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Guadalupe Sánchez

Contra la meritofobia

«El mérito nos pertenece a todos y quienes pretenden desprestigiarlo son, a menudo, quienes más lo han pervertido y degradado con sus actos»

Opinión
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Contra la meritofobia

Lilith Verstrynge, secretaria de Organización de Podemos. | Europa Press

«Dale un pez a un hombre y comerá hoy. Enséñale a pescar y comerá el resto de su vida». Así reza un proverbio chino que se cita frecuentemente para destacar la importancia de la educación en la lucha contra la pobreza. Pero de él podemos extraer otras connotaciones filosóficas y políticas que trascienden al sistema educativo y nos transportan al modelo de Estado: frente a una versión asistencialista, que convierte al Estado en proveedor no solo de bienes y servicios, sino hasta de felicidad, se alzaría el Estado facilitador, concebido como garante de los derechos y libertades de los individuos, entre cuyas principales misiones estaría la de eliminar los obstáculos que impiden a los ciudadanos alcanzar sus metas personales y profesionales.

La diferencia entre ambas concepciones no es baladí, pues mientras el Estado asistencial persigue reducir e incluso hasta reemplazar la voluntad del individuo, el Estado facilitador la sublima y la convierte en el eje inspirador del sistema. Por desgracia, nuestros mal llamados «Estados del bienestar», se inclinan mucho más -y cada vez de forma más pronunciada- hacia la versión asistencialista, con una acentuada tendencia a reemplazar a la iniciativa privada en lugar de completarla y a transformar al Estado en una de las tantas trabas a sortear por los ciudadanos: hiperregulaciones que a menudo se solapan, instituciones cada vez menos neutrales y la implantación de modelos educativos donde se prima la propaganda política y se relega al conocimiento. 

En este contexto cobran sentido los mensajes y eslóganes contra la meritocracia que inundan los mítines y declaraciones de nuestros políticos patrios, a menudo situados en el lado izquierdo del tablero político, aunque no siempre. No está de más recordar que el mayor enemigo del modelo asistencial es el mérito, pues permite al ser humano lograr aquello que persigue con algo que jamás ningún gobernante le podrá arrebatar: su carácter, su empeño y su esfuerzo. El mérito nos pertenece a todos y cada uno de nosotros y quienes pretenden desprestigiarlo son, a menudo, quienes más lo han pervertido y degradado con sus actos. Ellos se colocan y enchufan a amigos y familiares, con frecuencia ineptos y/o carentes de la formación necesaria, mientras intentan convencerle a usted de que esforzarse no le lleva a ningún sitio y que mejor se siente y espere la suerte del dedazo divino, como quien espera paciente a que le toque El Gordo de Navidad. 

Pero lo cierto y verdad es que el nepotismo y el favoritismo jamás abarcarán a los más de 47 millones de almas que habitan en nuestro país. Renunciar a la voluntad y entregársela al Estado nos convertirá en una sociedad improductiva, servil y pobre. La meritocracia es lo que nos queda a quienes provenimos de entornos humildes para prosperar en libertad. Y por eso la detestan, porque no quieren compartir espacios de poder con usted. La degradación actual de las instituciones democráticas, convertidas prácticamente en un club de amigotes que no sabrían qué hacer en ámbitos ajenos a la política, nos muestra con claridad qué sucede cuando los puestos los ocupan aquéllos cuyas cualidades son ajenas al mérito.

Cierto es que el asistencialismo se presenta como el camino fácil y duele ver cómo una parte sustancial de nuestros impuestos se despilfarra en pagar sueldos astronómicos a personas cuyo curriculum vitae empieza y termina en las siglas de un partido. Algunos ni tan siquiera se han molestado en completar los estudios básicos y eso nos les impide señalarle a usted con el dedito moralizante desde sus mullidas poltronas: ya no solo le piden que les vote, sino que también pretenden dirigir su vida, imponerle hábitos y convertirlo en un ser dependiente del partido o de cualquier otro colectivo, transformándole en un ser alienado de su personalidad y de su voluntad. 

Pero no podemos renunciar al mérito por mucho que se nos presente como la opción más difícil e incómoda. Ya sabemos que contar con una raqueta y pelotas de tenis no nos garantiza llegar a ser Rafael Nadal, igual que obtener un grado en ingeniería aeroespacial tampoco asegura ir al espacio.  Lo único que pedimos es que no nos impidan poder intentarlo si ése es nuestro deseo: en esto consiste realmente la igualdad de oportunidades. Quienes despotrican contra las oposiciones basadas en el mérito y en la capacidad o quienes permiten a los alumnos pasar de curso con suspensos, no persiguen la igualdad, sino el igualitarismo, que consiste en que el común comparta miseria mientras la clase dirigente disfruta de todo tipo de privilegios y parabienes.

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