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José Carlos Llop

A buenas horas, mangas verdes

«Aunque se esté acabando el mundo -o no- es la hora de las serpientes de verano, con Nessie a la cabeza y las gárgolas del famoseo chillando por ahí»

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A buenas horas, mangas verdes

John Steinbeck. | Zuma Press

Cuando llega el verano, aparece el monstruo del lago Ness. Cuando llega el verano todo amaina menos el calor y los amores de pocos días, y en los periódicos la sustancia se escapa por los aparatos de aire acondicionado, que este año no deberíamos por si Rusia. Aunque se esté acabando –o no– el mundo es la hora de las serpientes de verano, con Nessie a la cabeza y las gárgolas del famoseo chillando por ahí como acostumbran. Una columna acaba siendo un paseo con vistas y durante muchos años Manuel Vicent escribía una sobre los toros. En paralelo yo escribía otra sobre el animal más bello del mundo, que no es el tigre, como creía Borges, sino la medusa. 

Hay muchos tipos de medusas pero la mayoría poseen una belleza translúcida y de refinados colores, por no hablar de su elegancia en la danza acuática. Nobleza no diré que tengan, tanto por su carácter gelatinoso como por su pulsión urticante, pero quien las haya contemplado de cerca sabe cuánta belleza poseen y el peligro que encierra. Fuera del mar son asquerosas, como lo era Medusa cuando se ponía atómica. 

Dudaba, pues, si escribir sobre estos celentéreos –un hábito de años, ya dije, adquirido ante la aparición estival de sus legiones en la costa norte de Mallorca– para no hacerlo, por alusiones, sobre mangas y acabar evocando  ciertos vestidos femeninos –por supuesto sin mangas– y la belleza de los brazos descubiertos y esos sucintos tirantillos que enmarcan la bahía de las clavículas, la promesa de las axilas y la intimidad del Golfo de Almasy: qué adulterio tan estupendo el de los amantes perdidos en El Cairo con la pasión como única Baedeker.

Y así, de El paciente inglés y Michael Ondaatje –un autor que me gusta y entretiene tanto como William Boyd– pasé a leer las cartas de un escritor que no me gusta ni poco ni mucho y es anterior en el tiempo: me refiero a John Steinbeck y todo por unas mangas. Las que Steinbeck doblaba hasta alcanzarle el codo durante la Gran Depresión y aquellas fotografías de Walker Evans, Dorothea Lange y otros tantos. Esa crisis del 29 –como ésta en la que vamos hundiéndonos mientras bailamos en internet– salvó a Steinbeck de dos cosas. La primera, su papel de escritor en una sociedad como la norteamericana, implacable con los que no tienen dinero (y Steinbeck no lo tenía). La segunda es que le proporcionó argumentos y personajes a granel (el talento lo puso él: era sólo suyo). 

Una amiga le había dicho antes de que estallara todo por los aires: «Te va a llevar mucho tiempo [ser escritor] y no tienes dinero. Quizá te convendría irte a Europa, donde la pobreza es una desgracia, pero en Estados Unidos es vergonzosa. Y me pregunto si podrás soportar la vergüenza de ser pobre». No sé si ahora podría hacer la misma distinción. «Al poco tiempo –escribe Steinbeck– sobrevino la Gran Depresión. Entonces todo el mundo se volvió pobre y desapareció la vergüenza. Así que nunca sabré si hubiera podido soportarla o no». Simplemente se arremangó y ya no paró de escribir, aunque le dio la razón a su amiga: «me costó mucho, muchísimo tiempo. Y sigue costándome, nunca me ha resultado fácil. Ya me habías avisado». Tal vez deberían pensar en eso todos aquellos que con un par de libros ya quieren laureles académicos, fama popular, un programa de televisión y un hueco en el Panteón de Hombres Ilustres. Lo decía también Steinbeck –y no precisamente por los recién llegados sino por la fiebre de quererlo todo que a tantos ataca a partir de la sesentena–, cuando hablaba de una novela que le gustaría escribir pero que no podía. ¿Su argumento?: «La ridícula preocupación (sic) de mis grandes contemporáneos –me refiero a Faulkner y Hemingway– por su inmortalidad. Es casi como si estuvieran luchando por cobrar en la tumba». Él ya tenía el Nobel, pero me temo que era algo refunfuñón.  

Cosa parecida ocurre con otros contemporáneos en Europa cuando se preguntan qué está pasando –la abstención, las tensiones sociales, el escepticismo democrático, la amenaza de la economía-madrastra– y son ellos los mismos que han estado en política en las dos últimas décadas ocupando instituciones y llevando el timón del barco (o eso nos han dicho). ¿Qué han hecho y están haciendo ustedes para tener el patio en el inquietante estado en que se encuentra? ¿Luchar por la inmortalidad en vida? En fin: que a buenas horas, mangas verdes,  pero me gustan los artículos que son como un paseo y la cola de Nessie al sumergirse de nuevo en el lago cuando llega el otoño. 

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