de las tradiciones políticas españolas, la que no tiene más ideología que su cercanía con el poder. Usted, señor Rivera, hubiera sido líder del Komsomol en la Unión Soviética y jefe de escuadra en nuestra posguerra». Así habló el entonces buen compadre del periodista Ferreras, y hoy su enemigo acérrimo, en la tribuna del Congreso de los Diputados en la sesión de investidura de 2 de marzo de 2016 en la que Pedro Sánchez pudo haber sido investido Presidente del Gobierno gracias a su coalición con Ciudadanos. Podemos prefirió que siguieran gobernando los, para ellos -entonces, ahora y por los siglos de los siglos amén- «herederos del franquismo». Sí, vuelvan a masticarlo: Iglesias con su voto en contra optó por dar continuidad en el poder a los «herederos del franquismo», a los de los «recortes salvajes» etc.  

Ciudadanos siempre mal, y siempre con una saña inaudita en la censura por lo que se hizo o no debió hacerse, incluso cuando el rigor mortis ya hace presagiar la más que probable descomposición irreversible del cadáver. El diputado Pau Mari Klose ha vuelto a dar muestras de ese hacer leña del árbol caído con un comentario a la despedida del eurodiputado Garicano cuya falta de elegancia y pertinencia tasa con precisión su calidad moral. 

«No hay partido político que pueda tener una expresa vocación de ocupar el papel de muleta para otras formaciones»

Para muchos, Ciudadanos estaba llamado a ser un partido «bisagra». Pero como cualquier politólogo debe ser capaz de aventurar, no hay partido político que pueda tener una expresa vocación de ocupar el papel de muleta para otras formaciones. Presentarse como partido bisagra es algo así como salir a la calle en la víspera de la estampida de semana santa tratando de «escalonar su salida» con el resto de conductores. Todos los partidos políticos anhelan gobernar, y, para ello, todos los partidos políticos han de tener como misión convencer al mayor número posible de ciudadanos de que sus propuestas políticas son las más adecuadas. Politics 101, vamos. 

Como señalé antes, hubo algo profundamente cautivador en la aparición de Ciudadanos y esos Garicano boys (and girls): una cierta actitud en relación al votante potencial, un tratamiento que, de repente, a mí al menos, me permitía ser considerado como adulto. Ciudadanos arriesgaba, se atrevía a suscitar lo que nadie en la historia reciente había osado a plantear. Hacía, en expresión de Félix Ovejero, las preguntas «inaugurales», las importantes. Y lo hacía presuponiendo un votante «laico», no religioso políticamente, alguien capaz de superar el irredentismo de los militantes, de quienes «por ser de izquierdas/derechas de toda la vida» lo aceptarán todo de sus representantes «naturales», «los suyos». No: Ciudadanos no aspiraba a ser un partido bisagra, e hizo bien. Aspiraba a contar con «ciudadanos bisagra», electores que toman la acción de gobierno con modestia epistémica y práctica; que no aspiran a que sus representantes «transformen el mundo», sino a que posibiliten que todos podamos desarrollar nuestra agencia moral, nuestros planes de vida en igualdad de condiciones. 

Cuando se aproxima una convocatoria electoral se suele apoyar el diagnóstico sobre la incertidumbre del resultado en la existencia de un número de «indecisos». Son siempre demasiado pocos, a mi juicio. Deberíamos ser muchos más, la inmensa mayoría de ciudadanos.

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