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Jorge Vilches

No es una investidura, Sánchez

«El presidente tiene el típico sueño de todo déspota: que sus medidas no sean fiscalizadas por ningún Parlamento ni Tribunal»

Opinión
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No es una investidura, Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el Debate sobre el estado de la Nación. | Mariscal (EFE)

Sánchez ha querido convertir el debate sobre el estado de la nación en una sesión de investidura. Es otro timo. El presidente desea evitar que se discuta su gestión hablando del futuro, de promesas y acciones que tiene previstas. Consigue así que nunca se fiscalice su desastre, sino que se debata sobre sus propuestas. 

Es un nuevo desprecio al parlamentarismo. Está en su tónica habitual. Humilló a las Cortes durante los dos fraudulentos estados de alarma solo para gobernar por decreto. El motivo se le escapó contestando a Feijóo en el Senado: «la oposición estorba», que parece una frase sacada de la biografía de un tirano. 

El presidente tiene el típico sueño de todo déspota: que sus medidas no sean fiscalizadas por ningún Parlamento ni Tribunal. Sus maniobras para controlar los órganos judiciales han sido criticadas por la Unión Europea. Ha convertido las sesiones de control de los miércoles en un intercambio de insultos y zascas para no contestar. A cambio, las Cortes han acabado siendo una institución secundaria, para pactar bajo cuerda con sus socios. 

Tras siete años de Gobierno descontrolado, ahora resulta que Sánchez quiere hurtar el debate sobre su gestión. ¿De qué vale entonces esta discusión parlamentaria? El sanchismo no quiere que las Cortes cumplan el papel histórico de fiscalizador, ese que sirve para hacer la autopsia a la política gubernamental, ni que sea el lugar donde la oposición ofrezca otras soluciones a los problemas. 

Así es como funciona una democracia liberal y pluralista basada en la opinión pública, no en el engreimiento del Gobierno, la elusión de obligaciones y la colonización del Estado para no responder ante nadie. Nunca está de más recordar que la democracia no se basa en esquivar constantemente la responsabilidad de los actos, sino en su fiscalización para evitar ejecutivos negligentes y arbitrarios. 

El líder del PSOE no quiere que se hable de la desastrosa política exterior. No ha explicado las relaciones con Marruecos y Argelia, con Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea. Mantener la posición internacional de España es una de sus funciones y debe rendir cuentas. Tapar todo esto hablando de la culpa de Putin es lamentable. El dictador ruso no fue quien alojó en España a un terrorista buscado por Marruecos. 

«Sánchez es capaz de decir que tenemos la luz más barata de Europa y, al tiempo, prometer impuestos a las compañías eléctricas porque dice que están ganando ‘demasiado’»

Tampoco quiere que se hable de los fondos europeos. No se ejecutan y nadie sabe por qué. Sánchez prefiere evitar el tema anunciando los impuestos que va a poner a las eléctricas y a la banca para que no se aprovechen de la crisis que su Gobierno ha propiciado. Dice que va a recaudar más, pero nadie sabe para qué porque de hecho no ejecuta los fondos europeos. ¿A qué espera? Esto es lo que debería explicar. 

Sánchez es capaz de decir que tenemos la luz más barata de Europa y, al tiempo, prometer impuestos a las compañías eléctricas porque dice que están ganando «demasiado». No. La inflación en España alcanzó el 10,2% en junio, la cifra más alta desde 1985. Tiene que explicar por qué ha tardado tanto en contener y bajar los impuestos, y encima con mentiras diciendo que la Unión Europea no le dejaba. O contar el fracaso de los 20 céntimos en las gasolineras. O la estupidez de que la energía nuclear no la considera «verde», en contra de la decisión de la UE. 

Es muy necesario, además, que Sánchez rinda cuentas de sus cesiones y pactos con los nacionalistas. Tiene que explicar la cuestión de los indultos a los golpistas de 2017, y esa Ley de Memoria Democrática que convierte la Transición en un episodio franquista y a los etarras en mártires.

Eso sí. Para echar balones fuera y no hablar del pasado ha soltado el típico discurso sanchista. La derecha es culpable de todo, y él va a defender a la «clase trabajadora», a esa misma que ve como hormigas desde el Falcon. Caña a los ricos y a la derecha, al capitalismo salvaje y a los señores que fuman puros en reservados madrileños. 

No es una sesión de investidura donde Sánchez tenga que hacer de agradador de sus socios prometiendo cosas, sino que es un acto de control de su gobernanza. Los españoles tenemos derecho a que dé explicaciones de lo que ha hecho hasta el día de hoy, de sus errores y presuntos aciertos, y que las oposiciones echen cuentas y censuren. Pero esto no es posible con Sánchez, que está acostumbrado a escurrir el bulto.

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