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Fernando Savater

¡Y dale con ETA!

«La concesión política que se hizo a ETA es aceptar como un partido legal el formado por sus ideólogos, que ‘lamentan’ pero no condenan la violencia terrorista»

Opinión
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¡Y dale con ETA!

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, y la portavoz parlamentaria del PP, Cuca Gamarra. | Kiko Huesca (EFE)

Después del debate parlamentario del estado de la Nación, bastantes comentaristas afines al Gobierno se han quejado de que el PP no haya respondido a las propuestas económicas del presidente y en cambio haya insistido en reprocharle su contubernio con los herederos de ETA. Hasta el punto de que Cuca Gamarra empezó su intervención pidiendo un minuto de silencio por Miguel Ángel Blanco, asesinado por estas fechas hace 25 años, lo que le valió una cortés reprimenda de la presidenta de la cámara recordando que esos homenajes se acuerdan previamente a la sesión. La señora Batet perdió una ocasión de, además de señalar ese hábito parlamentario, extrañarse y lamentar que a ninguno de los demás grupos se le hubiese ocurrido tan obvia iniciativa hasta que habló la diputada Gamarra. No seré yo quien pretenda discutir las medidas económicas planteadas por el ejecutivo porque me pasa lamentablemente lo mismo que a Pedro Sánchez: no sé una palabra de economía. Sólo me desconcierta un poco que sean a priori calificadas de «progresistas» antes de verlas llevadas a la práctica, pues supongo que el único progreso digno de ese nombre es la mejoría de una situación y no la intención (o la declaración de la intención) de mejorarla. Lo que no funciona como supusimos o nos empeñamos en suponer no es progresista, lo mismo que no es veloz un Lamborghini si tiene las cuatro ruedas pinchadas. Y aún me alarma más que se las celebre como un «giro a la izquierda» del Gobierno, cuando tenemos abundantes ejemplos de que las medidas francamente izquierdistas suelen ser poco útiles para remediar los problemas económicos de las democracias aunque excelentes para causarlos. Pero en fin, que todo sea para bien…

«Ciertas ideas, aunque se defiendan sin violencia, son igualmente inaceptables en democracia»

Por su parte, el PP (y no sólo el PP) reprocha a Sánchez que se amancebe con Bildu, que ceda a sus exigencias respecto a los presos, que encarrile la nefasta ley de Memoria Democrática para darle gusto y que los convierta -probablemente porque no tiene otro remedio- en socios decisivos en cuestiones importantes de gobernabilidad. Los voceros gubernamentales responden: a) que ETA dejó de matar y desapareció como organización armada hace una década; b) que para que abandonase las armas no se le hizo ninguna concesión política; c) que es un triunfo de la democracia tener en el parlamento haciendo tareas institucionales a quienes ayer apoyaban el uso de las armas; d) que lo importante es impedir que la extrema derecha adquiera peso en la gestión del país. Pues bien, no me convencen -hablo por mí, no por el PP- ninguna de esas cuatro razones. En efecto, ETA dejó de matar y extorsionar pero su brazo político continúa ejerciendo la hegemonía social que adquirió en los años de violencia y gracias a ella, tanto en las aulas como en los ayuntamientos, en las fiestas, en los gaztetxes y en general en la política vasca. No hay más que ver el peso que tiene hoy el partido del asesinado Miguel Ángel Blanco comparado con el de quienes ensalzan  a sus asesinos. La concesión política que se hizo a ETA (antes de la gran concesión que supone la Ley de Memoria Democrática) es aceptar como un partido legal el formado por sus ideólogos, que «lamentan» pero no condenan la violencia terrorista, de la que por lo visto tienen tanta culpa las fuerzas de seguridad como los etarras, y abogan por la destrucción de nuestro orden constitucional, del Estado de Derecho en que vivimos, del uso de la lengua castellana- mayoritaria- en la educación y la administración, etc… ¿Es un triunfo de la democracia tenerlos en el parlamento en lugar de pegando tiros y poniendo bombas? Entonces ¿por qué nadie añora un partido franquista legal, que reclamase un autócrata militar elegido por la Providencia y basado en los Principios del Movimiento Nacional, pero no violento y que deplorase la guerra civil como algo que nunca debió ocurrir (aunque una vez ocurrida, mejor ganarla)? Ciertas ideas, aunque se defiendan sin violencia, son igualmente inaceptables en democracia. Y por supuesto los Principios del Movimiento no son más condenables ni menos democráticos que los postulados de la alternativa KAS. 

¿Vivimos obsesionados con el pasado los que recordamos a ETA y deploramos como indignos los pactos del Gobierno con Bildu? En modo alguno. Lo que nos preocupa es precisamente el futuro, lo que Bildu representa (eso lo sabemos recordando a ETA) y va a significar en los próximos años tanto en la monopolización separatista del País Vasco como en la desestabilización final de España. Ante engendros sectarios como las Ley de Memoria Democrática y ante la desvergüenza con que los cómplices de ETA prediquen en el Parlamento español las insuficiencias de nuestra democracia o se pretendan apropiar del homenaje a Miguel Ángel Blanco, muchos españoles nos sentimos realmente desterrados sin haber salido de casa. Lo expresó con dolorosa precisión el historiador francés Edgar Quinet: «El exilio no es abandonar su país sino vivir en él sin poder reconocer nada de lo que nos hacía amarlo».

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