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Ignacio Vidal-Folch

Toda la verdad sobre el tema de las mangas

«Si en vez del ordinario cortomanguismo todos llevásemos chaqueta, corbata y camisa de manga larga, seguro que pareceríamos más dignos de respeto»

Opinión
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Toda la verdad sobre el tema de las mangas

Lauren Richmond | Unsplash

El otro día publicó aquí José Antonio Montano un artículo muy hostil contra los ciudadanos que (¡en el pleno ejercicio de su libre albedrío!), osan salir a la calle, incluso en días de mucho calor, llevando puesta una camisa de manga larga. Y criticaba con fiereza a los que, por si fuera poco, se las arremangan como al descuido, provocando, según él, un antiestético «efecto flotador» en cada brazo. El señor Montano sostiene que llevar camisa de manga larga en verano es una cursilada, y que la manga corta es más natural, más práctica, más sencilla, más fresca, etcétera. Era su artículo un elogio fanático y equivocado de la camisa con manga corta y una abominación de lo que él llama «mangalarguismo».

Ante semejante provocación, y ante el peligro de que ese texto tan desorientado convenza a algunos lectores de que están legitimados para salir a la calle vestidos con la antiestética e informal camisa de manga corta, no me queda más remedio que salir a la palestra, manifestarme contra las mangas cortas vengan de donde vengan, y recordar algunas verdades básicas sobre este asunto: 

La camisa de manga corta, salvo cuando se trata de «polos», antes llamados «nikis», o en los contados casos en que la prenda está diseñada por algún modisto de excelente buen gusto, es una horterada triste con tufo a franquismo y a oficina siniestra. Da la impresión de que no está completa si no se lleva dos bolígrafos asomando del bolsillo, un poco sucio. Causa una tristeza inmediata, da pena. Es desmoralizadora. Da inmediatamente impresión de amputación, de carencia, de que ahí falta algo. Especialmente desagradable resulta el usuario cuando lleva chaqueta y corbata, y en un determinado momento se saca la chaqueta y revela la antiestética verdad. ¿Qué necesidad había de mostrar los brazos, los bracitos que, por cierto, a partir de cierta edad suelen ser esmirriados? Y en el caso de los jóvenes, ¿qué necesidad tienen de ir por ahí exhibiendo su fortaleza física, su plenitud? ¡Cúbranse todos esos brazos!

La ciencia dice que hay que proteger la piel de la exposición a los nocivos efectos de los rayos uva; la economía y la sostenibilidad dicen que la manga larga sirve para todo el año y hace innecesario doblar el vestuario; la urbanidad se alegra de que el ciudadano que va con camisa de manga larga esté todo el día preparado para encuentros que requieran mostrar cierto decoro, y, en momentos más informales, disponga además de la posibilidad de arremangarse.    

En realidad, sabe bien Montano que el único argumento a favor de la manga corta es éste:

–Es que así siento que voy más fresquito…

Así es esta etapa decadente del capitalismo, esta etapa histórica tan confusa y ordinaria en la que ya sólo algunos seres inasequibles al desaliento llevan corbata –en este periódico me parece que sólo la usamos el director y yo mismo–, época en que la gente ya va en chanclas a la oficina, o poco le falta, y en que lo único que le importa a cada uno es su propia comodidad, y el que venga detrás, que arree. Pero bueno, Montano, si ése es el camino que tú postulas, y es la comodidad lo único que tomas en consideración, ¿por qué no lo sigues hasta el final? Más cómoda que la camisa de manga corta es la camiseta. Y más fresca que la camiseta común es la camiseta de tirantes, la que usan los jugadores de baloncesto. ¡Adelante! ¡Todos en camiseta de los Lakers! Complétese el atuendo con unos pantalones cortos, con unas sandalias frailunas y una bolsa «mariconera», y obtendremos el «look» estético ideal de camino al fin del mundo.

Dícese que los bereberes, los «hombres azules» del desierto, son los seres humanos más elegantes sobre la capa de la tierra, dícese que causan una impresión de majestuosidad, dignidad y gracia. Pues bien: ellos, para protegerse de las altas temperaturas del Sáhara, van cubiertos de tela de algodón azul de los pies a la cabeza. Sólo dejan al aire una ranura, a la altura de los ojos. Yo no pido tanto, pero si en vez del ordinario cortomanguismo todos llevásemos chaqueta, corbata y camisa de manga larga –tal como hacían nuestros venerados abuelos y bisabuelos, a los que no hay porqué enmendarles la plana en el tema indumentario–, seguro que pareceríamos más dignos de respeto, tanto a nosotros propios ojos como ante los demás. ¿Manga corta? ¡No, gracias!

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