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Juan Marqués

'Umbilical': una mala traducción de la vida al texto

«Qué manía con tener hijos para mejorar, enderezar o completar nuestra vida… No: si se decide tener hijos es para permitir y proteger la suya»

Opinión
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'Umbilical': una mala traducción de la vida al texto

Andrés Neuman. | José Oliva (Europa Press)

Hace ya bastantes años que Andrés Neuman, quien en su día escribió libros más que aceptables, se está deslizando de una forma muy perceptible hacia la subliteratura. Ha sucedido en su poesía, pasando del notable alto de El tobogán o La canción del antílope a los suspensos rotundos de No sé por qué o Vivir de oído, y también está ocurriendo en la prosa.

En realidad Umbilical, el libro que publica ahora, está a medio camino entre una cosa y otra, y si hubiese que jugar a la teoría del género (literario), que es el pasatiempo más aburrido de la filología, creo que lo más atinado sería hablar de poemas en prosa, aunque me parece que en absoluto sería un disparate hablar de algo así como «poesía disimulada», ya que están escritos con buena métrica latina. El tratamiento es narrativo, pero Neuman no ha perdido su buen oído de siempre, y no cambiaría casi nada en estos textos si cada endecasílabo, cada heptasílabo, estuviese maquetado en verso. Sea como sea, en mi opinión la mala literatura es un género en sí misma: es ese tipo de literatura que no merece una gran reflexión teórica, ni que nadie se pare a pensar mucho rato en de qué se trata.

«Lo baboso nunca es emocionante. Lo excesivamente cursi nunca es bonito. Lo pedante no puede ser inteligente»

Umbilical trata de cómo un hombre asiste a la gestación, nacimiento y primeros meses de su primer hijo, algo que coincide con la experiencia real de su autor. El tema es tan bonito e importante, tan insuperablemente sublime, que, lejos de bajar la guardia ante él y ser «comprensivos» con determinados arrebatos o excesos (es tan conocida como natural la dificultad de escribir sobre los hijos), se impone la necesidad de ser más exigente: libros como ése sólo pueden ser buenos, sólo pueden ser emocionantes y gratos de leer, han de rebosar vida y verdad. En Umbilical sucede más bien lo contrario: hay dos o tres apuntes muy bonitos (es precioso, por ejemplo, eso que dice la madre de que «más que su creadora, me siento su anfitriona», o la afirmación final, tan sabia, de que «el futuro nos cuida»), pero la irrespirable ñoñez de los demás hace que quede amortiguado el sentimiento que ha impulsado el libro, sin duda genuino. Que todo esté tan sobreactuado hace que, si se me apura, nos sintamos ante un libro falso (en el sentido, por supuesto, literario). El autor escribe su verdad, pero no la escribe de un modo verdadero, o yo no he conseguido creérmela. No es ya que, como padre, me sienta reconocido en pocas cosas de las que dice, sino que me parece un libro muy impostado, muy repensado, y eso deshace en buena medida la ternura que parece querer transmitir. Lo baboso nunca es emocionante. Lo excesivamente cursi nunca es bonito. Lo pedante no puede ser inteligentecarpe ventrem», llega a aconsejar el narrador al feto, inspirando en el lector mucha más incomodidad –por decirlo suavemente– que sensación de abrigo). Y puede ser una tontería, pero incluso el simple hecho de que Umbilical esté formado por cien fragmentos, y no por noventa y tres o por ciento cuatro, incide en la poca naturalidad del asunto, en su poca espontaneidad, en su naturaleza de «proyecto literario». Y, como decía Bergamín, en literatura no hay nada más detestable que lo hecho adrede.

Yo soy un gran defensor de la ternura, la bondad y la delicadeza en la literatura, y hasta de cierta cursilería cuando es juguetona, consciente, militante… Pero no es esto lo que leemos en Umbilical, sino más bien un edulcoramiento extremo, un abierto narcisismo (hay al menos tanto «yo» como «tú» en estas páginas, y, sea como, sea, qué manía con tener hijos para mejorar, enderezar o completar nuestra vida… No: si se decide tener hijos es para permitir y proteger la suya), y también, y eso es casi lo peor, un afeminamiento calculado, estratégico.

Esas conveniencias extraliterarias que reclaman algunas editoriales y que allanan el camino hacia las reediciones y los premios, pero que, a medio plazo, salen caras en términos de prestigio (aunque me temo que eso está cambiando: todavía mantienen su crédito e incluso su fama de rebeldes algunos de los escritores más dóciles de la segunda mitad del siglo XX), quedan delatadas por esas líneas de la contracubierta en las que se lee que estas «reflexiones sobre la experiencia de la paternidad sitúan a la masculinidad frente al milagro de la vida»… Pero sucede, queridas amigas de Alfaguara, que la masculinidad está frente al «milagro de la vida» desde el nacimiento del primer ser humano del mundo: somos cientos de millones los hombres que hemos descubierto y compartido las emociones de la paternidad, y además son muchos cientos de hombres los que han acertado a traducir esos sentimientos a buena literatura, bonita y perdurable. También impúdica, probablemente, porque uno siempre se expone mucho en esos textos, pero literariamente elegante, y donde la emoción extrema de la experiencia vivida y de su escritura no atenta contra la calidad y la eternidad sino que las apuntala.

Y un paréntesis, perfectamente prescindible, a modo de epílogo: asisto con bastante sorpresa a la recepción que está teniendo este libro, tanto en prensa como, más previsiblemente, en redes sociales. Si me he decidido a escribir sobre Umbilical, tras descartar en su día reseñarlo en otro sitio (no me gusta hablar de libros que no me han gustado, habiendo tantos buenos donde elegir), es, aunque pueda sonar raro, por un prurito de, digamos, responsabilidad. Si pienso en los historiadores del futuro los imagino rastreando las reseñas de Umbilical y preguntándose «¿pero de verdad gustó tanto este libro?», cuando lo cierto es que más bien veo que, fuera de los canales visibles y públicos, el libro convence poco o directamente produce mucho más rechazo del que ha despertado en mí. Por lo que yo he ido viendo, no existe en absoluto una correspondencia entre lo que se opina en privado de este libro y lo que parecería, de fijarse sólo en las reseñas que van saliendo, lo cual daría para otro artículo que podría titularse «La mala luz de las hemerotecas», en el que se pensara sobre cómo nos confundimos a la hora de juzgar lo que se opinaba o se pensaba en tal o cual tiempo o sociedad si nos fijamos solo en lo que, por otro lado, es casi lo único en lo que podemos fijarnos: los documentos. Afirmar, por ejemplo, que en los años veinte España vivía atenta a las columnas de Unamuno o de Ortega es directamente cómico, pero es algo habitual (y es cierto, claro, que entre los poquísimos miles de personas que sí estaban atentas a esas palabras estaban los que decidían el destino del resto de millones de españoles). Por eso, queridos historiadores, son también importantes los testimonios orales: no sólo sentencias, cartas oficiales, carnés, pasaportes, transcripciones, fotografías, artículos de prensa, grabaciones… sino, por mucha cautela que nos produzca, lo más subjetivo, es decir, la memoria de la gente, aunque sea escuchada, por supuesto, con toda la precaución, quiero decir con toda la desconfianza).

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