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Carlos Mayoral

No a la OTAN

«Cabe acordarse de aquello que decía Felipe: la OTAN era necesaria, sobre todo para no matarnos entre nosotros»

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No a la OTAN

Zuma Press

Hagamos un ejercicio para relajar esa mente atormentada, querido lector. Cierre los ojos, respire profundamente. Si se concentra puede verlos: son ellos. Están Felipe con su gramática parda y Guerra con sus poemas de Machado. Están Carrillo y Fraga, que todavía tienen voz y -algo que nunca les terminó de gustar- voto entre analistas y electores. Están Maradona regateando a media selección inglesa con los cordones alrededor del tobillo, el transbordador espacial Challenger desintegrándose pocos segundos después de su lanzamiento, y Chernóbil liberando toneladas de combustible a la atmósfera para gusto de HBO. Ahora afine un poco más la vista. Podrá ver a miles de personas gritando «No a la OTAN» por las calles de media España. Podrá ver a Solana escribiendo un artículo llamado 50 razones para decir no a la Alianza, y podrá verlo más tarde siendo secretario general de la misma. Podrá ver a Krahe cantando Cuervo Ingenuo para pocos minutos después ser vetado por el felipismo. También se encontrará a Labordeta llamando a la Desobediencia Civil, y a diversos e ilustres literatos de izquierdas como Paco Umbral, Rafael Alberti o Vázquez Montalbán firmando un documento contra la adhesión. Ahora abra de nuevo los ojos y eche un vistazo a su alrededor.

Efectivamente, querido lector, es posible no avanzar nada en treinta y cinco años. Ahí tiene usted las manifestaciones contra la cumbre de la OTAN que se celebra estos días en Madrid. Cánticos de dudoso estilismo lírico, abucheos a la clase política. Héroes de una izquierda marchita entonando canciones de Lluis Llach con fotos de Greta Thunberg. Un discurso caduco contra la Alianza sustentado por siglas que buscan en los viejos mantras de un progresismo canónico su último asidero en política. Hay una izquierda anclada por los dogmas sociales de una comunidad superada, del mismo modo que hay una derecha anclada en prejuicio morales aplastados por la sociedad moderna. Hay dos Españas que no sé si le helarán a usted el corazón, pero que por suerte se calientan al fuego de las corrientes reformistas que vienen, en su mayoría, de fuera. Sin ir más lejos ocurre con la propia izquierda de Felipe y aquella derecha de Aznar, las épocas más exitosas de la democracia en sus respectivos lados del espectro. Éxito que se sustenta sobre la capacidad de superar, por ejemplo, antimilitarismos a un lado y antiabortismos al otro, para centrarse en eso, en la OTAN, en la Unión Europea, en su moneda o en su Tres Pilares.

Tras la crisis de los partidos hegemónicos y el surgimiento de los nuevos, se llegó a pensar que esa decadencia se sustentaba sobre la falta de atención a los viejos dogmas ideológicos -no en vano nacen a ese albur dos formaciones claramente ideologizadas-. Sin embargo, las últimas elecciones han demostrado que esa crisis no era tanto una cuestión ideológica cuanto puro desgaste de marca: corrupción, clientelismo y hegemonía. Ahora vuelve el bipartidismo al que España ama desde tiempos de Cánovas porque se apaga el incendio doctrinal para volver a las cuestiones prácticas, y ahí, paradójicamente, las siglas son un seguro. En cualquier caso, para decir hoy «No a la OTAN» sólo se pueden ser dos cosas: o un individuo cegado por el credo panfletario, o un insensato. Con Putin enfilando ya las puertas de Finlandia y Lituania, con el mundo en plena efervescencia, renunciar a una alianza entre países con similares intereses políticos, militares y económicos no puede significar otra cosa. Y, además, por ir acabando, sin abandonar ese ejercicio de memoria colectiva con el que se abrió este texto, cabe acordarse de aquello que decía Felipe: la OTAN era necesaria, sobre todo para no matarnos entre nosotros. Me cuadra.

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