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Pablo de Lora

De onanismo, putos y puteros: ¿son hombres las prostitutas trans?

«Si toda relación sexual con una prostituta es una agresión sexual, ¿por qué una simple multa, y no la recta aplicación del Código Penal?»

Opinión
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De onanismo, putos y puteros: ¿son hombres las prostitutas trans?

Momento de la audiencia con el Papa Francisco. | Europa Press

En una declaración sorprendente a la salida de su audiencia privada con el Santo Padre, el ministro Bolaños destacaba que se trataba de una persona «buena», alguien que «trasciende a la Iglesia Católica». La conversación había sido inspiradora, señalaba Bolaños, porque había descubierto que al Gobierno de España y al Papa les unían los mismos valores, los del diálogo y la solidaridad con los que más sufren. «Cuando al mundo lo gobiernan las buenas personas nos va mejor a todos», concluía. 

Todo este rosario de ponderaciones en modo jaculatorio proviene de un ministro de un Gobierno autoproclamado como «feminista» y «progresista» y se refieren a la máxima autoridad de una organización que sin exageración puede describirse como la quintaesencia del patriarcado, una institución que disemina ideas, prejuicios y concepciones del mundo que uno suponía radicalmente incompatibles con las que propugna el Gobierno al que pertenece el señor Bolaños. 

Hablemos, por ejemplo, de sexo. Es bien sabido que a través del Catecismo la Iglesia Católica instruye a sus fieles sobre la esencia de la doctrina cristiana relativa a la fe y a la moral. En ese documento se puede leer, por ejemplo, lo siguiente: «La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana…» (par. 2353). ¿Y la homosexualidad? Lean: «… los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados… Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso» (par. 2357).

¿Qué pensaría el Santo Padre si hojeara el cuaderno de actividades del texto Educación para la Salud. Educación afectivo sexual destinado al tercer ciclo de Educación Primaria (10-12 años) que tanto perturba a la candidata de Vox a la Junta de Andalucía, Macarena Olona? Allí el Papa podría leer, al respecto de la masturbación: «La auto-estimulación de los genitales es una conducta placentera y frecuente en la adolescencia, y que ayuda a conocer el propio cuerpo» (p. 21). Además, como señaló la candidata Teresa Rodríguez recordando a Woody Allen, «es una forma de hacer el amor con quien más te quiere». En un vídeo divulgado estos días en las redes sociales, un anónimo paseante, interpelado sobre el calor agobiante que padecemos, señala que él lo combate «haciéndose una paja». Frente a todo ello la Iglesia Católica sostiene en su Catecismo que: «… sin ninguna duda… la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado» (par. 2352). 

No parecen estas visiones muy armónicas, que digamos, aunque doctores tiene la Iglesia. Siempre nos quedará, claro, el valor del manoseado –con perdón- diálogo y los procesos o plataformas de «escucha», aunque a los adversarios políticos más identificados con la doctrina y las enseñanzas de la Iglesia Católica y con la figura del Papa no se les da ni agua. Ni la mano en el Parlamento de Castilla y León cuando son investidos procuradores por un miembro de Vox. 

Hubo un tiempo, añorado, en el que la defensa de una reivindicación que se tenía por justa o una reforma por inaplazable para defender intereses muy básicos o necesidades muy urgentes no entendía de números. Que sean muchos o pocos los matrimonios forzados, o las niñas genitalmente mutiladas, o los niños-soldado o las familias que reclaman respetar una mínima condición vehicular en la llamada «escuela catalana», o el número de africano-americanos que anhelaban acceder a la Universidad de Alabama, no importaba a la hora de defender la legitimidad de la pretensión de que se castiguen esas prácticas o se ejecuten decisiones judiciales firmes. 

No ose usted, sin embargo, a poner hoy en el sucio tapete de la discusión en torno a la «abolición» de la prostitución que ni todas las mujeres que se prostituyen son esclavas sexuales, ni todos los hombres que contratan los servicios de una prostituta son violadores. No ose usted apelar a la incoherencia de esta posición: Si toda relación sexual con una prostituta – es decir, por dinero- es una agresión sexual, ¿por qué una simple multa, como se propone en la reforma «abolicionista» y no la recta aplicación del Código Penal recientemente reformado en esa materia? 

«No vamos a hacer depender de unas cuantas escorts – aducen las llamadas abolicionistas- una política que tiene como objetivo la protección de la inmensa mayoría, y, en definitiva, acabar con el patriarcado». No ose usted señalar entonces que es demasiado presumir que detrás de TODA relación sexual en la que media el dinero – y no «el deseo»- anda el patriarcado cual diablo cojuelo. Hay «terapeutas sexuales» que prestan un (im)pagable servicio a personas con diversidad funcional, mujeres también, por supuesto: recuerden la película The Sessions, Nacional 7 o el documental Jo també vull sexe!. ¿Todos puteros, violadores? La indulgencia, la compasión – cristiana o de cualquier otra estirpe- brilla por su ausencia. 

Un número enorme de mujeres ejerce la prostitución en condiciones penosas, sometidas a violencia, la ingesta de drogas varias, expuestas al riesgo de la enfermedad de transmisión sexual o del embarazo, con tasas de mortalidad significativamente superiores a la media. Lo señalaba Víctor Lapuente recientemente en las páginas de El País (Esclavas de la prostitución, 14 de junio de 2022). Por eso muchos pensamos que urge «regular» más que hipócritamente «abolir» o perniciosa, discriminatoria e injustificadamente «prohibir». Lapuente concluía que: «Si las víctimas mayoritarias no fueran mujeres, jóvenes e inmigrantes, sino varones, maduros y nacionales, el mercado del sexo se hubiera eliminado hace mucho». De nuevo la fuerza de los números y la ceguera frente a lo «minoritario».

Porque sí, serán minoría y minorías, pero existen desde tiempo inmemorial «mercados del sexo» en los que las víctimas son hombres y niños; redes de trata y explotación de la prostitución masculina como reveló el fabuloso escándalo de la página web Rentboy.com que sacudió a la sociedad neoyorquina allá por el año 2017. Y también hay una no desdeñable presencia de mujeres trans en el llamado «trabajo sexual». Lo cual nos fuerza a considerar lo siguiente. 

Las feministas, muchas de ellas «abolicionistas», que con tan buenas razones han vindicado la importancia de lo biológico en su rebeldía frente a lo queer y la auto-identidad de género, ¿consideran que estas prostitutas trans son hombres? Es una pregunta de interés porque, según parece, estos ¿hombres? sufren indecible (¿interseccionalmente?) la conjugación de todos los estigmas, todas las violencias y todos los repudios, especialmente en ciertos contextos sociales y culturales. No será que haremos de menos a esos hombres en su padecer meramente porque su «presentación de género» es disconforme con su sexo, ¿no? Si estamos a setas, estamos a setas.

Una lectura siquiera sea diagonal al caso del asesinato de Vicky Hernández resuelto por la Corte Inter-Americana de Derechos muestra esa terrible realidad de sufrimiento «masculino» de manera bien elocuente (Vicky Hernández y otras c. Honduras, 26 de marzo de 2021). Aunque en esta materia las cifras y estudios no pueden sino cogerse con pinzas, así lo documenta también el informe de Amnistía Internacional de mayo de 2016 (Amnesty International Policy on State Obligations to Respect, Protect and Fulfill the Human Rights of Sex Workers): es mucho mayor la proporción de quienes se dedican a la prostitución dentro del colectivo de las mujeres trans que la de las mujeres cis que se prostituyen en referencia a su grupo. Insisto: ¿acaso no hay que tener solidaridad con estos «hombres biológicos», que también están entre los que más sufren como nos insta a hacer el vicario de Cristo en la Tierra por mediación del ministro Bolaños?

En todo caso las cifras y ‘contracifras’ dan igual. Vuelvo sobre mis pasos: cuando hablamos de garantizar el derecho básico a la libertad sexual – que ha de incluir también poder tener relaciones sexuales por precio- ni los genitales, ni la presentación o identidad de género, ni la orientación sexual, ni los números importan de forma concluyente.  

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